Melocotones

Regresando de Xela, había puestos de melocotones por mucho del camino. Como siempre, se me llenó la nariz y la boca del recuerdo. Mi cumpleaños sabía a pie de melocotón. Y yo lo detestaba. Mi mamá hacía pie para «gastarse» los melocotones y yo me quedaba siempre con ganas de comer más, no importaba si me había retorcido el estómago de tantos que ya había tragado.

Hay olores que inmediatamente nos transportan a lugares del pasado. El sentido del olfato en el cerebro está justo al lado del de los recuerdos. Por eso un aroma es la llave más segura para abrir nuestra memoria. Se recomienda estudiar con un chocolate y llegar al examen con otro, para afianzar el conocimiento. Cuando desconfiamos de algo o de alguien decimos que «apesta». He conocido personas que detestan un perfume después de una relación desastrosa.

Cómo nos apodera un recuerdo es igual que cómo nos invade un olor. No podemos dejar de respirar, al igual que es muy difícil que olvidemos. Lo bueno es que podemos darle un nuevo significado a todo lo que llevamos en el cerebro.

Mi papá olía a aceite de pistola, cuero de silla de montar y colonia. Mi mamá olía a perfume, aunque no se pusiera. Mi casa en Navidad huele a mantequilla y azúcar. Mis hijos olían a leche. Mario huele a pan…

Recuerdos embotellados, como el del protagonista de El Perfume que quería hacerse un humano a fuerza de puro olor. Así, ahora soy yo la que compra melocotones y los hace pie. Lo bueno es que, a la gente de mi casa, ese trato les encanta.

Confiar de lejos

Ser desconfiada de las intenciones de todos, me resguarda. Es un colchón cómodo que me pongo alrededor y que me aisla del mundo. No arriesgo y no pierdo. Pero tampoco gano. Ver el mundo con lentes de sospecha, me hace tener sólo un color.

«Piensa mal y acertarás», tal vez, sea de las frases que más nos alejan de otros seres humanos. Sin confianza no podemos ni comprar un tomate, quién sabe qué tengan. Ni hablar de tener una relación sana con alguien. ¿Cómo avanzar en un camino de vida juntos, si uno está esperando que le metan zancadilla?

El otro lado de la moneda, por supuesto, es creerse todo lo que le dicen y andar poniendo la carita para que le peguen a uno. Así termina uno como colador.

Estar dispuesto a confiar en la gente, pero no irse de boca, allí está el balance. Es saber que la gente no tiene que llenar mis expectativas, que todos son capaces de cosas buenas, que a todo el mundo hay que encontrarle el lado amable. Y, mientras se tiene esa actitud, uno no se enamora del primer tipo que le chulea a uno los ojos. Ni se hace mejor amigo del primero que le da follow en Tuiter. El famoso término medio. Poder ver que en la vida hay más que sólo blanco y negro.

Porque no quiero ser una estatua, pero tampoco quiero que me arrastren.

¡Meyo!

Después de casi cuatro décadas de nunca haberme roto ni un hueso, llevo una mano y dos meñiques del pie en menos de año y medio. Obvio, yo era de esas niñas que no gastaban ni una gota de sudor, que tenían ordenados sus juguetes y que no ensuciaban los zapatos. Aprendí a bordar, a pintar, música, pero no a darle a una pelota con el pie. Y me quedó grabado en el subconsciente que las cosas hay que hacerlas perfectas, si no, mejor no hacerlas.

Hay tantas frases motivacionales de las que dicen que el peor fracaso es no intentarlo, que trabamos los ojos hasta el cuello cuando escuchamos algo similar. Lo que no dicen es que todo lo que se hace, se paga de una forma u otra. El miedo a hacer algo tiene valor, pues nos obliga a buscar qué puede suceder si nos lanzamos de ese avión.

Tal vez por eso la corteza prefrontal, allí en donde se asienta el juicio, no se termina de desarrollar hasta los 25 años. Todas esas actividades arriesgadas de adolescentes como hacer skating, surf, MMA, etc., se practican con mayor abandono si no se pesan en su justa medida las consecuencias.

