Hace un mes hice una cita para recibir clases hoy. Llegué temprano, esperé y, por supuesto, la profesora no llegó. Hasta le mandé mensaje con 45 minutos de anticipación avisándole que ya estaba esperándola. Nada. Menos mal que fue en el club y yo iba preparada para nadar, así que, mil metros, una platicada de sorpresa con mi concuño, un sauna y una ducha fría-rsh después, salí para mi casa. Claro que ya a esa hora, la chava estaba dando sus clases.
Cuando me pasan cosas así, me debato conmigo misma acerca de qué hacer. Por una parte, me es más fácil dejarlo estar, pero tampoco volver a buscar a la persona que me quedó mal. Prefiero muchas veces no devolver un plato que no me gustó en un restaurante, porque guácala comer escupido. También me he alejado de gente con la que simplemente ya no tengo nada qué ver. O la que me parece no merece la pena mi esfuerzo.
Pero, por el otro lado, me enciende la llama de la pasión justiciera el hecho que la gente no sea igual de formal que yo. Las tardanzas a las citas. El faltar a la palabra dada. Un rompimiento de lealtad. El doblez en la forma de actuar. Todo eso no lo tolero y sí soy capaz de plantarme firme frente a cualquiera.
Hay batallas que valen la pena. Cualquier cosa que nos importe de verdad, siendo la medida de la importancia completamente personal. Parte de crecer es aprender a tener momentos colorados. Un ratito de incomodidad intensa nos salva de meterle más presión a una olla que luego estalla por otro lado.
Al final, ganó mi sentido de lo apropiado. Esperé un momento, entré al salón y le dije que me había dejado plantada. Me vio con cara de marciana, se puso completamente roja de la cara y se disculpó profusamente. Se le había olvidado la fecha. Ya quedamos para la otra semana.
