Ser libre por dentro

A veces tuiteo qué estoy cocinando, como ayer, que puse el menú desde el desayuno. A veces me desahogo de las frustraciones del día. A veces (más seguido) hago comentarios en horario de adultos. Esa crónica de la vida, da la impresión que estoy contando todo lo que tengo adentro. Pero no.

Pareciera que en nuestra sociedad, ya no hay momentos íntimos. Cosas que no se conozcan. El mundo se ha reducido hasta volverse un pequeño pañuelo en el que todos nos sabemos hasta el color de la ropa interior. La gente «famosa» no puede hacer escándalos en público, porque siempre hay alguien con una cámara dispuesto a compartirlo. En muchos empleos están pidiendo el historial de nuestras redes sociales para escudriñar ese torrente del subconsciente que dejamos por allí.

Y es cierto. Más gente puede conocer lo que hacemos. Pero eso no es diferente de lo que pasaba antes en los pueblos con poca gente que se sabían hasta qué le habían dado de comer al perro. «Pueblo chico, infierno grande». Resulta que la intimidad, ese lugar metido dentro de uno en el que recuperamos nuestro ser, ése sigue intacto. Hasta ahora nadie nos conecta a una máquina al estilo The Matrix y se mete dentro de nuestro cerebro.

Todo eso que nos guardamos, eso que conocemos de nosotros mismos, los pensamientos que no compartimos porque son demasiado nuestros, las emociones que dejamos madurar antes de expresar, las fantasías que nos alegran el día, todo eso, sigue estando adentro. Y eso nos hace libres en nuestro interior, porque nadie nos puede obligar a compartirlo.

Escribir todos los días acerca de lo que me da vueltas, me ayuda a quitar la presión de mi cerebro antes que estalle. Pero ni por eso siento la necesidad de contar todo lo todo que tengo dentro.

Preguntas y más preguntas

«¿Mama, qué hacías de pequeña?» «¿Cómo te fue en el colegio?» «¿Por qué estás seria?» «¿De qué estás escribiendo?» «¿Por qué no puedo tomar con la boca torcida?» Las respuestas van desde algo científico, filosófico, religioso, hasta un ya desesperado «porque yo digo». Pero hoy me preguntó el mayor «¿Qué te ha hecho más feliz en esta vida?»

La felicidad es un estado de picos y valles. Hay momentos más emocionantes que otros, pero una vida vista hacia atrás y contemplada con satisfacción, es una vida que tuvo más cosas buenas que malas. La felicidad es una decisión de reaccionar de una forma determinada ante lo que no podemos controlar. A veces el enojo, esa emoción que en mí está en «default», me gana la partida, pero recuerdo que yo soy dueña de cómo me siento y, si no logro contentarme, por lo menos atajo el Hulk que quiere salirse. La felicidad es un recuerdo guardado como joya en el cofre de nuestra memoria. Hacer el esfuerzo por fijarse en lo bueno que nos pasa y meterlo en un lugar especial, nos llena de cosas felices qué sacar en días grises.

Escoger qué me ha hecho más feliz en esta vida es pedirme que diga a quién de mis hijos quiero más. Lo que me ha hecho feliz, me ha hecho «más» feliz en su momento y es difícil cuantificarlo visto hacia atrás. Si me lo preguntaran porque estoy al final de mi camino, así con la presión de la eternidad por delante, diría que ser yo es lo que me ha hecho más feliz.

Sin nada qué decir

La mitad de mi día la paso en silencio. Voy sola a todas partes. No comparto mis pensamientos, más que con una página (ésta). La otra mitad se me va en dar instrucciones a dos mounstritos, responder preguntas existenciales como «Mama, ¿por qué no me puedo comer cuatro donas de desayuno?» y recorrer la ciudad con ellos ocupando todo el espacio físico del sillón de atrás y todo el espacio auditivo del carro. Aún así, llega la noche y me quedo con ganas de platicar hasta gastarme todas las palabras de gente adulta que no tuve con quién compartir.

Se supone que se puede clasificar a las personas en introvertidas y extrovertidas, de acuerdo a la forma en que se llenan de energía. Las introvertidas necesitan momentos de soledad y silencio completo para poder recargarse y salir al mundo. Las extrovertidas necesitan estar rodeados de personas con quiénes interactuar y pelotear ideas para sentirse llenos de vitalidad. Y luego estamos los raros que necesitamos de ambos ambientes.

A mí me encanta estar sola, pero también me gusta tener con quién hablar y escuchar. Rara vez me quedo sin tema de conversación. Hasta que me encuentro en situaciones sociales en las que simplemente no hay nada que se pueda decir para mejorar el momento. Así me acaba de pasar en el funeral de mi cuñado. Ante la tristeza que sentíamos todos, no existía una palabra mágica que me ayudara a levantarle ese peso a la persona que más quiero y me sentí impotente. Entiendo que no me tocaba hacer nada, pero eso no me ayuda.

Obvio, ahora estoy ronca. Como si se me hubiera acumulado el deseo de decir algo y, al no encontrar qué, mis cuerdas se hubieran declarado en huelga por inutilidad. Ya recuperaré la voz. Y volveré a pasar parte de mi día en silencio.

