Últimamente me ha costado engancharme con un libro de ficción. No sé si es que las tramas nuevas no me parecen novedosas, si los romances imaginarios ya no son aspiracionales o si, simplemente, he tenido mala suerte para escogerlos. «Silo», una trilogía de ciencia ficción me dio claustrofobia, aunque fue muy interesante. Después leí el libro en el que está basada HoC (del mismo nombre) y me encantó. Pero luego he comenzado y dejado tres más de los cuales ya no recuerdo ni el nombre.
Y, aunque me están aburriendo las nuevas historias que puedo predecir, me dan ganas de regresar a las viejas novelas que ya me sé. Es como una forma de volver a visitar una ciudad querida, de volver a hablar con un viejo amigo, de comer una comida reconfortante.
Como humanos modernos, hacemos cosas como reuniones de colegio que nos transportan en el tiempo y nos regresan a la adolescencia (por eso no voy). Celebramos fechas importantes que nos recuerdan cómo iniciamos cosas trascendentales de nuestras vidas. Conmemoramos la muerte de nuestros seres queridos para volverlos a sentir cerca.
Las tradiciones nos anclan a una herencia emocional que nos debería permitir salir a navegar con seguridad por aguas nuevas. Lo que no es sano es que nos quedemos siempre en el mismo puerto.
Así que leeré de nuevo algún libro que me gusta y luego me obligaré a invertirme en una nueva aventura. A lo mejor encuentro a un nuevo amigo que me llamará a que lo vuelva a visitar años después.
