Cuando todo se mide

Si les preguntan a mis hijos, el estómago tiene un compartimento extra para el postre. Si no, ¿cómo se explica que les cueste terminarse la carne y el arroz, pero que 8 bolas de helado se desaparezcan como si nada? Lamentablemente, para todo el resto de cosas en la vida, antes de meter algo nuevo, generalmente hay que quitar lo viejo.

Alguna vez escuché que la mente de un niño es como un teatro vacío que hay que aprovechar de llenar de cosas buenas. Así igual pareciera que las cosas que hacemos desde hace mucho ya llevan su aviada en nuestras vidas. Sobre todo ésas que se hacen en automático y que ya no se aprecian como al principio.

Existe un riesgo cuando queremos incluir cosas nuevas que varían radicalmente de nuestros hábitos: el de romper con la vida que ya llevamos. Lo peor que podemos hacer es estrellar el cántaro de nuestras vidas contra una pared nueva, sin considerar qué vamos a hacer después con los pedazos. Y no es que nunca haya que cambiar. Al contrario, el cambio es inevitable. Pero somos mucho más felices cuando medimos el precio que hemos de pagar por lo que nos llama la atención. Cuando dimensionamos que eso que nos gusta tanto, nos gusta menos que lo que ya tenemos, volvemos a darle valor a lo que alguna vez también fue nuevecito.

Siempre dejamos de hacer cosas. No hay tiempo suficiente para aprenderlo todo, ni dinero para comprárnoslo todo, ni atención para agradar a todos. Hay qué escoger y ser feliz. Porque, en esta vida, sólo hay un compartimento extra para el helado.

Tres opciones

Conocer gente nueva es una buena oportunidad para volver a concerse uno mismo. Hace unos día fui a una fiesta en donde estuve con amigos de redes. O sea, gente con la que «platico» en Tuiter casi todos los días, pero que miro tal vez una vez al año. Y fue fantástico. Poder escuchar qué pasa en sus vidas más allá de lo que postean, reafirma la leve impresión que dejan sus 140 caracteres: son personas interesantes, simpáticas y divertidas.

Pero eso no me sorprendió. Lo que saqué de cosa nueva fue el haber salido de mi zona de confort usual y lograr pasármela tan bien. Yo siempre he dicho que soy alguien con quien es muy difícil convivir. Algo así como una ducha fría: o me aman o me odian, siendo los más los segundos.

Los extraños, como los espejos, nos reflejan lo que estamos proyectando. Ante esa imagen, tenemos tres formas de afrontar la realidad que vemos. 1. Quitamos el espejo para no volver a vernos. 2. Aceptamos con resignación la imagen y decimos que somos así. 3. Agradecemos lo que nos gusta y trabajamos por cambiar lo que no.

Si, consistentemente, caemos como patada entre los ojos, tal vez no sea el mundo el que sea tan injusto. Y, aunque no va a cambiar uno para caerle bien a todo el mundo con el que se topa, sí podríamos mejorar lo que no nos gusta a nosotros.

Yo me la pasé feliz. Todos me parecieron encantadores. Y salí satisfecha. Ahora, de regreso a cambiar la montaña de cosas que no me gustaron.

Empujarme a ser mejor

Hoy cumple 6 años Fátima. La veo pasar y poner esa carita seria y hablar y hablar y hablar. Esa persona con un carácter pétreo, con el corazón tierno, el ingenio agudo y las emociones a flor de piel. Quiere ayudar en todo. Todavía rompe las cosas sin querer.

Ella me hace ser mejor. Me empuja a vivir más feliz. A ser mejor pareja. A tener mejores amigas. A quererme más. Porque quisiera que a ella le gusten las cosas mías que encuentre en ella. Quisiera que se recordara de mí con admiración.

Esa pulguita que abraza con todo su ser, me llena el corazón de ternura, aún cuando me desespera. Todavía le gusta verme cuando me arreglo y quiere todo lo que yo tengo. Por ella he aprendido a aceptar con gusto la imagen que me mira en el espejo. A no hablar mal del físico de nadie.

Quiero enseñarle que puede ser y hacer cualquier cosa. Que ella ya está completa. Que vale el esfuerzo que haga.

Ella me ha enseñado a ser más suave.

Hoy es el cumpleaños de Fátima. Dios me conceda celebrar con ella muchos más.

Reventar la burbuja

Yo quiero pensar que me relaciono con muchos tipos de personas, que varían en edad, gustos, ideologías y hasta idiomas. Para mí, una de las mejores enseñanzad del colegio en donde estuve fue la variedad de realidades que convivíamos juntos y cómo el mérito que más se reconocía era el del esfuerzo propio. Poco importaba el apellido que seguía al nombre al profesor alemán que venía a dar clases por unos años.

