Creerlo todo

La vocecita que me habla en el cerebro fluctua entre el entusiasmo más desordenado y el escepticismo más frío. Lo creo todo, quiero creerlo todo, quisiera creer en algo, nada es verdad. Tal vez hay una carretera entre mi cabeza y mi corazón que se abre y cierra y a veces el bloqueo simplemente me paraliza.

Los seres humanos, pudiendo imaginar el futuro, tenemos la necesidad de tener fe. Que mañana sale el sol. Que vamos a sobrevivir. Que nos van a querer. Y caminamos con el mayor pesimista entre las orejas, porque sabemos que si no estamos preparados para lo peor, nos come el tigre.

No peleo, la verdad. Tener fe es lindo. No tenerla es reconfortante. Caminar en medio es entretenido.

La claridad y la ofensa

Me gusta dejar las cosas claras. Y me cae mal que no me ayuden. Porque la gente por “claridad” entiende “grosería” y se ofende. Obvio no se trata de insultar, pero si quiero algo, lo pido y ya. No debería haber más vueltas.

El ser humano desarrolla su capacidad de hablar conforme sus relaciones se vuelven más complejas y conforma grupos más grandes. Tenemos la capacidad de trasladar información sin necesidad de experimentarla. Poder contarle a alguien que no lo va a ver dónde está el arbusto con frutas, para que se lo diga a alguien más, ahorra muchísimo esfuerzo. No necesitamos hacer ese intercambio de información que hacen las hormigas.

Pero, como todo lo complicamos, también evolucionamos para añadirle sentimientos a las palabras. Y allí es donde la cosa se vuelve menos fácil. Quiero pensar que puedo seguir pidiendo lo que quiero, sin ofender. No siempre se logran juntos.

Tomar decisiones

Resulta que uno no distingue entre lo grande y lo pequeño cuando se trata de gastar energía y tomar una decisión. Puede ser tan agotador elegir la ropa de ese día como escoger pareja. Y es que el proceso es el mismo. Igual que levantarse para hacer ejercicio o para ir a comer un helado.

Los cerebros de los humanos son increíblemente complejos. Pero su función más sorprendente es que tratan de ser lo más eficientes posibles. Incluso sólo recuerdan lo que necesitan recordar. Por eso es que no tenemos memorias de nuestra primera infancia, porque estábamos más ocupados en aprender cómo aprender que en crear memorias vívidas. Menos mal. No quisiera tener recuerdos de necesitar cambio de pañal.

Cuando hacemos una rutina y la implementamos sin chistar, nos quitamos el peso de la toma de decisiones diaria y le damos un respiro a nuestro cerebro. Por eso los hábitos determinan más nuestras vidas que los grandes gestos y lo cotidiano hace más las relaciones que las fechas especiales. Tomar decisiones todo el tiempo es imposible. Hacerlo una vez y no cuestionarlo, es más fácil.

Sin subtítulos

Hay un fenómeno en la tele que me dificulta entender los diálogos sin subtítulos. Tal vez estoy mal de los oídos. O el audio no corresponde con la fidelidad que se necesita. Pero algo pasa y no comprendo.

Hay personas que sería ideal vinieran, no con subtítulos, sino con traducción. Porque no se les entiende lo que quieren decir. O lo ocultan.

Yo hablo claro. Y no siempre me creen. O les molesta. No puedo hacer mucho.

Puedo dejarlo para después.

Esa frase sólo es buena para enojarse. Eso sí lo puedo dejar para después. Todo lo demás… las tareas, especialmente. Porque las cosas se acumulan y luego no es una, son siete y así sí no hay ganas. Como la vez que se acumularon cincuenta camisas por planchar.

Si uno deja lo aburrido para después, se multiplica. Lo bueno a veces también, por eso se llama gratificación diferida. Pero ésta sólo viene cuando salimos de lo necesario primero.

A veces no me dan ganas de escribir y me recuerdo que me toca lavar, cocinar, ver niños y que, probablemente, tendré otro espacio hasta la noche. Y a esa hora ya sólo quiero dormir. Igual con las camisas. No me vuelve a pasar.

Lo de todos los días

La rutina tiene una mala reputación, como si fuera malo ser consistente. Lo malo es siempre hacer cosas que no sirven. Los horarios y la cotidianeidad son lo que hacemos todos los días. Y allí es en donde se nos va la vida.

Hay estudios que demuestran que vale más ser perseverante que talentoso. Que la gente aprende a base de repetición y que la parte aburrida es la que ayuda a divertirse más tarde. La misma fuerza de voluntad no es ilimitada y es mejor tomar una decisión una sola vez y no pensarla, salvo cuando se hace un recuento de los resultados.

