Hay amistades que duran toda una vida. Pero creo que sólo porque permanecen prístinas guardadas en una burbuja del tiempo. Generalmente, este tipo de amistades revive lo que hicieron al momento de conocerse. Es lo que sucede en las reuniones de colegio. ¿Te acuerdas de…? es la frase de la velada y cada uno cuenta su versión. Es lindo eso, le da a uno raíces. Es por lo mismo que uno en la familia casi siempre habla de lo mismo.
Luego están las amistades con fecha de caducidad, como las que dejan de tener cosas en común. Tal vez ésta es una de las lecciones más difíciles de aprender cuando uno crece. La gente no siempre va a querer estar con uno, los intereses cambian, los cariños se desvanecen. Aceptar que las amistades, como los amores, pueden tener fin, ayuda a dejar ir. Porque nadie permanece igual, y vale la pena dejar que la gente crezca y se aleje.
Por último están esas amistades que uno tiene más grande, cuando ha pasado tantas cosas en su vida y tiene algo más que el ser roto qué ofrecerle a otra persona. Puede que no sean tantas esas personas nuevas, pero estoy segura que son las que uno se merece en la segunda parte de su vida. No tienen ansiedad, no pesan, no necesitan nada nuestro. Sólo están. Y eso es uno de los regalos más grandes que nos da el universo cuando nos quita la juventud.
