No recuerdo tu nombre

Perdón, quisiera no ser así, pero no recuerdo nombres. Puedo decirte qué me contaste, si estabas triste, cuándo se murió tu primera mascota. Le voy a poner mucha atención a lo que me cuentes, con palabras y silencios. Te voy a escuchar atentamente. Y tal vez por eso olvide tu nombre. Porque no me lo vas a repetir.

Los nombres (la palabra abstracta que representa una cosa general en la mente), sirven para poner las cosas en categorías específicas. Son el título de la novela que vive la persona que lo lleva. También me olvido muy fácil de los títulos. No deja de ser un defecto muy feo. Porque nos identificamos íntimamente con algo que no escogimos y son muy pocas las personas que se lo cambian.

Conocer cómo se llama alguien es poder ejercer cierta capacidad de invocación. De hacerte saber que sé quién eres. Al menos lo externo. Supongo que debo aprender a recordar.

El trámite es el pesado

Morir debería ser orgánico. O sea, lo es, pero alrededor hay un aparato de trámites que simulan los rituales antiguos y termina siendo casi imposible morirse sin permiso. Tal vez es la versión moderna de honrar a los antepasados.

A los que hemos pasado por los procesos de redactar esquelas, organizar velaciones y escoger cajas, nos acompaña una fatalidad práctica: por allí pasarán nuestros seres queridos. Yo quisiera ahorrárselos todo, pero que me voy a morir es inevitable y parece ser que la desinfección moderna de la muerte no ayuda al duelo. Hay que aprender a convivir con los muertos, con sus cosas, con sus recuerdos. En muchas culturas, ellos no dejan de ser parte de la familia sólo porque no están.

Cuando la muerte nos deja de sorprender, empezamos a encontrar una satisfacción más profunda de todo lo que vivimos. Se le quita el poder sobre nosotros y se regresa a su justa dimensión. Ojalá también pudiéramos quitar los trámites.

El arroz sabe a agua

Y los peruleros y güisquiles a tierra. Un elemento sostenido que podemos atrapar. O lo transformamos en todo el resto de cosas que les ponemos, nos cocinamos una vida y la mezclamos con recuerdos. Poco hay más que se pueda servir en concreto sobre un plato. Y nos comemos el sabor de la receta de la mamá, o la nueva que les pasamos a nuestros hijos.

Me gusta cocinar. Tal vez más que cualquier otra forma de meditación, preparar la comida es en donde me vuelco. Que les guste a los míos y estemos juntos. De allí sale todo lo bueno y se teje lo que a uno le toca de la tela de familia.

El arroz blanco hasta ahora me sale rico, sabe a agua, como nos gusta. Los peruleros y güisquiles ya no saben a tierra, y eso también nos gusta así.

Tan claro que puedo ver el fondo

A veces he nadado en el lago cuando está en su mejor momento y pareciera hecho de cristal. Se puede ver el fondo, aún en lo profundo y da la sensación de no existir el agua. O la daría si no fuera porque es tan fría que es difícil de ignorarla.

Así pasa con una idea que lo ayuda a uno a entender la existencia. Deja de existir, para sólo enseñar lo que queda debajo. Es un truco de magia, porque llegar a esa claridad requiere de muchísimo trabajo, o de al menos la apertura a limpiarlo todo y que sólo quede el medio sobre el cual se flota. Las ideas, las más esclarecedoras, carecen de color propio. Son el viento que bota la puerta, el agua que no se siente. Y no dejan de llevarlo a uno a un destino que siempre ha estado allí, simplemente uno no lo miraba antes.

El mundo existe de forma independiente que uno lo perciba en su realidad entera o no. Es más, no le importa que no lo veamos. Se deja maquillar por todo lo que le ponemos encima, entre creencias y certezas y pensamientos que nos sirven para guiarnos, mientras no estamos dispuestos a dejar ir todo y quedarnos suspendidos. Porque nadar en esa agua da un poco de frío y mucho de vértigo.

Un domingo

Tenemos un orden para los desayunos de domingo. Se supone que yo no cocino ese tiempo y los demás escogen. Termina siendo un híbrido, como hoy, que igual fui en piyama a la panadería a comprar los English muffins que quería el puberto. Resultó fortuito, porque el joven no se despertó para comer con nosotros y al menos no nos morimos del hambre.

Cada domingo rompemos la rutina. Que es una forma programada de desprogramarse, y está bien. Nuestro núcleo es pequeño, mi gente somos pocos y si eres parte de mi círculo, lo sabes. Generalmente te recomiendo música. O te cocino. Formas chileras de querer sin imponer, creo yo. Para eso sirven los días como hoy. Para cocinar rico, ver foot, ponerse al sol y comer helado.

Me gusta muchas veces la vida que me he construido, sobre todo porque sé qué tan fácil se puede venir todo abajo. Ya me ha tocado recoger los pedazos y volver a empezar. Más de una vez. Pero eso me sitúa en el momento y, hoy, estoy comiendo dona con helado al lado del niño y el gato, en la sala soleada de la casa, viendo foot. El mundo funciona. No importa por cuánto tiempo.

De lo particular a lo abstracto

El lenguaje sirve para tomar atajos. Las palabras nos dibujan símbolos generales de cosas que, en el contexto, logramos hacer singulares. Así, un árbol a secas no es lo mismo que el árbol exótico de limones amarillos de la casa vieja de los abuelos. Pero tomar atajos sirve, hace más fluida una conversación. Hasta que nos olvidamos de lo abstracto y creemos que es absoluto, sin tomar en cuenta que las cosas sólo existen en la realidad con sutilezas y diferencias.

