La bendita condicionalidad

Supongo que todos, sin depender de nuestras convicciones religiosas, hemos escuchado alguna vez el pasaje del amor en el que dice cómo es. Que si es servicial, que si todo lo aguanta. Que si es paciente, no se enoja, todo lo puede. Que si es más fuerte que cualquier otra cosa.

Los griegos distinguían entre el «eros» y el «agape». El primero describe ese sentimiento que existe entre una pareja, que podríamos describir como pasión. El segundo es ese ideal de fraternidad en el que debemos vivir como humanos. «Quiere a tu prójimo como a ti mismo.» «Trata a los demás como te gustara que te trataran.»

Las relaciones interpersonales, esas que son uno-a-uno, necesariamente tienen condiciones y límites. Es parte de establecer una buena convivencia, de mantener el respeto, de conservar la admiración. Pretender que alguien al que maltratan tiene que seguir amando al otro, porque «el amor nunca pasará», no sólo es ingenuo, sino injusto. Pero, lo que no se puede perder jamás es el amor general por la humanidad. Por ese amor uno tiene hijos y los cría para ser personas de bien. Por ese amor uno se mejora a sí mismo. Por ese amor hay avances e inventos y progreso. Si perdemos ese amor, mejor nos retiramos de la sociedad. Apaga y vámonos.

Yo no amo incondicionalmente ni a mis hijos. Los amo precisamente por eso, porque son hijos míos, esa es la condición.

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