Días intensos

He tenido la dicha de vivir un par de semanas intensas. En una buena manera, porque ya las he vivido otras veces de otra forma y eso no lo quiero repetir. Hoy regreso a una normalidad más tranquila y eso también es bonito.

Uno no sabe qué no sabe. Es el misterio más grande de nuestras vidas porque hay cosas que no podemos ni imaginar. Así que uno se prepara para lo desconocido, consciente que no lo está del todo. Pero sí puede uno ejercitar el músculo de la adaptabilidad. Esa cualidad que le permite a cualquiera salir avante hasta de las peores circunstancias. Implica poder soltar lo que uno ya conoce y estar dispuesto a hacer cosas nuevas. En budismo se llama tener mente de principiante. Ayuda para todo.

La intensidad de estos días ha sido directamente proporcional a lo diferente que fueron. Y que yo los haya disfrutado dependió totalmente de mi disposición de dejar ir mis expectativas. Pero también es riquísimo regresar a lo conocido. La rutina, a mí, me salva.

Nueva evidencia

Ser padre, si uno no quiere vivir frustrado, es estar abierto a aceptar que uno no tiene la última palabra en lo que respecta a sus hijos. Por mucho que uno los haya parido, bañado, acostado, alimentado. Los cambios son constantes. Es como irle descubriendo cuartos adicionales a una casa que uno construyó. Magia.

La ciencia es la búsqueda de la verdad a sabiendas que siempre hay nueva evidencia que modifica lo previamente conocido. Que si los humanos poblaron América por el Estrecho de Behring, pues hay evidencia nueva que demuestra que no sólo emigramos por allí. Que la carne roja y la grasa animal son dañinas. Ahora resulta que no, tampoco los huevos. Es más, el colesterol no es tan malo. Y así, con nuevos métodos de pruebas, conocemos mejor las cosas. Pero tenemos que estar dispuestos a aceptar que existe mucho más de lo que creemos que sabemos.

Los hijos son un experimento constante. Y claro que uno los conoce, pero no son estatuas, se mudan hasta de pelo cuando menos lo sentimos. Y uno puede lamentarse la pérdida del bebé, o disfrutar maravillado la evolución de un ser humano. Porque uno también cambia y verlo, reconocerlo y darle la bienvenida en los demás, nos permite a nosotros mismos mutar. Al final del día, lo que no se mueve, se muere.

Bienvenida la rutina

Es tan rico comer en casa después de una semana de no hacerlo. Y ver a mis perros. Y dormir en mi cama. Todo lo común tiene una pátina de nuevo, de bonito, de mío.

Establecemos rutinas para que la vida marche en automático en lo repetitivo y le podamos poner más atención a lo importante. La cosa se arruina cuando lo hacemos al revés.

Así que, qué alegría cocinar y lavar ropa y hacer ejercicio y despertar temprano. Agarro fuerzas para lo imprevisto.

Buena química

Cuando uno encuentra alguien con quien se lleva bien a la primera, habla de química. Con la familia, eso es complicado.

Tener una buena relación con los hijos es aprender a deslizarse sin esfuerzo sobre una cuerda floja. Los que lo hacen bien, son engañosamente confiados, lo hacen parecer fácil. Hay que recordar que, para que algo complejo se mire fácil, se necesitaron muchas,‘incontables horas de práctica.

Hoy, almorzando con los niños, pude disfrutar de tantas veces de repetirles el “por favor” y “grscias”. Tantas horas de atormentarlos con buenos modales. Tanta paciencia para escucharles hablar cuando aún no platicaban. Pero ha valido la pena. Porque ya tenemos química.

La montaña

Por razones completamente ajenas a mi voluntad y control, se me acumularon dos semanas de camisas qué planchar. No compensa no haber planchado la semana pasada, 10 camisas es un montón. Sobre todo en este calor. Y más aún que no es una ocupación que me encante o que haga bien.

Una de las cosas que se aprende en la vida es que es mejor salir de las tareas en el momento en que se presentan. Es más fácil mantener ordenado un cuarto que ordenarlo. Es mucho más sencillo lavar el plato que se utilizó inmediatamente que esperar a que termine el día y hayan quinimil más. Si uno sabe perfectamente bien que la eternidad existe porque el oficio nunca termina, el amor qué.

Iba a dejarlo para otro día. Pero la montaña de camisas por planchar iba a ser la misma. No se desaparecen y, por el contrario, vienen más en el canasto de ropa sucia. Así que ya están todas planchadas y enserchadas. Y yo sigo pensando que es detestable planchar, pero lo hago.

Probar

Hay que hacer algo que nos rete. Tal vez no todos los días, pero sí todas las semanas. Y no para aumentar el cortisol, que ése se me sube solo, gracias. Para sacarle el jugo al pedazo de tiempo que sabemos que tenemos.

¿Que si nunca hemos comido ese plato en un restaurante? Pidámoslo. ¿Que si siempre quise practicar un deporte? Me arriesgo a verme ridícula probando. Total, sólo yo mido hasta dónde aguanto la vergüenza.

La vida ofrece una infinidad de posibilidades con una cantidad limitada de tiempo. Hay que encontrar qué nos gusta. Y eso sólo lo puede uno aprender probando.

No lloro

Fuimos a ver Lilo and Stitch con los adolescentes. Casi puedo asegurar que será la última de este tipo de películas que veremos con ellos. Se me partió el corazón.

Todo tiene su momento y es bueno que se agoten las etapas en su orden. Si no, tiene uno un montón de deseos no realizados de regresar a la niñez o a la adolescencia que lo impiden a uno de desarrollarse. No se trata de ser adultos amargados, sino de poder gozarse las cosas infantiles sin infantilizarse uno mismo. Nada más triste que un adulto queriendo ser niño. Huirle a las responsabilidades, no gerenciar bien las emociones, ser un egoísta, todo eso no es ser una persona bien desarrollada, es ser un niño que necesita que lo corrijan.

Me gustó mucho la película. Me encantó llevar a mis hijos casi grandes a verla. Y me fascina que estoy haciendo todo lo posible para que vivan cada una de sus etapas. Así, cuando tengan mi edad y no sean unos viejos amargados, se recordarán de cómo nos reíamos de todo. Ojalá.