Y luego estamos los que no hicimos lo nuestro cuando éramos jóvenes y ahora queremos ver si somos tan inútiles como creíamos. No me arrepiento de los dolores recientes. Pero no me deja de volar el estómago cuando me toca un combate.

Hacer lo que quiera

Viendo un show de Panchorizo (si no han visto alguno, se están perdiendo de algo genial), una de las contorsionistas levantó los brazos y enseñó sus axilas con vello. Mis hijos que viven en una casa lampiña (artificialmente, pero lampiña al fin), se sorprendieron. ¿Qué tiene debajo de los brazos? Pelos. ¿Por qué? Porque salen.

Hay una gran pugna entre las personas que se autoidentifican como feministas para impulsar una imagen corporal más natural y los que tradicionalmente les gusta opinar de la apariencia de los demás. El lema en esta casa es que, si no nos está afectando directamente o haciéndole daño a alguien más, no nos importa.

Pero, más allá de ir por la vida con las piernas peludas, es importante entender el precio de hacer lo que nos viene en gana. Es cierto que estamos «hechos» según un patrón social que sí juzga qué es aceptable o no y que podemos salirnos de esa caja. Pero también es cierto que todo tiene consecuencias que debemos conocer. Todas las reglas sociales tienen una utilidad (que sea buena o mala son otros veinte pesos) y podemos ser quemados en la hoguera por romperlas.

En mi casa jugamos papeles extremadamente tradicionales, pero lo hicimos y hacemos plenamente conscientes, sin imposiciones. Yo tuve la oportunidad de elegir y la sigo teniendo. Luchar por que mis hijos puedan decidir su propio camino es mi mayor meta. Allá ellos la dirección que quieran tomar. Eso ya no es mi rollo.

Sin voz

Me quedé afónica de cantar como loca. La experiencia está siendo muy interesante, porque incomunicada no estoy. Me estoy dando cuenta que no necesito gritarles a mis hijos para que me hagan caso (una mirada asesina basta). No tengo que marear a mi marido cuando llega a la casa. Puedo hacer mandados a puras señas.

El chiste de hablar es comunicarse efectivamente. Para eso escribimos también. Y hacemos caras. Y abrazamos. De alguna forma encontramos la manera de transmitir las ideas que nos llenan el cerebro. Y aún con todas esas ayudas, a veces no es suficiente. El mundo en el que vivimos es pálido a comparación del que nos habita. La genialidad de los artistas que llevan el registro de nuestra historia es poder plasmar nuestra humanidad de alguna manera transmitible.

Cada vez que alguien recibe nuestra emoción y despierta una propia, logramos conectarnos. Y eso nos hace humanos. Cuando puedo entender qué quiere uno de mis hijos en su gramática quebrada y sus ideas medio formadas, toco su alma y eso me hace sentir mejor. En el momento en que logro descifrar las ideas de mi esposo a través de miradas y gestos y monosílabas, refuerzo el puente que nos une.

No tengo voz. No puedo cantar. Pero puedo comunicarme, sólo me tienen qué poner un poco de atención. Y eso también me ayuda.

Ser irremplazable

Alguna vez tuve un puesto de esos que suenan importantes. Me tocaba negociar cosas con montos interesantes, estar en reuniones y ejercer mi poder de decisión. Era chilero. A veces no tenía mucho qué hacer y a veces salía al día siguiente del trabajo, pero siempre había la posibilidad de aprender algo nuevo. Era bastante buena para eso. Y, justo cuando el ego se me estaba subiendo (más), mi ex jefe con su franqueza característica me dijo: «Canche, espero que entienda que ni usted, ni nadie, son indispensables. Irremplazable, tal vez. Pero ni mi mujer es indispensable.»

Si tenemos algunos años de vida, seguro hemos pasado por la muerte de alguien cercano. O la pérdida de una relación importante. O la ausencia de una mascota querida. Y, aunque esa falta nos quita algo de nuestras vidas, porque ya no está el objeto (no como cosa, sino como receptor) donde recaía nuestro cariño, nuestro sentimiento, nosotros seguimos viviendo.

