El resultado de la necedad

Tengo dos años de hacer karate. No es nada y, si se trata de poner como meta la cinta negra, me queda más del doble. Pero esa no es mi meta, aunque obvio que quiero llegar a esa cinta. Lo que yo más quiero es hacer bien un zuki con paso. Es el movimiento más básico del deporte: un golpe de mano dando un paso con el pie del mismo lado. Suena tan sencillo. Y luego muevo mal el pie de enfrente, no hago bien la reacción, no desarrollo el brazo…

Podemos hacer miles de cosas y hasta nos pueden quedar aceptables. Pero hay una satisfacción especial en hacer una cosa perfecto. Hasta un avioncito de papel hecho con cuidado y que logre volar lejos es un aporte al mundo. Porque todo lo que hacemos repercute de buena o mala forma en nuestras vidas. Y uno puede guardar como algo especial la satisfacción de ser excelente en algo.

Ni siquiera nuestras habilidades determinan en dónde vamos a tener excelencia. Irónicamente, mientras más fácil nos salen las cosas, menos empeño les ponemos y nos conformamos con hacerlas «bien».

Yo no quiero hacer algo sólo «bien». Yo quiero hacer mi oi zuki perfecto. Todas las veces. Y para eso me sirve la necedad que pelea contra mi falta de talentos naturales. Me queda mucho tiempo para ejercer esa virtud.

¡Ay, qué pena!

Hoy en el súper, no había bolsas grandes en el área de verduras en todos los dispensadores. Sólo en uno. Uno de los muchachos que trabajan allí me llevó a donde estaban las deseadas bolsas. Allí había otra señora. Parada. Inmóvil. Como estaba frente a los bróculis Y las bolsas, le pregunté si ella también quería una bolsa. Me movió las comisuras de la boca hacia arriba y me dijo que no. «Que no tuviera pena.» A lo que yo procedí a halar el tanate de bolsas que uso para guardar la montaña de comida que inhalan en mi casa. Me tardé. Halé dos veces. Quise cortar la última bolsa. Se trabó. Tuve que hacer esfuerzos que no corresponden con lo frágil del material para separar mi tira de la del dispensador. Al fin, terminada la tarea, me alejé. Y la señora procedió a halar bolsas para ella…

Saber ser amable y educado abre muchísimas puertas. Pero no ser asertivo nos empuja a atravesar las que no queremos. Pocas veces nos encontramos con alguien que, con una sonrisa agradable, nos da las gracias pero siempre no quiere ir a lo que lo estamos invitando. No tengo ni idea de cuántos «amables» estarán clavados en clubes a los que nunca quisieron pertenecer. «Mire, esto que hizo está mal hecho, vuélvalo a hacer, por favor.» No. Preferimos tragarnos algo a medias antes de quedar mal. «No gracias, no quiero salir con usted, muy amable.» Pero terminamos con parejas a las que no supimos quitarnos de encima.

Ser claros, directos, se confunde con ser pesados y malcriados. Nada más lejos de ser cierto. Un «no» dado a tiempo ahorra desgastes emocionales y pérdidas de tiempo que no se pueden traer de nuevo.

Ni qué decir que la famosa señora de las bolsas se me quedó viendo con cara de «¡Qué jode!». La vi a los ojos y le dije: «¿Verdad que sí quería una?» y me alejé con mi tira.

Perderse

Las crisis de la mediana edad se caricaturizan con un carro deportivo rojo, cambio de imagen y hacer sencillo a la pareja. Y es que, llegar a lo que ahora viene siendo la mitad de la existencia, es un jodido alto en un camino que dista mucho de terminar, pero que ya va bien avanzado. Nos entra el veneno de la duda ¿será que he hecho algo que valga la pena? ¿Qué me queda por hacer ahora? ¿Cómo puedo arreglar los cagadales que he dejado regados?