Mi círculo de conocidos cordiales es bastante amplio, pero, si hemos de ser completamente sinceros, no paso de salir de una burbuja para entrar a otra. Cada grupo homogéneo de personas comparten un set de reglas particulares, que van desde conformarse a las más conservadoras, hasta tratar de hacer casi que todo lo contrario.

Pero todos los grupos son, por definición, excluyentes. Porque, como humanos, nos definimos más por lo que no somos, que por lo que podemos ser. Es más fácil decir qué nos disgusta, qué no podemos comer, qué nos cae mal. La lista en positivo de nuestras preferencias a veces se vuelve interminable. Y eso nos hace enfocarnos mucho más en lo que no tenemos en común con la gente que se encuentra afuera de nuestra chibolita.

Para hacer amistades nuevas, los lazos de las cosas compartidas son mucho más fuertes que todo lo que nos diferencia. No es mucho lo que necesitamos para abrirle un pequeño agujero a la caja de nuestro diario vivir y dejar entrar aire con olor nuevo. Nadie dice que necesariamente debemos aceptar y adaptarnos a todo. Pero cerrarse de entrada a buscar lo que nos une con alguien más, es igual a negarse a probar una comida porque es nueva. ¿Cómo vamos a saber si nos gusta?

A mí me gusta mi burbuja. Y también me gusta acercarme a otras y ver si podemo unir gustos. El material que rodea mi vida es fluído y da para mucho. También da para hacerse pequeño cuando quiero.

Precisión matemática

Nada como el tiempo

para demostrarnos que todo es relativo

que podemos medirlo con un reloj

y aún así sentirlo diferente.

Los sesenta segundos que pasan

cuando se esperan malas noticias

se arrastran por el cuerpo desgarrándonos.

Y luego vuelan en el viento

cuando nos divertimos

escapándose como conejos.

O sentimos la completa

flexibilidad de unas horas

si de noche el sueño nos vence.

Creer que el tiempo es nuestro

porque lo podemos ver dar la vuelta

agarrado de las manecillas del reloj

es creer que tenemos vida

sólo porque existimos.

Juez de pueblo sin gente

Si me preguntan por qué estudié Derecho, contestaría que porque me gusta la argumentación lógica. Pero si me inyectan suero de la verdad, tendría que contestar que miraba una serie que se llamaba «Night Court» y que me fascinaba el personaje del juez. Era súper inteligente, culto, divertidísimo y manejaba una lógica jurídica que quedaba muy grande para los casos de poca monta que le llevaban.

Tomar decisiones como profesión. Eso quería yo. Y, resulta, que todos, todos, hacemos eso todo el tiempo. Desde con qué actitud nos vamos a levantar, hasta la posición en que nos vamos a dormir. Cada una de esas decisiones, nos toman un momento de concentración mental. De energía. Por eso cuando tomamos alcohol, lo primero que tiramos por la borda es nuestra capacidad de decidir, porque nos dejamos ir.

Yo decido por mí y eso ya es suficientemente pesado. Pero también me toca dirimir conflictos de los dos enanos que tengo que educar. «No, no te puedes ir vestida de Blanca Nieves al colegio.» «No, los deberes se hacen antes de salir a jugar.» Y todo esto, esperando también dejarles suficiente espacio para que, cuando yo no estoy, tomen las decisiones correctas.

Hoy, así cansada como estoy, quisiera no tener que servir de Salomón ni una vez más. Quiero llegar a mi cama, quedarme dormida como caiga y no despertar hasta que los dos ya vivan en otro lado. Y, mientras escribo esto, ya estoy pensando en qué les voy a poner en la lonchera y cómo los voy a llevar el sábado…

Las soluciones evidentes

Ya casi pasó un mes desde que tosí viendo hacia el lado equivocado y me dio un espasmo de película en la espalda. De ésos que molestan para levantarse y sentarse y levantar la tapa del baño. Nadar y el karate y las pesas no me dolía, pero bajar y subir al carro era una tortura. Yo, que no necesito mucho, me pasé con un nivel un poco más elevado de enojo que el que manejo normalmente. Sí, me inyecté y tomé medicina y fui a la acupuntura y probé con yoga. Nada. Ya hace unos años me pasó algo similar y, luego de una serie de exámenes el doctor me dijo que estoy defectuosa y que eso me va a seguir pasando. ¡Santo consuelo!

