Mantener los compromisos

Hace un mes hice una cita para recibir clases hoy. Llegué temprano, esperé y, por supuesto, la profesora no llegó. Hasta le mandé mensaje con 45 minutos de anticipación avisándole que ya estaba esperándola. Nada. Menos mal que fue en el club y yo iba preparada para nadar, así que, mil metros, una platicada de sorpresa con mi concuño, un sauna y una ducha fría-rsh después, salí para mi casa. Claro que ya a esa hora, la chava estaba dando sus clases.

Cuando me pasan cosas así, me debato conmigo misma acerca de qué hacer. Por una parte, me es más fácil dejarlo estar, pero tampoco volver a buscar a la persona que me quedó mal. Prefiero muchas veces no devolver un plato que no me gustó en un restaurante, porque guácala comer escupido. También me he alejado de gente con la que simplemente ya no tengo nada qué ver. O la que me parece no merece la pena mi esfuerzo.

Pero, por el otro lado, me enciende la llama de la pasión justiciera el hecho que la gente no sea igual de formal que yo. Las tardanzas a las citas. El faltar a la palabra dada. Un rompimiento de lealtad. El doblez en la forma de actuar. Todo eso no lo tolero y sí soy capaz de plantarme firme frente a cualquiera.

Hay batallas que valen la pena. Cualquier cosa que nos importe de verdad, siendo la medida de la importancia completamente personal. Parte de crecer es aprender a tener momentos colorados. Un ratito de incomodidad intensa nos salva de meterle más presión a una olla que luego estalla por otro lado.

Al final, ganó mi sentido de lo apropiado. Esperé un momento, entré al salón y le dije que me había dejado plantada. Me vio con cara de marciana, se puso completamente roja de la cara y se disculpó profusamente. Se le había olvidado la fecha. Ya quedamos para la otra semana.

Uno de esos días

Preparar fiestas nunca ha sido lo mío. Me estreso con los detalles, con los invitados, con la comida… Darle demasiada importancia a un evento me hace brotar urticaria. Me esmero tanto en que la persona agasajada se sienta especial, que termino hecha una piltrafa. Es cierto que da una gran satisfacción el ver una sonrisa en la carita de la persona celebrada y es por eso que lo sigo haciendo con gusto.

Hay días que son obviamente especiales, como fechas de cumpleaños o de fiestas tipo una boda. Hacer que brillen en nuestra memoria nos dan pequeñas joyas qué guardar para contemplarlas en días menos afortunados.

Y hay días que simplemente son perfectos, porque todo el mundo está feliz, hubo comida rica y compartimos juntos.

La vida no puede ser una serie interminable de eventos. El matrimonio no es el día de la boda, ni criar niños el día del parto. Por eso los finales de cuentos de hadas no sirven para nada. «Y vivieron felices para siempre»… Pero sí se puede hacer que lo cotidiano sea enriquecedor. Que se encuentren las sonrisas en un helado a media tarde, en bañarse después de las cuatro, en acostar niños temprano.

Hace poco, tuve que detenerme un rato para absorber la felicidad de uno de esos momentos perfectos: estábamos los cuatro preparando las cosas para la cena. Algo que podemos repetir y que no pierde lustre con el uso. Que no necesita mayor producción. Que es alcanzable. Y fui intensamente feliz.

El último recurso

Nuestros hijos están siendo criados como cavernícolas. No tienen juegos de video, ni tablets (salvo el reader del niño), ni celulares y la tele tiene una ventana de media hora al día. Y no es que esté mejor que en otras casa que sí lo tienen. Es simplemente que así es en la casa donde les tocó crecer.

Yo crecí entre libros y «pen-pals» y teléfonos fijos y cenas en familia y una televisión en la casa. Entiendo perfectamente bien que la nostalgia es engañosa, pero tengo pocos parámetros de crianza de otra manera y, pues, creo que yo no salí tan mal.

Sin embargo, hay momentos para todo. Por ejemplo, ahora mismo que tenemos mucho tiempo para esperar, mi iPad es el último recurso de entretenimiento para mi pequeña de cinco años que aún no lee.

No pretendo dar ninguna lección de cómo educar niños. Apenas puedo con los míos. Sólo estoy terminando de pasar varios días  con un par de pulgos que les gusta estar con sus viejos, que se entretuvieron de lo lindo solos y que no lloraron de aburrimiento por no tener sus jueguitos.

Lo cual no quiere decir que presiento que tendré que arrancarles de las manos las tablets a ambos cuando termine el tiempo de espera.

Una sorpresa

En casa tenemos pocos espejos. En parte porque no he comprado. Y no he comprado para alimentar más la vanidad que aqueja a ambas ramas de nuestra familia.

La relación entre una persona y su propia imagen está fraguada de altibajos. Es algo como encontrarse con uno mismo en alguna parte y a veces caerse bien y a veces no.