A mí, la década me está trayendo una sola pregunta que me pesa en el esófago: ¿soy la persona que quiero? Es una pregunta cargada de todas las carencias que aún no resuelvo. La verdad, es que primero debería uno preguntarse, quién quiere ser uno. No se puede serlo todo, por lo menos no al mismo tiempo. Y abrir una puerta, tomar un camino, nos aleja de otro rumbo.

Me encanta esta etapa jodida. Mi vida los últimos diez años ha corrido sobre rieles que tendí hace mucho tiempo y estoy llegando al final de la pista. Aún me queda mucho qué recorrer y tengo la oportunidad de ajustar el compás. Tal vez, hasta pueda tomar algún desvío y ver el horizonte, antes de regresar a la carrera. Total, ya sabemos que la meta siempre es la misma para todos.

¡Muy feliz cumpleaños!

En algún momento del fin de semana, logramos quitarnos años de encima y regresar a los niños que éramos cuando nos conocimos. Viéndote a los ojos, te pusiste nervioso y no pudiste sostener mi mirada. Ha sido de los momentos más dulces de los últimos años llenos de niños y trabajo y casa…

Hay una conexión especial entre los dos, que siempre nos ha halado a la par del otro, aún sin proponérnoslo. En estos años de compartir cambios de cifra contigo, no hemos tenido ni uno aburrido. Ya nos los dijo un amigo, ustedes van a vivir en una montaña rusa, pero lo van a hacer juntos.

Me encantan tus cumpleaños. Por verte feliz, por darte regalos, por despertar a los niños para que te den un abrazo. Sobre todo me gustan, porque ya puedo estar tranquila que otra vez eres más viejo que yo.

¡Feliz cumpleaños Amor!

Un tatuaje que diga…

… no traiga monstruos, aquí se los damos.

… no te pongas nada, yo te doy mis ganas.

… no abra la puerta, se salen las tentaciones.

… quédese cerca, tal vez lo muerden.

… no mire a los ojos, si parpadea lo besan.

… no se asome al abismo, allí se mira el reflejo.

… no se vaya muy lejos, la felicidad está cerca.

… traiga sus ganas, aquí se las atendemos.

… abra las manos, damos clases de braille en vivo.

… hable quedito, aquí nos gustan las cosas al oído.

… quédese, tal vez le gusta.

Un tatuaje que diga que te quiero para tanto, que casi no te quiero más que para siempre.

Las transiciones

El miércoles 21 de septiembre me toca mi examen de karate y siento el estómago como si me hubiera tragado una piedra de la ansiedad. La kata, en vez de salirme mejor, cada vez le encuentro más defectos que no había visto y que tengo que corregir. Hoy, por ejemplo, mi shihan me señaló que un movimiento era una transición y que por eso había que hacerlo fluido. Joder. Si yo le estaba haciendo pausado porque no me salen las posiciones de pies de otra forma.

Las transiciones son difíciles, en todos los aspectos de la vida. Y no entiendo por qué todavía nos sorprenden. Si la vida entera es una etapa de cambio de un estado efímero al otro. ¿O acaso ustedes se han logrado quedar para siempre en el mismo lugar de sí mismos?

Lo bonito es que «trascender» tiene la misma raíz. Sólo podemos llegar al otro lado, a ese lugar que nos llama, si nos movemos de donde estamos en este momento. Y, sí, es difícil e incómodo. Pero es la única forma.

Para cambiar sin rompernos la cara hay que practicar. Para hacer las cosas mejor cada vez, hay que fijarse en todo lo que nos hace falta para hacerlas perfectas. Y para poder cambiar de cinta en el karate, tengo que aprender a mantener el «flow» en mi kata. Permiso, me voy a practicar.

Sí y no

Mi umbral del dolor es altísimo. Logro encontrar el punto en el que sólo se vuelve una sensación neutra y ni modo, allí se va. Pero parezco la princesa del guisante si hay una arruguita en la cama. Me vuelven loca las etiquetas. Todas las costuras de las calcetas me molestan.

