Mi emoción básica, esa que se me pone en «default» y a la que apelo con más frecuencia es el enojo. Supongo que para mí es más fácil sentirme enojada, que triste o frustrada o con miedo. Creo que me da alguna sensación de control y me impide quedarme de brazos cruzados esperando que sucedan las cosas.
No creo que sea la más feliz de las circunstancias, pero, en el momento adecuado, un buen enojo es positivo. Así como los grandes bosques necesitan de fuego para purificarse, una buena rabia controlada ayuda a limpiar muchas cosas que ocultan cosas más profundas. Si entendemos la depresión como la ausencia del sentimiento, por lo menos encachimbarse es sentir algo.
Podemos usar la energía de una cólera para combatir una injusticia. Para defendernos de algún atropello. Para cambiar el rumbo de una relación que no nos gusta. Para alejarnos de la gente que nos hace daño. O simplemente para hacer un buen berrinche, quedar exhaustos, llorar a mares y sentirnos más limpios al final del alboroto.
A pesar que es la emoción que más fácilmente identifico, no me considero una persona «enojada». Paso muchísimo más tiempo sonriendo que con el ceño fruncido (mejor las patas de gallo de risas, que los surcos en la frente). Pero, si la ocasión lo amerita, si me disparo unos enojos de campeonato. Lo más simpático es que sonrío cuando estoy más enojada.