Si, además, tiene uno metido un estándar de cómo se debe ver, ya van entrándole los años, la vida y las libras, el espejo sólo sirve de foco para iluminar defectos, arrugas y lonjas. Algo así como pasa con las luces que lo alumbran a uno desde arriba en los cambiadores de las tiendas de ropa. (Ya, en serio. ¿Cómo demonios pretenden que uno se compre ni un trapo si se mira fatal en esos espejos aumenta-talla?)

Y luego están esos momentos en los que uno se agarra desprevenido. Un reflejo súbito en una vitrina. Un marco puesto en un ángulo diferente. Un cuarto con espejos en el techo (sí, de «esos cuartos», no se me hagan).

Se recuerda la psique que hay una sonrisa torcida que todavía saca buen servicio en un restaurante. Que el pelo aún es abundante. Que, si bien el estómago no está del todo plano, hay un poco de nalga que lo compense.

A veces uno se da una buena sorpresa a uno mismo. Luego se pone uno el bikini y se le pasa.

Soltar el mundo

Estoy recibiendo acupuntura una vez a la semana. La consulta inicial fue más detallada que una entrevista para ser parte de una organización ultra secreta. Entre todo lo todo que me preguntaron estaba la típica de : ¿Tiene estrés?

El «estrés» que viene de la palabra en inglés que significa tensión, nos mantiene con los resortes listos. Vivimls en el modo ese de «pelea o fuga» en el que seguro se movían nuestros antepasados ante el peligro de ser cazados por un buen diente de sable. Y, aunque parezca raro, nuestro cerebro no distingue entre estar en peligro mortal y tener lista la tarea a cierta hora. Ambas nos generan una misma respuesta química y ambas nos terminan partiendo.

Existen filosofías enteras dedicadas para sacarnos de ese estado de tensión perpetuo. La gente consume cantidades navegables de fármacos que les escondan su realidad por un momento. Hacemos ejercicio para liberar al mounstro.

Pero yo no puedo negar que, si no tuviera un poco de presión constante, ya me hubiera echado a la completa desidia. No hay que perder la salud, pero tampoco la aviada y ésa sólo se logra con un buen empujón.

Entonces, sí, me mantengo estresada. Y eso me lleva a hacer karate, nadar, comer bien, dormir bien y hasta hacerme la famosa acupuntura.

Un torrente

Tengo un par de días sin niños. Sin gritos. Sin regaños. Sin ruido. Me paso sola con mis libros y mis podcasts y mis proyectos. No puedo decir que me la pase mal. Es más, me ha servido para escarbar mi centro de donde estaba engavetado debajo de los juguetes. Me gusta estar sola. Me gusta estar en silencio.

Hasta que viene mi marido y me salen todas las palabras que no he dicho en el día como agua de una presa rota. Nada trascendental, lo realmente importante ya probablemente lo dije por Telegramm. Es todo ese nudo de ideas y emociones que se juntan en un día normal.

Cuando uno tiene costumbre de estar acompañado, se vuelve de todos los días eso de exprimirse la cuota de palabras que se supone que tiene uno al día. Es lo que nos hace crecer con las personas con las que vivimos. El punto de compartir un espacio físico con alguien es que lo conozcamos a diario. No sirve la cosa si me tengo que sentar con uno de mis peques y averiguar qué ha estado pasando en su cabeza y en su corazón los últimos seis meses. O que lo sepa por dónde está el camino emocional de mi marido. Tampoco funciona no expresar cómo me siento.

El chiste de vivir es que cambiamos. La función de tener pareja y familia es conocer ese cambio y adaptarnos todos.

Y el resultado de pasar sola todo el día es marear al pobre hombre cuando viene a la casa.

Hasta que duele

Tengo un nuevo tatuaje. En el antebrazo derecho. Es el más visible que me he hecho. Y el más personal.

Las marcas en la vida nos las hacemos, ya sea en el cuerpo de forma deliberada, como la tinta, en el corazón con las emociones que nos dejamos que se queden y en la mente con las ideas que fertilizamos. Al final terminamos siendo una amalgama de todo eso que no dejamos ir, bueno y malo, consciente o no.

Muchas veces pareciera que la vida se nos queda atorada en un torbellino: vamos a muchísima velocidad, pero sólo damos vueltas sobre el mismo eje, aunque avancemos. Es en el momento en el que nos abrimos, destapamos el nudo que tenemos guardado y agarramos lo que más nos gusta, que podemos tomar una dirección y crecer, aunque sea más lento.

En mi vida hay etapas que todavía resuenan como una campana y que marcan hitos de mi personalidad: pedazos de la infancia, la adolescencia con sus dolores, los errores de los primeros ejercicios de una mal llevada libertad, el enganche con una pareja que se vuelve parte mío, la venida de los niños. Todo esto ha dejado huellas en mí que no puedo ni quiero borrar. Pero que sólo me definen en la medida en la que yo quiero.

