La ropa ya está lavada y doblada. Los niños están resignados a regresar al colegio. Ya tengo planes para esta semana y las siguientes. Julio está aquí, con el cumpleaños que me trae siempre y que yo quisiera evitar. Todo apunta a que la vida está en su curso. Y que, aunque todo se repite, nada es igual.
Recientemente decidí cancelar mi suscripción a una aplicación de meditación porque los valores de su fundador no se alinean con los míos. Hice cuentas de todo lo que he aprendido con esa práctica y estoy profundamente agradecida. Pero no estoy dispuesta a continuar apoyando a una persona con la que tengo desacuerdos tan profundos. Creo que no hubiera podido tener esa perspectiva sin, irónicamente, haber hecho meditación tanto tiempo. Lo mejor que he hecho mío es a aceptar el cambio y a hacer lo mejor que se puede con lo que se tiene.
Aceptar el paso de la vida y los cambios que trae, aún vestidos de rutina, también cabe dentro de ese aprendizaje. A sentir más profundo, pero quitarle importancia a las emociones. A ponerle atención a lo que tengo enfrente y prepararme para el futuro sin tenerle miedo. A recordar el pasado sin el desgarre de lo que ya pasó. Bienvenida la rutina.