Para mí lo clave es que lo que hago todos los días define quién soy. Tal vez nadie recuerde cuando muera que los martes lavaba la ropa y los jueves planchaba. O la hora a la que me levantaba. Y no importa. Pero es lo que hace que sea yo y espero que de mí sí se acuerden.

Soñé que…

Tal vez lo único más aburrido que escuchar los sueños de otra persona, es ir a las clausuras de hijos ajenos. Entendamos que los sueños son una forma subconsciente de terapia en la que somos todos los seres que encontramos y que lo que nos decimos es para nuestro propio entendimiento.

Hay una teoría que habla de la posibilidad de una mente bicameral en una etapa anterior a la del desarrollo cerebral presente. Ésta propone que el ser humano tenía pensamientos que no identificaba como propios y que de allí creía que tenía comunión con los dioses, ya sea por medio de sonidos, visiones o los mismos sueños. Así, todo era un portento. Ahora no creemos eso y las interpretaciones ya no se las pedimos a los oráculos sino a los psicólogos.

En realidad, creo que es indiferente si los mensajes son sobrenaturales o propios, el punto es que nos hablan de cosas que necesitamos saber. Hay que ponerles atención, entenderlos si se puede y examinar qué nos queremos decir. Y no contarlo como si fuera la mejor novela de suspenso.

Demasiado arroz

Me serví con hambre. Me pasa que firmo cheques con los ojos que luego mi estómago no puede honrar. Es igual que ir al súper con hambre, tomar decisiones con hambre, entrar en una discusión con hambre… el cuerpo piensa primero en sobrevivir y luego en todo lo demás. Que no me pasa cuando hago ayuno, pero sí los días que como y se acerca la hora del almuerzo.

Casi todas las prácticas espirituales conllevan un elemento de martirio físico, de supresión de impulsos, de gratificación diferida. Que es algo totalmente artificial. Ya quisiera ver a uno de nuestros antepasados cavernícolas, teniendo a sus disposición comida altísima en calorías de forma casi ilimitada, que le dijeran que tiene que dejar de comer por razones esotéricas. Primero se atiborra hasta reventar. Pero ellos sí hacían ayuno forzoso, tenían que esperar para satisfacer sus deseos y le hacían ganas a comer lo que tuvieran enfrente.

Tener control de las llamadas físicas y no dejarse arrastrar por ellas es gratificante. Da una sensación de logro, de maestría sobre uno mismo. Cuesta y se necesita de una rutina. Y, hasta con la persona más metódica, llega el momento en que me serví arroz de más. Y me lo comí.

Dime qué no te gusta

Ayer, escribiendo un texto asignado en un concurso, me hicieron pensar en algo que no me gusta. No podía ser ni un lugar ni una comida. Y pensé que la pregunta es aún más importante de lo que parece. Porque muchas de las cosas que hacemos son para evitar tener experiencias desagradables.

Cuando uno busca pareja, es más importante saber en dónde están los límites de lo aceptable que en si me gustan rubios o morenos. El dolor marca la pauta y es bueno saber qué no va uno a tolerar. Hay pequeñas infracciones diarias que hacen mucha más mella que una falta gigantesca. Al final del día, la vida se construye de lo que hacemos siempre, no de lo extraordinario que, generalmente, sólo ilumina en dónde están las grietas.

A mí hay muchas cosas pequeñas que me desagradan, como los malos modales en la mesa, la apatía, la mala educación. Cosas que considero son indicadores de una personalidad deficiente que no hace el esfuerzo de ser un poquito mejor. Y que un perro me lama los pies…

Las puertas que hay qué cerrar

Dicen que el mundo da vueltas y uno no debe quedar peleado con nadie porque no sabe si se lo va a volver a topar. Y, en principio, estoy de acuerdo. Pero también es cierto que hay puertas por las que uno no quiere volver a pasar.

Romper relaciones es delicado. Son igual que los huevos, las cáscaras no se pueden volver a armar jamás. Pero algunas quedan bastante bien y se pueden hasta decorar. La relación ya no existe, la vida sigue y no deja uno un desierto por donde pasa. Todo eso está mejor que sembrar los campos con sal para que nada vuelva a crecer.

Supongo que hay una diferencia sensible entre terminar las cosas con firmeza y no regresar, a comportarse como animal y no poder hacerlo. A pesar de eso, yo sí prefiero no volver a coincidir con algunas personas, por mucho que me gire la vida.