Ah, las ansiadas vacaciones… Los dos mejores días de las mamás son el primero y el último, por lo menos eso decía mi mamá. Esta vez no llegué ni al primero. Ya pasaron castigados desde la primera semana. Y no es (necesariamente) por mi falta de paciencia, es que se ponen especialitos de la falta de rutina.
Tener una vida regimentada tiene amplias ventajas, sobre todo porque libera la mente para pensar en cosas más importantes que «qué me voy a poner hoy», o «a qué horas voy a comer». Si no, pregúntenselo a cuaquier padre con hijos de uniforme. La maravilla de no gastar de más, de no perseguir las modas, el respiro de no tener que escoger la ropa por las mañanas. La rutina tiene una función muy loable y es quitarnos preocupaciones.
Pero (siempre hay uno, me los he tratado de quitar y no hay modo), no podemos vivir de la rutina, porque nos morimos por dentro. El método no puede ser más importante que la meta. Si la creatividad está ahogada por un horario, hay que quitarlo de inmediato y reinventar el esquema. Las vacaciones sirven para eso, precisamente: sacarnos un rato de lo esperado, hacer que nuestro cerebro se ocupe en otras cosas y regrese al camino con otros ojos.
Todo lo cual no es sencillo para los niños que, ni diseñaron su propia rutina, ni pueden disponer con libertad de su tiempo libre. Se les quita la seguridad de estar entretenidos y se les lanza a un mar de horas vacías que se supone que tienen que llenar. Con razón se ponen insoportables. Y, justo cuando ya le están agarrando la onda al asunto, es hora de volver a clases. En 27 largos días.