Escribir para el olvido

Ayer escribí mi post de siempre y algo pasó con la página. Parecía que se había perdido la entrada. al refrescar la página, me salía que había un error en el servidor. Y me resigné a no poder publicar ese artículo. Porque a mí se me olvida lo que escribo en el momento en que termino de teclearlo.

La transmisión de conocimiento por medios escritos marca un hito en el desarrollo de la humanidad. Existe una certeza de exactitud de palabras plasmadas que nos permiten aprender conocimientos científicos pasados. Pero cuando se trata de historias humanas, lo escrito es tan nebuloso como cualquier tradición oral. Y sirve poco para demostrar el verdadero estado anímico de una sociedad. Por algo se dice que «la historia la escriben los vencedores».

Luego está la gente importante que escribe memorias y autobiografías para dejar prueba de lo que hicieron. Ensayos filosóficos que los grandes pensadores utilizan para pasarnos su sabiduría. Nuestra personalidad como humanos se encuentra en letras.

A mí escribir no me sirve para recordar. Me sirve para olvidar. Siento algo que me incomoda y que pide salir de mí. Muchas veces termino poniendo cosas que no era lo que había pensado originalmente. O tengo una idea revolotéandome en la cabeza y si no la atrapo rápido, se me escapa. Lo peor que me puede pasar es que se me borre lo que ya había puesto. Como ayer. Porque, una vez que lo saco, ya no tengo memoria de lo que puse.

Para mi buena suerte, recuperé la entrada. Si no, hubiera tenido que volver a escribir y no hubiera sido igual.

La certidumbre

Con los dos niños, quisimos saber si eran hombre o mujer. En una etapa de muy poca seguridad y menor control como lo es un embarazo, el hecho de saberle el nombre a lo que saliera era un paleativo que se agradeció profundamente. En medio de todo, pudimos planificar el color del cuarto, comprar ropa y hacer algo. El resultado final era el esperado: tuvimos dos bebés. El proceso para tener a ambos fue completamente sorpresivo.

Conocer el final de una historia, si hablamos de una película o un libro u otro tipo de entretenimiento, casi siempre nos arruinan la experiencia. Ya no tiene el factor sopresa y nuestros cerebros se aburren. Pero cuando se trata de la vida real, buscamos como humanos tener la mayor certeza posible. Le huímos al riesgo. Buscamos lo que ya conocemos.

Tal vez es una medida ínfima de ejercer control sobre una vida que poco nos deja decidir. Y también por eso buscamos cerrar los procesos que llevamos en el camino. Celebramos fechas conmemorativas. Le quitamos días a un calendario a la espera de un acontecimiento.

Cuando dejamos un proceso sin cerrar, nos quedamos con una roncha metida entre el cerebro que nos pica y que no podemos rascar. Y, aunque implique un dolor, preferimos que por fin llegue el trancazo y ya dejar de caer por el aire sin final.

La certidumbre es fregada. Nos amarra a un resultado, así como nosotros amarramos a nuestros bebés a un nombre, meses antes de nacer. Pero por lo menos por eso, no tuve ansiedad.

Un lugar vacío

Hace 12 años vimos «Defendiendo al Cavernícola». Nos ofrecieron la obra y aceptamos sin mucho entusiasmo. Pero todo, desde un principio, fue el éxito total. Entre muchas de las cosas del monólogo, se habla de la diferencia del cerebro entre los hombres y las mujeres. Específicamente cómo todo en el cerebro de una mujer está interconectado y todo en el cerebrl del hombre está en compartimentos. Y que uno de esos compartimentos, está vacío.

Últimamente, han salido nuevos estudios que refutan que exista una diferencia esencial entre el cerebro de unl hombre y el de una mujer. Y podría ser cierto. Pueda ser que nuestra anatomía básica sea igual. Con eso superaríamos muchos mitos de aptitudes o dificultades naturales para aprender materias científicas. O cómo procesamos emociones. O cómo entendemos el lenguaje.

Pero, lo que más necesito, sobre todo en este momento, es encontrar mi «caja vacía». Ésa a la que puedo entrar y no pensar en nada. En donde no hay distractores. No hay ni sentimientos. Está simplemente la nada.

Esa capacidad de apagar la conexión entre todas las ideas que me rondan, es algo que admiro y envidio. El hámster que da vueltas dentro de mi cabeza necesita un descanso de vez en cuando. Y yo, a veces, necesito vacaciones de mí misma. Aún no he encontrado en dónde.

Ser inmortal

Mi papá creo que era agnóstico. Su abuelo, que era ateo militante, le había explicado de pequeño que después de la muerte sólo nos quedábamos en el recuerdo de las personas.

Pensar que seguimos viviendo en la mente de las personas que nos conocieron y que trascendemos generaciones si cuentan historias nuestras, es un acto de fe a futuro, sin importar nuestra posición religiosa. Es indudable que dejamos una impresión de nuestro ser por donde pasamos. Ponemos un sello más o menos profundo en el corazón de las personas con que interactuamos. Siempre. Aún cuando no nos damos cuenta.