Me gusta escribir cosas un poco en medio de lo nebuloso y lo completamente definido, porque creo que un lector agradece poner algo propio en lo que lee. Pero me fascina ser hasta exageradamente abierta a las particularidades de las personas con las que hablo, porque si no entiendo el contexto, poco voy a poder avanzar en la comunicación.

Las cosas materiales son absolutas. Sólo hay un limonar amarillo del recuerdo. Las ideas son abstractas y se pueden definir según la experiencia de cada uno y de la sociedad en la que vive. Y allí es donde más vale entender bien al otro, porque es muy fácil perderse tomando atajos. Pregúntenle a la Caperucita.

Se borró

Se borró lo que escribí ayer acerca de mis gatos y cómo se murió el gato viejo que fue el primer animal que fue mío y de cómo aprender a ser un gato para tener amores más duraderos. Aunque quisiera, no podría volver a escribir el mismo texto. No sólo porque los escribo y los olvido, sino que ya ni siquiera tengo la misma idea hoy temprano. Es como comprar algo y al día siguiente devolverlo porque la persona que habita en mi clóset es una tirana que no acepta cualquier cosa. Y la entusiasta que sale de compras cree que todo le va a quedar bien sin probárselo.

Cambiamos tanto, que decir que somos una u otra cosa sólo son piedras de apoyo para vadear un río caudaloso. Si no nos anclamos en ellas y seguimos en movimiento, tienen validez. Pero si pretendemos quedarnos sólo en una, ignorando las demás, nos va a llevar la corriente. Porque el cambio es inevitable y sólo podemos aprovecharlo o negarlo. Seguro la segunda opción no es la más sana.

Sigo creyendo que uno puede aprender a cómo ser en una relación de un gato, pero tal vez por razones distintas a las que puse ayer. Igual no las recuerdo y tengo dos maestros en casa a los que puedo observar para más.

Enséñame la mejor decisión que tomaste

Siempre hay opciones. Lo peor, no es tener pocas, es paralizarse con demasiadas. Recuerdo cuando en el súper sólo había tres clases de cereal y ahora no sabría ni cómo saben todos. Ante esa abundancia, tomar decisiones se vuelve complicado. Porque, seguro, siempre va a haber una mejor. LA mejor. Ese pedazo de certeza que satisface todos nuestros requerimientos. Sin dudarlo.

Pero esa ilusión es hermana gemela de la perfección. Las únicas cosas que son infaliblemente mejores, siempre, son las que nunca cambian. Y sólo permanece igual lo que no tiene vida. No importa qué tan buena o mala haya sido nuestra escogencia en su momento, nosotros mismos vamos cambiando y tal vez esa exacta cosa ya no nos sea suficiente después.

Aceptarlo libera. Primero, del peso constante de tomar siempre decisiones sin falta. Basta con escoger lo mejor bajo las circunstancias inmediatas. Segundo, de las auto-recriminaciones cuando nos damos cuenta que metimos la pata. Obvio nos va a pasar. Y, por último, para aceptar nuestros propios cambios. Seguro, seguro, a mí ya no me gusta el Cap’n Crunch, a pesar que era mi cereal favorito. Lástima, porque ahora sí se consigue fácil.

De lo que se trata

Las mejores historias son las que sorprenden. Y no necesariamente como un twist al final. Puede ser algo tan elegante como un simple cambio de perspectiva durante el relato. Uno cree que el personaje principal es uno, y resulta que era otro. Es la belleza del narrador que sabe cómo se desarrolla la vida misma.

Uno tiene la idea que el mundo gira alrededor de uno. Luego aprende que no. Y, al final de la vida, entiende que no hay otra forma de ver el universo más que desde los propios ojos. Es un constante aprender y desaprender. Sobre todo si se quiere vivir sorprendido.

Creo que allí está el verdadero secreto de no envejecer, por mucho que uno se arrugue y decrepite: el ejercicio de abrirse a lo nuevo. De cambiar se enfoque o de perderlo del todo. Y el regalo que uno se da a sí mismo de hacer giros en la historia.

No hay tiempo

El tiempo, como concepto, sólo nos sirve para avanzar en una distancia. A ver: hablamos del pasado y lo percibimos lejano y pensamos en el futuro y lo vemos en el horizonte. Mientras, todo lo que pasa es un continuo y no hay forma de asirlo.

Hay una profunda injusticia en querer mantener a las personas que conocemos en estado catatónico, que es básicamente lo que hacemos cuando les reclamamos que ya no soy «como antes». Nadie es «como antes», porque probablemente ese momento ni siquiera existió de verdad, es sólo la manipulación que hacemos de nuestros recuerdos. La gente no es una hoja en blanco que se va manchando y arrugando con cada vivencia. Es un hilo que se va tejiendo y destejiendo con cada minuto que transcurre. Pretender que regrese a un estado anterior es agarrar el pedazo que tenemos e integrar el pasado: nunca va a ser igual. O, peor aún, sería pedirle que retroceda y quite el avance que ha logrado. Injusto. También con nosotros.

El momento que vivimos se construye con todo lo que hacemos y aprendemos. Nos sirve para vivir. Lo pasado y lo futuro son lugares imaginarios.