Proteger dejando en paz

Cuando mi primer hijo era bebé, lo manteníamos sin calcetines. No se enfermó nunca. Luego, aprendió a gatear a los dos meses y andaba por toda la casa (hasta una cucaracha se comió). Los dos niños se han subido a una bici desde pequeños, los golpes han sido pocos y las enfermedades menos. Pero todo eso lo aguanto. Poner curitas, dar medicinas, medir fiebres. Todo eso es fácil.

Mandarlos al colegio y no saber qué les vaya a pasar emocionalmente, eso me cuesta. Sobre todo si me recuerdo demasiado de mi propia mala experiencia. ¿En dónde le pone uno una pomada a un dolor de corazón? Y lo único que se puede hacer es equiparlos lo mejor posible en casa para que fuera de ella tengan cómo salir adelante.

Una mezcla de amor para que se sepan querer a sí mismos, consecuencias de sus actos para que se midan, disciplina para que se puedan auto-motivar y hasta ignorarlos un poco para que sepan estar solos. Todo eso que aún de adultos nos cuesta. Porque queremos amor y apapachos y pasar impunes por la vida y que nos aguanten todo y nos lo solucionen todo.

Yo no quiero que mis hijos no puedan funcionar allá afuera. La vida es dura y hay que formarles un caparazón. Pero tampoco quiero que estar en la casa se les vuelva insostenible. Y todavía me cuesta ese estira y encoge entre lo que quiero protegerlos y lo que tengo que soltarlos. Y me paso de pesada. Y sé que me estoy paseando en ellos. Ni modo. De algo tienen qué vivir los psicólogos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.