No todos podemos ser inmortales en la memoria de la historia colectiva. Pero todos trascendemos de nuestra propia muerte, porque más de alguien nos conoció y supo nuestro nombre.

He conocido pocas personas que dejen una huella tan profunda y feliz como mi cuñado Luis Ronaldo. Uno de los hombres más inteligentes que he tenido al lado, jamás hizo alarde de su genialidad. Fue generoso con todo lo que tenía, principalmente con su persona. Estar con él era sentirse importante, porque él se intersaba en uno. Siempre lo vi con una sonrisa y la mejor de las actitudes. Facilísimo de querer. Va a ser proporcionalmente triste no volverlo a ver.

Pero seguirá entre nosotros y nuestros hijos, porque su recuerdo nos acompañará, con dolor, pero también con dulzura. Gracias por tu vida Luis.

Acompañar

Mi famosa y muy querida tía padece de migrañas. Y dolores de cuello. Y de cintura. Y se enferma seguido del estómago. Todo lo cual tiene como consecuencia que está más dopada que el equipo de atletismo ruso. Queriendo ayudarla a dejar de tomar tantos fármacos, le conseguí medicina alternativa. Nos fue fatal. Principalmente porque la señora no dejó de tomarse la otra medicina, sino que agregó la nueva.

Ayudar es a veces tarea complicada. Uno no sabe si va a aliviar una necesidad. Si lo está haciendo bien. Si no va a ser peor el remedio. Se vuelve aún más complicado cuando lo que se necesita es apoyo emocional. Lo material es tanto más fácil de medir.

Remendar una rodilla raspada es cuestión de tener una curita a la mano. Un corazón roto no tiene válvula de acceso para echarle mertiolate.

A mí me gusta tomar acciones ante una necesidad. Me quedo ansiosa ante una lágrima. Pasan mil palabras con soluciones por mi mente. Pero he aprendido a quedarme callada. Por mucho que me cueste aceptarlo, no hay algo que pueda hacer, pero sí puedo estar.

El problema con mi tía es que no tiene supervisión. No se trata de conseguirle más o mejores medicinas. Y tampoco voy a llegar yo a cambiarle hábitos a estas alturas del partido. Pero sí puedo seguir preocupándome por ella.

Lo que no puede ser

Hace tres meses, la señora que nos vende el helado de la refacción post entreno de mi hijo estaba llorando. Le deseé que estuviera bien, esperé un momento y, viendo que prefería estar sola con su dolor, me alejé. Ayer la vi de nuevo, le chuleé las botas que tenía puestas y le pregunté cómo seguía. Me contó que su hija había fallecido repentinamente de una enfermedad en su riñón.

La muerte es una compañera constante para todos. Es la única cosa inevitable en nuestras vidas. Y está bien. De alguna forma, saber que a eso vamos todos, a mí en lo personal me reconforta. Pero ese sentimiento sólo me aplica a mí.

Cuando perdemos a un ser querido, lo que duele no es lo que dejan de vivir, es lo que dejan de vivir con nosotros. Pensar que mi mamá nunca cargó a mis hijos, que mi papá nunca los llevó a tirar, que han pasado bautizos y piñatas y que vienen Primeras Comuniones y graduaciones y todo sin ellos, me duele. A mí. Por lo que no pude tener.

Esa nostalgia por lo que no existe, por lo que pudo ser, ese «saudade», es un dolor dulce. Allí, entre el olor de helados, lloramos un poco con la señora. Y ambas seguimos con lo que nos tocaba hacer ese día. Todo continúa.

Melocotones

Regresando de Xela, había puestos de melocotones por mucho del camino. Como siempre, se me llenó la nariz y la boca del recuerdo. Mi cumpleaños sabía a pie de melocotón. Y yo lo detestaba. Mi mamá hacía pie para «gastarse» los melocotones y yo me quedaba siempre con ganas de comer más, no importaba si me había retorcido el estómago de tantos que ya había tragado.

Hay olores que inmediatamente nos transportan a lugares del pasado. El sentido del olfato en el cerebro está justo al lado del de los recuerdos. Por eso un aroma es la llave más segura para abrir nuestra memoria. Se recomienda estudiar con un chocolate y llegar al examen con otro, para afianzar el conocimiento. Cuando desconfiamos de algo o de alguien decimos que «apesta». He conocido personas que detestan un perfume después de una relación desastrosa.

Cómo nos apodera un recuerdo es igual que cómo nos invade un olor. No podemos dejar de respirar, al igual que es muy difícil que olvidemos. Lo bueno es que podemos darle un nuevo significado a todo lo que llevamos en el cerebro.

Mi papá olía a aceite de pistola, cuero de silla de montar y colonia. Mi mamá olía a perfume, aunque no se pusiera. Mi casa en Navidad huele a mantequilla y azúcar. Mis hijos olían a leche. Mario huele a pan…

Recuerdos embotellados, como el del protagonista de El Perfume que quería hacerse un humano a fuerza de puro olor. Así, ahora soy yo la que compra melocotones y los hace pie. Lo bueno es que, a la gente de mi casa, ese trato les encanta.