En tus ojos

Quisiera ver con tus ojos

la noche fría cuando sales

el mar inmenso que te llama

el árbol que usas de sombrill.

Las cosas desde donde estás

cómo te fijas en sus bordes

los colores que se te prenden en las retinas

la forma que distingues como frontera.

Sobre todo quisiera usar tus ojos

para verme como tú lo haces

descubrirme en dónde está el lugar

que te vuelve a llamar a mi lado.

Los días entre días

Hay rutinas diarias que no se cambian como la hora de comidas y la de dormir. Otras que van en ciclos más largos, como semestres y vacaciones. Pero todo lleva un ritmo. A veces no lo podemos ver, porque los movimientos son más largos y no siempre entendemos ese flujo.

Todo tiene orden, aunque no todo regresa. Nuestras propias vidas tienen un arco que termina en el mismo lugar, siempre. A veces repetimos círculos que nos son nocivos porque no sabemos cómo cerrarlos. Otros nos ayudan a avanzar porque nos dejan movernos en campos que conocemos.

A mí me cuesta mucho salirme de los lugares que ya habito. Como si no hubiera pasado suficientes cambios como para saber que no pasa nada. Aunque pase todo.

Ahora mismo, los niños están de vacaciones y se me cambia la rutina de la casa. Pero hago otra que se ajuste a las nuevas circunstancias. Y así todos contentos. O, al menos, ordenados. Mi mayor logro en estos días es que se bañen. Casi siempre tengo éxito. Y sí se van a dormir a la misma hora.

Nadar en vez de llorar

Me lastimé la cadera izquierda haciendo tonteras en el karate. Caí con la rodilla doblada, mi peso y el del Shihan enteros sobre la cadera. Tronó como el cartílago de un pollo al que le quitan la pata. Y todavía no sé si me dolió o no. Porque en el dojo no se llora. Al menos yo. Me fui a nadar en agua salada que es mi sustituto de las lágrimas.

Porque duele. Todo duele. La cadera. Las noticias. La impotencia. La ineptitud. La corrupción. Duele estar aquí y duele estar allá. Llorar no sirve de nada pero es de lo único que dan ganas. Entonces mejor nadar.

Y ayudar. En lo que sea que uno pueda. Aunque sea poco.

No me duele la cadera tanto como no poder hacer mucho.

El dolor del desplazamiento

Ayer pasamos de hacer bromas a afligirnos en menos de 12 horas. De nuevo, nos sentimos impotentes porque no hay deseo humano que pare la ola de lava y arena y ceniza que se tragó pueblos enteros.

Hoy van a haber miles de personas que despertaron en un lugar que no es su casa y que no saben si alguna vez van a volver.

Somos impotentes para detener a la naturaleza. Pero no para ayudar. En todo el país se han habilitado centros de acopio de víveres y otros artículos. Allí es donde podemos hacer algo.

El olor a churrasco

Los fines de semana, siempre invadía el ambiente el olor a churrasco. Pero nunca venía de mi casa. Resulta que “juntar fuego” es una actividad que no se le daba a mi mamá y pues, comíamos otras cosas ricas.

Ni hablar que lo hiciera mi papá. Eso no estaba entre sus atribuciones ni atributos, a pesar de ser él quien me enseñó a encender la chimenea.

Y aquí estoy, estrenando churrasquera con una parte para gas y otra para carbón. Por supuesto usé la de carbón para asar unas costillas en las que he dejado más de tres horas de mi tiempo. Porque, ¿quién quiere hacer las cosas simples cuando se pueden hacer complicadas?

Juntar fuego, hacer carne, cocinar, pasar tiempo juntos. Tal vez lo más bonito de todo eso es lo último, aunque los bichos estén cada uno por su lado. No somos una familia de estar haciéndolo todo juntos, todo el tiempo. Pero sí sabemos que estamos.

El fuego que juntamos para nuestras vidas enciende hacia dónde las llevamos. El mío es más bien frío, pero es constante y me lleva a no dejarme vencer por algo tan elemental como una churrasquera. Luego de un par de llamas, humazón, llanto y tos, el calor es constante, la carne huele a gloria y ya sólo les falta una hora.

Espero que queden tan ricas las costillas como yo me imaginaba que sabía la carne del vecino.

