Me gusta dejar las cosas claras. Y me cae mal que no me ayuden. Porque la gente por “claridad” entiende “grosería” y se ofende. Obvio no se trata de insultar, pero si quiero algo, lo pido y ya. No debería haber más vueltas.
El ser humano desarrolla su capacidad de hablar conforme sus relaciones se vuelven más complejas y conforma grupos más grandes. Tenemos la capacidad de trasladar información sin necesidad de experimentarla. Poder contarle a alguien que no lo va a ver dónde está el arbusto con frutas, para que se lo diga a alguien más, ahorra muchísimo esfuerzo. No necesitamos hacer ese intercambio de información que hacen las hormigas.
Pero, como todo lo complicamos, también evolucionamos para añadirle sentimientos a las palabras. Y allí es donde la cosa se vuelve menos fácil. Quiero pensar que puedo seguir pidiendo lo que quiero, sin ofender. No siempre se logran juntos.