Es como el código Jedi, que dice que hay que amar a todos, pero no sentir apego por nadie. Reconocer que cada una de las personas que nos rodea son simplemente irrepetibles y, por lo tanto, irremplazables, es ver lo único y especial en todos. Y en nosotros mismos. Pero ir por la vida pensando que nosotros le somos indispensables a cualquiera, es crearse una falsa idea de nuestra propia importancia. En una relación (de lo que sea, trabajo, amistad, pareja) creerse que el otro no puede vivir sin nosotros es caer en el engaño. Además que nos hace sentirnos demasiado seguros y permitirnos conductas holgazanas.

Yo sé que mi mara puede vivir sin mí. Mi trabajo ahora es que no quieran hacerlo.

Conocimiento inservible

Estoy mocosa. De esas congestiones que duelen hasta en la garganta y que no salen. Ya en la acupuntura me pusieron una aguja a cada lado de la nariz. Me he echado Sterimar, hecho masajes en la cara, hasta tomé un par de pastillas en contra de mi usual política. Sigo con la nariz tapada. Y yo sé muy bien por qué: tengo algún sentimiento de tristeza trabado que no he dejado salir.

O sea. Qué hueva pues. Ya no quiero seguir machacando el mismo temita. Pero tampoco me quiero enfermar. Menos aún si me doy cuenta de lo que me está pasando.

Creemos que demostrar emociones de tristeza denota una debilidad de carácter. Nos tragamos las lágrimas. Nos hacemos los valientes. No sé de qué sirve. Tampoco sé muy bien cuál es la utilidad de dejarse llevar por una marea de lágrimas y ahogarse en los recuerdos. ¿Por qué no simplemente puedo saber que estoy triste (un poquito, no mucho) y seguir con mi vida? De algo debería servir conocerse.

Ahorita, en este momento de congestión y mocos y dolor de cara, no me sirve ni para sonarme la nariz. Estoy triste. Y no quiero llorar. Ya. Y ahora me voy a hacer drenaje nasal, que esto no sale solo.

El valor de la compañía

Tenía un almuerzo hoy y me lo cancelaron. Como ya estaba con que iba a salir entre ceja y ceja, llamé a un par de amigas pero estaban ocupadas y ya no salí a ningún lado. Me quité el jeans corta-circulación, me desmaquillé y pasé un glorioso almuerzo en mi casa, con mis hijos y los regaños usuales.

El hecho de vivir en grupos sociales de ayuda mutua, como una familia extendida, es parte de por qué el ser humano pudo evolucionar a nacer con el cerebro aún no terminado de desarrollar. Si no hubiéramos tenido quién le llevara comida a la mamá de una cría que no podía valerse por sí misma, ni estar en la intemperie, ni dejarse sola, no podríamos nacer así de inútiles como lo hacemos. Tenemos necesidad afectiva y de salud mental de otros seres humanos. Nos llama la atención pertenecer a un grupo. Las redes sociales suplen mucho de esta necesidad, pero nada se compara a la compañía que te mira a los ojos, que te da un abrazo, que te escucha solo a ti.

Pero, para poder disfrutar de ese estado de estar acompañado, también es necesario poder estar uno con uno mismo. Uno nunca es mejor «partner» que cuando puede estar solito y ser feliz. Como en todo lo que hacemos, somos complicados hasta para lo que nos conviene. Me pasa frecuentemente que, cuando menos cómoda estoy conmigo misma, menos quiero alguien a mi lado y estoy segura que soy insoportable.

Así que, sabiendo que tengo desde las 7 de la noche para armarme una party loca con mi sombra, ya bajé un libro, ya sé qué voy a comer y a qué horas me voy a ir a dormir. Hoy sí quiero hacerme la compañía.

Recordatorio

Justo en el momento en el que creo que ya se me pasó

el amor adolescente que quiere dormir pegado contigo

el deseo de estar siempre juntos

el sentimiento de necesitarte.

Justo en ese momento en el que creo que soy madura

que mi cariño tiene moderación

que ya no estoy para sentirme arrastrada

que ya soy persona cuerda.

Justo entonces mi subconsciente me regala

uno de esos sueños

y no estás conmigo

y todo vuelve a su lugar.