Me lastimé la cadera izquierda haciendo tonteras en el karate. Caí con la rodilla doblada, mi peso y el del Shihan enteros sobre la cadera. Tronó como el cartílago de un pollo al que le quitan la pata. Y todavía no sé si me dolió o no. Porque en el dojo no se llora. Al menos yo. Me fui a nadar en agua salada que es mi sustituto de las lágrimas.
Porque duele. Todo duele. La cadera. Las noticias. La impotencia. La ineptitud. La corrupción. Duele estar aquí y duele estar allá. Llorar no sirve de nada pero es de lo único que dan ganas. Entonces mejor nadar.
Y ayudar. En lo que sea que uno pueda. Aunque sea poco.
No me duele la cadera tanto como no poder hacer mucho.