No es posible quitarse lo malo que ha sucedido. Tampoco sería recomendable. Pero sí podemos elegir cómo vamos a reaccionar ante todo eso que nos ha esculpido. Al final del día, los que tenemos en la mano el cincel de nuestras vidas, somos nosotros mismos. Y, algunos, también le metemos colores con agujas al asunto.

Regresar a la normalidad

Las vacaciones de mis hijos empezaron ayer. Llevan ya dos semanas sin colegio, pero los he tenido bajo mi (zapato) supervisión todo el día. Pasaron una noche donde mis primos que son como mis papás y estuvieron gloriosos. Tele, helados, tele, desvelos, juguetes, tina, cereal, leche… No sé. Entiendo que es rico salirse de la rutina.

Cuando yo era pequeña, me iba una semana en vacaciones a la casa de una amiga sin horarios… Y regresaba a casa ansiando tener rutina. Para bien o para mal, uno tiene una zona de confort. Es necesario salirse de ella para lograr cosas fuera de lo común, pero, creo yo, también es bueno tenerla para partir de un punto de referencia.

Así con todo. Ya lo he dicho otras veces, Picasso decía que hay que saberse bien las reglas para poder romperlas. Pregúntenle a un buen chef, les dirá que hay que aprenderse las salsas bases, esas que se llaman las «madres» para poder innovar.

Saltar desde un punto desconocido nos deja sin rumbo. Apoyarse en algo que está afianzado, nos da la dirección de donde queremos ir. La rutina sirve como ese muelle.

Hoy los niños duermen en la casa y mañana comienzan una semana entera donde sus abuelos. Veremos cómo nos va.

El plástico diario

A veces son las doce y ya hice desayunos, loncheras, karate, nata, súper y ya me va a tocar salir a traer a los niños al bus. A veces dan las seis de la tarde y no he hecho nada.

El tiempo tiene una plasticidad propia. Afianzamos nuestros recuerdos en ciertas anclas emocionales que hacen eternos los momentos cruciales. Tal vez, como el Hannibal de las novelas, construimos palacios de memoria para no dejar escapar ni uno solo de los datos de nuestras vidas.

Lo cierto es que vivimos el tiempo, que es una dimensión lineal, de forma enteramente casuística: si estamos ocupados pasa más rápido, si estamos ansiosos pasa más lento y si estamos aburridos pareciera detenerse. Increíble, pero la rutina nos ayuda a que haya cierta inercia en el movimiento del reloj.

Mis hijos viven, verdaderamente sienten, cada segundo de sus vidas. Sobre todo ahora que están de vacaciones. Les falta su horario y orden. Y a mí eso me parece fabuloso. Parte de crecer es saber agenciarse esa moneda de segundos, minutos y horas que se nos da.

Pero, para mientras aprenden a hacerlo, me toca aguantar tres llamadas en una hora de hacer es súper: «Mama, ¿ya vas a venir?»  Junio, para mí, pasa lento.

El cambio accesible

De joven salía sola a todas partes, me iba al puerto, manejaba de noche y no tenía ninguna consideración más que cómo rebasar al choyudo de enfrente. Ahora, con dos niños que vamos a endosar a donde mis santos suegros y con un marido que tiene que trabajar, tengo la oportunidad de ir a pasar una noche en el Lago y me hice para atrás de ir y regresarme sola. Y estoy furiosa.

Estoy furiosa conmigo misma por haber perdido las agallas. Furiosa con un sistema de carreteras que hace imposible saber si una roca no me va a detener durante horas. Furiosa con una situación de violencia que verdaderamente hace peligrosa una travesía que debería ser liberadora. Pero, más que nada, estoy que echo humo por las orejas porque todas estas consideraciones tienen que ver con el hecho de que soy mujer y estaría sola.

Soy mujer y eso no lo puedo cambiar. ¿Y mi independencia? ¿Y mi igualdad como persona? ¿Y mi derecho de hacer todo igual que los hombres? Sí, tengo todo eso, pero nada cambia. Porque no soy hombre, atraigo un riesgo mayor. Y eso, de nuevo, no lo puedo cambiar.

Yo sé que muchas mujeres lo hacen y lo hacen muy bien. También entiendo que lo puedo hacer yo y que tengo la balanza a favor que todo salga bien. Que corro el mismo riesgo en cualquier momento en que salgo de la casa. Que si verdaderamente me entran las ganas, agarro mi carro y me voy.

Eso no es lo que me tiene molesta. Me está aguijoneando una situación que está fuera de mi control. Sentí la reducción de mi mundo. En lo que esté en mis manos, mi hija no va a sentir lo mismo. Y, ahora que lo pienso bien, aún estoy joven.