Hay cosas que nos duelen en el ánimo, que se manifiestan en momentos claves y que nos empujan o arrastran a cambiar lo que nos hace daño. Esa imposibilidad de levantarse en la mañana para ir a un trabajo que nos tortura. O el lazo que estruja el corazón cuando se supone que tenemos que ver a alguien al que ya no aguantamos. El ácido que nos come el estómago antes de entrar a un examen para el que no estamos preparados. Y probamos de todo: ponemos más temprano la alarma, nos arreglamos para esperar a esa persona, rezamos quinientos rosarios antes del examen. Probamos de todo menos lo que verdaderamente tenemos qué hacer.

La vida generalmente tiene soluciones sencillas, evidentes, aunque a veces no nos sean fáciles. Como mi dolor de espalda. El doctor, en ese entonces, me recetó un par de plantillas que metí en un par de tenis viejos y que no uso seguido, porque taaaaan fachuda no soy. Hasta el lunes. Y el dolor desapareció.

La incomodidad

Mi vida transcurre en un colchón de horarios que me dan paz. Meterle nuevas cosas a mi rutina se puede, pero hay que planificarlas con cuidado. Me acaba de recordar Facebook que mis tres palabras más odiadas son «cambio de planes».

Todos tenemos una zona de confort. Ese cauce tranquilo al que podemos tirarnos en una llanta y transcurrir felices viendo el paisaje. Avanzamos, sí, pero no demasiado rápido. Es el camino seguro, ese que sabemos perfectamente bien a dónde nos lleva. Tenemos que tener un lugar así. ¿Cómo recargaríamos las baterías? Nuestro ser interior nos tiene que dar esa paz.

Pero todo lo demás… Eso hay que moverlo y ponerlo de cabeza cada cierto tiempo. Porque quedarse estancado en cualquier cosa, es quedarse atrasado del cambio. Los hijos crecen y necesitan cosas distintas de nosotros. Nuestras parejas también crecen y tenemos que conocerlas de nuevo. Hasta nosotros mismos cambiamos. Llega el momento en que lo único que se vale que mantengamos cómodo, son los zapatos.

Hasta ahora, hemos sido un núcleo contenido entre nosotros cuatro y nos ha bastado. Pero los enanos ya tienen otros intereses fuera de su casa y necesitan llenar sus necesidades emocionales con personas distintas a nosotros. Eso me implica cambiar de rutinas, abrir mis planes, ampliar mi círculo. Por mucho que me cueste. Mejor dicho, sé que lo tengo que hacer, precisamente porque me cuesta.

Ser libre por dentro

A veces tuiteo qué estoy cocinando, como ayer, que puse el menú desde el desayuno. A veces me desahogo de las frustraciones del día. A veces (más seguido) hago comentarios en horario de adultos. Esa crónica de la vida, da la impresión que estoy contando todo lo que tengo adentro. Pero no.

Pareciera que en nuestra sociedad, ya no hay momentos íntimos. Cosas que no se conozcan. El mundo se ha reducido hasta volverse un pequeño pañuelo en el que todos nos sabemos hasta el color de la ropa interior. La gente «famosa» no puede hacer escándalos en público, porque siempre hay alguien con una cámara dispuesto a compartirlo. En muchos empleos están pidiendo el historial de nuestras redes sociales para escudriñar ese torrente del subconsciente que dejamos por allí.

Y es cierto. Más gente puede conocer lo que hacemos. Pero eso no es diferente de lo que pasaba antes en los pueblos con poca gente que se sabían hasta qué le habían dado de comer al perro. «Pueblo chico, infierno grande». Resulta que la intimidad, ese lugar metido dentro de uno en el que recuperamos nuestro ser, ése sigue intacto. Hasta ahora nadie nos conecta a una máquina al estilo The Matrix y se mete dentro de nuestro cerebro.

Todo eso que nos guardamos, eso que conocemos de nosotros mismos, los pensamientos que no compartimos porque son demasiado nuestros, las emociones que dejamos madurar antes de expresar, las fantasías que nos alegran el día, todo eso, sigue estando adentro. Y eso nos hace libres en nuestro interior, porque nadie nos puede obligar a compartirlo.

Escribir todos los días acerca de lo que me da vueltas, me ayuda a quitar la presión de mi cerebro antes que estalle. Pero ni por eso siento la necesidad de contar todo lo todo que tengo dentro.

Tres constantes

El cambio constante lo llevamos plasmado en nuestra piel, para acordarnos que nada es para siempre.

Salvo la soledad, pues nadie está con nosotros en nuestro interior.

Y la muerte, que nos acompaña todo el tiempo llevándonos de un hilo.

Y el amor, que hace que podamos seguir viviendo, a pesar de todo.