Cuando todo es ¨lindo¨, nada lo es

Se venden «lindos» apartamentos. Los perritos son «lindos». «¡Ay qué lindo por traerme café!» Usamos tanto ciertas palabras que las desgastamos, como limas de uñas que pierden su utilidad. El propósito del lenguaje es comunicar ideas. Pero qué pasa cuando eso ya no cumple su propósito original.

Tengo una pasión especial por las palabras precisas. Me cuesta tanto formular mis pensamientos, que trato de encontrar la herramienta justa. No siempre lo logro. Porque el lenguaje es mucho más que la sucesión de fonemas. Junto con lo que decimos, viene todas las emociones y recuerdos que le montamos encima a lo que sale de nuestras bocas. Y vamos haciéndonos de significados propios que hay qué aclarar.

Luego, comenzamos a sobreutilizar un adjetivo hasta que lo arruinamos. Y vamos por otro. Y otro. Amamos una papa frita. Amamos al primer pendejo que nos dice una cosa bonita. Así no se puede.

Tener cuidado con nuestras palabras, no sólo para no ofender, si no para no devaluarlas, es un ejercicio en honestidad. No es tan popular decir que a uno le gusta alguien a decir que le encanta, por ejemplo. La efusividad se dosifica. Y está bien. Creo que es imposible ser apasionado todo el tiempo. Como no todo, todo puede ser lindo.

El dolor que no sirve

Escuchando un TedTalk acerca de la depresión, el ponente decía que el opuesto de la depresión no es la felicidad, es la vitalidad. Parte de vivir, creo que la parte esencial, es sentir. Y entre eso es sentir todo lo malo, hasta el dolor.

Las situaciones que nos molestan nos enseñan en dónde tenemos puestos nuestros sentimientos. La gente que queremos es la que nos lastima, los trabajos que nos importan son los que no queremos perder, las situaciones que nos gustan son las que son imposibles de olvidar.

Luego hay dolor físico que no parece ayudar en absoluto. Como la escápula izquierda que tengo trabada desde hace tres semanas y que, no sólo me duele, si no que ya se me duerme la mano. Me halé el músculo de pura tensión y hoy fui a que me punzaran. Casi lloro. Ahora mismo no quiero moverme. No sé qué puedo aprender de eso, más que a no estresarme.

De hecho, también el dolor físico ayuda a ponernos límites. A saber cuándo descansar. A soltar.

Estar vivo es sentir, abrirse, ser vulnerable. De otra forma, no estamos presentes de verdad. Lo bueno es que nada dura para siempre. Hasta el dolor se acaba. Espero.

Hoy no hubo tráfico

Algo sucede cuando no hay tráfico. La vida tiene un color más liviano, se me alisan las arrugas, se esconden las canas.

Hacemos más tiempo en el carro que en la casa y no me gusta pero no hay alternativa.

Pero hoy no hubo. Al menos no mucho. Y ahora tengo más tiempo para pensar en algo más que el infeliz que se me cruzó. Lo ideal sería que, aún teniéndolo enfrente, no pensara y no dejara que me afectara la descortesía de otros.

Eso he tratado de hacer. El tráfico de Guate como ejercicio zen. No me sale del todo, pero allí voy.

Hoy no hubo tanto tráfico y yo me siento más feliz. A ver qué tal mañana.

No se puede ser feliz

Al menos no de esa felicidad que hace que canten los pajaritos y caigan estrellas del cielo. No siempre. No todo el tiempo. Esos breves momentos se llaman “euforia” y se van como vienen, fugaces y alborotadores. Lo malo es creer que eso es la verdadera felicididad y salir a cazarlos. Son efímeros y sólo se les disfruta.

La felicidad es fijarse en las cosas pequeñas, calladas que nos dan un placer. Como el trago de cerveza en el día caluroso. Sonreírse al espejo. Querer a alguien.

Nos hacemos la vida que queremos desde donde la vemos. Lo difícil es reajustar el cerebro de cazadores pesimistas. Ése que mira depredadores en todas las sombras. El que nos ayudó a sobrevivir en la selva, pero nos mantiene despiertos de noche pensando en todo lo malo, lo feo, lo escaso.

Trato, en serio que trato de ponerle atención a las cosas bonitas. Tengo alguna medida de éxito, pero en general sólo encuentro los defectos, sobre todo en mi persona. Y me cuesta salir del guión que me indica que sólo siendo dura y exigente e inconforme, soy mejor.

La felicidad de “y vivieron felices para siempre” no existe. Pero sí está la alegría del “y vivieron”.