¿Y ahora para dónde?

Mi vida se vuelve a regir por las vacaciones de los colegios. Esa interrupción a una rutina bien establecida con días llenos de actividades que no se pueden eludir. Y los horarios ya no son míos. Aunque sí. Recuerdo que mis últimas vacaciones del colegio, antes de entrar a la universidad, se sintieron como nadar en un río calmado y tibio, con la corriente lo justo de rápido como para llevarme apaciblemente a una parte a la que quería llegar. De allí en adelante, he tenido muy pocos momentos así de reflexivos y tranquilos.

Vivimos tan preocupados del día a día, que se nos olvida cuestionarnos a dónde vamos con tanta prisa. Es muy fácil cuando uno está estudiando, porque la meta es muy fácil de identificar. Pero el diploma que uno recibe cuando termina la vida es el certificado de defunción y, pues, pocos tenemos mucha prisa por llegar allí. Tenemos momentos de crisis, fechas de cumpleaños con números redondos y fatales, pérdidas de seres queridos, que nos hacen cuestionarnos la dirección que le estamos dando al barco que navegamos. Está bien. Parte de crecer es precisamente no andar como zombie, sin consciencia de lo que hacemos.

El problema es no saber. No saber a dónde ir. No saber qué se quiere. No saber cómo obtenerlo. No saber si podemos. No saber si nos lo merecemos. Hace 15 años decía con toda certeza que el fin de la vida es ser feliz. Y eso se escucha precioso. Pero no me pregunten, por lo que más quieran, qué es «ser feliz». Cambia.

Hoy, es escribir. Tomar un gin. Escuchar música. Gozarme las vacaciones de los bichos. A veces no sé decir más que eso. Y está bien.

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