Hasta que uno quiere

Las decisiones que uno toma quitan un poco de combustible a la fuerza de voluntad. Cada vez que escogemos, no es un músculo que se desarrolla. Es un gatito bebé que se cansa.

Tal vez por eso los malos hábitos son tan fáciles de mantener, sin importar el daño que nos hagan. Los escogimos una vez, los instauramos y, pues, allí están. Quitarlos es casi imposible. Hasta que uno verdaderamente quiere.

Cómo lograr llegar a ese estado. Allí está la cuestión del asunto. Encontrar qué nos hace querer cambiar. No es fácil llegar al momento del eureka. Pero vale la pena buscarlo. La vida es demasiado corta para pasarla en malos hábitos.

La nostalgia

Ayer fui a un concierto de Alux. No es música que escuche todo el tiempo. Es más, no está en mi rotación. Pero… me sé y canto con gusto todas las canciones.

Los olores son los mejores detonantes de recuerdos. Nada como un perfume para pensar en alguien en especial. Las canciones hacen lo mismo con las emociones. Escuchen alguna que les hayan dedicado y seguro se meten en un túnel del tiempo con una apertura específica a ese momento. Tal vez es por eso que muchas personas se quedan escuchando sólo la música de su juventud, negándose a admitir que se han hecho buenas canciones en los años subsiguientes. Estoy segura que nuestros antepasados criticaban la percusión de los jóvenes sobre los tambores alrededor de las fogatas, porque “no era tan buena como en sus tiempos”.

La realidad es que hay cosas buenas, y malas, en todas las épocas. Y los sentimientos no tienen edad. Es bueno darles asideros propios.

Desperdiciar el enojo

Hubo un momento largo de mi vida en que dejé de decir malas palabras. Lamentablemente, regresaron como un mal vicio y ya ni registro cuando se me salen. Y me parece una lástima, porque maldecir tiene su momento. Al usar siempre palabras pesadas, les voy quitando su valor y ya no caen igual.

Pasa lo mismo con las emociones negativas. El enojo es maravilloso para impulsar a la acción. Pero en el momento en que uno sólo se la pasa enojado, se convierte a amargura. Mi tía abuela estaba amargada y tenía las comisuras de la boca hacia abajo. Nada bonito.

He estado haciendo un esfuerzo consciente por no enojarme por todo. Increíblemente es más fácil que no decir malas palabras.

Toda la información

La gente es fascinante. Toda. Y también es aburrida. Toda. Depende de qué tanto le interese a uno la persona específica que tiene enfrente. Y también depende de qué preguntas hace uno.

Hay una máxima que se sostiene sin importar el entorno: conocer es aproximarse al otro. Uno no puede ponerle de su energía a algo sin dejarse en una parte aunque sea mínima. Por eso a nuestros hijos los amamos sin límites y por eso ellos nos toleran hasta que crecen y pueden entendernos.

Por eso me encanta hacer preguntas. Y por eso no se las hago a cualquiera.

Guardar las cosas

Mi mamá tenía una amiga que, 25 años después, aún tenía regalos de boda empacados. Trató varias veces de convencerla de usarlos. ¿Si no ella, quién?

Nos pasa seguido con lo que nos gusta. Tratamos de no gastarlo. Pero las cosas se acaban inclusive de no usarlas. Es como tener un perfume. El tiempo igual lo acaba.

Supongo que algo parecido me pasa con mis cosas favoritas. La ropa, sobre todo, que dejo para una ocasión especial. No debería. Peor es que se manche de estar guardada.

Un domingo cualquiera

Me despierto más tarde los domingos. Es uno de mis premios de la semana. Los gatos me acompañan, los perros me esperan, hay pajaritos cantando en el jardín y todo el mundo cercan duerme. Aunque me escupe la cama y el cerebro me dice que debería hacer algo con mi vida. Es un buen día.

Leí hace poco que estamos mal acostumbrados a pensar que relajarse es una pérdida de tiempo. A ver, relajarse en el sentido más básico de simplemente no hacer nada. Ese estado tan bien dicho en italiano del dolce far niente, lo alcanzamos tan poco y es tan bueno. No para toda la vida, es un postre, no alimento.

Así que me obligo a no ver el reloj, a cocinar cosas que no necesiten involucrarme y a dejar que los demás no salgan de sus camas, si eso es lo que quieren. Hay que procurar días así.

Todos tenemos muletas

Cuando uno se escucha hablar, primero cuesta reconocer la voz y luego viene el bochorno de la cantidad de muletillas que usamos. Da vergüenza porque creemos que somos elocuentes, o al menos que deberíamos serlo. Nos comparamos a los personajes de la tele que hablan de corrido, exponiendo sus ideas sin trabas y que nunca, nunca, dicen un “entonces”, de más.

Resulta que el uso de palabras extra en una conversación no es del todo inútil. Sirven para reunir las ideas, para poner un poco de tiempo. Usamos muchas muletas físicas y metafóricas. Nos ayudan a avanzar. El problema es que a veces nos quedamos dependiendo de ellas en vez de fortalecer el músculo débil. Y allí es en donde perdemos.

Según yo, cuando voy a hablar ya tengo hecho el argumento y va a salir como de película. A la mitad de la frase me doy cuenta que ni siquiera me recuerdo de la palabra precisa que tenía en mente. Y uso muletas. Espero algún día no necesitarlas.

La misma distancia

Hoy saca su licencia el niño y, obvio, me siento avanzada en años. ¿A qué horas tengo un hijo que ya maneja? ¿Y cómo es que sigo pensando en él como un ishto? Mi mamá decía que siempre iba a pensar en mí como su hija pequeña, porque siempre me iba a llevar el mismo número de años.

La edad de madurez se ha corrido tanto, hasta de unas generaciones para acá, que sinceramente me cuesta afinar la puntería para identificar adultos. Les pedimos a los adolescentes que tomen decisiones que alteran para siempre sus vidas y les quitamos responsabilidades que podrían darles mucha más agencia sobre su futuro. Creo que lo estamos haciendo muy mal.

Sí, siempre voy a ser más grande que él. Pero también es cierto que va creciendo y se me acerca en experiencias. Y eso me hace sentir feliz.