No somos planos, unidimensionales, con sólo una línea recta para describirnos. Como seres humanos nos llenamos de contradicciones que cohabitan en nuestras vidas. Generalmente no nos hacen daño. Pero, cuando son cuestiones conflicto entre lo que decimos que pensamos y lo que realmente hacemos, nos hacemos daño a nosotros y a todo el mundo a nuestro alrededor. Las contradicciones nos hacen humanos, nos balancean, nos nivelan. Creer en la justicia Y la misericordia nos salva como especie. Querer estar feliz y cómodo, pero desear algo más, no nos deja ni estar eternamente insatisfechos, ni completamente aletargados.

Aceptar que en la vida nos puede gustar algo que es completamente contrario a otra cosas que también nos atrae, nos amplía el mundo. Podemos contener muchísimas cosas aparentemente chocantes dentro de nuestro ser. Y por eso somos complejos e interesantes y, a veces, inaguantablemente erráticos.

Poder aguantar el dolor me deja hacerme tatuajes y dormirme. Mi sensibilidad exagerada me hace estirar la cama y despertarme a media noche porque está doblada la sábana. Espero que sea uno de esos defectos adorables y no simplemente algo más cómo caer como patada entre las cejas. O podría ser ambas.

El lado oscuro

En la casa somos fans de Star Wars. Los niños reconocen la musiquita desde la primera estrofa, mi protector de pantalla es un BB8, no hemos «rallado» los DVDs, sólo porque la tecnología nos ampara. Las historias distan mucho de ser perfectas (por favor, no me comiencen a decir que sí lo son, o que las películas I, II y III no deberían haber existido jamás). Lo que atrae de la narrativa, por lo menos a mí, es que establece una dicotomía fatal entre el bien y el mal. Nada en medio.

Si la vida fuera así de radical, sería muy sencilla. Ser «bueno» o «malo» deja que escoger se nos haga fácil. Nadie quiere ser malo, siempre cree que está actuando en el mejor interés posible, aún cuando hace daño. Todos creemos que somos buenos, que lo que hacemos está bien, justificamos las cosas que estamos seguros van a herir a alguien con argumentos que no le creeríamos a alguien más si nos los diera.

La vida se mueve entre decisiones que pesan. Unas más que otras. Así guiamos el barco en el que navegamos, metiéndonos a veces en la tormenta porque creemos que lo que queda más allá vale la pena. O nos dan ganas de quitarnos la ropa y tirarnos al mar, que la corriente se lleve el barco, ya qué.

Todos tenemos capacidad de hacer cosas buenas y malas. Todas las cosas que hacemos tienen ventajas y desventajas. Sólo nos toca asumirlas y cargar con ellas. Cada quien hace tan pesado el bulto como quiera. Igual a mí me sigue gustando Darth Vader.

Hasta la próxima

Invitar 4 amigos con hermanos y papás requiere, para mí, más preparación que invadir Normandía. Lugar, comida, bebidas, entretenimiento, piñata, dulces. Que si llueve, que si no. Que si alcanza el pastel. Que si sobra. Al final termino acabada.

Salirse de la zona de confort inmediatamente nos hace fijarnos más en los detalles. Es como cuando ya conocemos un cuarto tan bien que lo atravesamos a oscuras, pero nos perdemos los detalles. Llegamos a un lugar nuevo y estamos pendientes de lo que hay a nuestro alrededor.

Cada vez que estiramos esa cajita en la que nos asentamos cómodamente, que nos hacemos un poco de violencia para lograr cosas que no nos gustan, expandemos nuestros mundos. Las ideas nuevas nos conectan más neuronas. Los sabores diferentes nos dejan ampliar el paladar. Hasta los músculos necesitan que los rompamos para ser más fuertes.

Querer quedarnos encerrados en un lugar conocido es válido. Es más, no tenerlo es quedarnos cual perros sin hogar a la intemperie. Pero el mundo es enorme y hay que salir a verlo. ¿Quién quita y somos buenos para más cosas?

Estoy agotada. Pero la cara de felicidad de la niña compensa la pelada de nervios que me acabo de dar del estrés. Además, es sólo una vez al año.