El peso de la banalidad

Me gusta pensar que soy banal. Que me muevo justo en la superficie de las cosas, apenas metiendo un dedo en las aguas turbulentas que uno siempre mira debajo. La profundidad me aterra. Sé que me puedo ahogar con demasiada facilidad. los humanos no estamos hechos para vivir debajo del agua, pero sí estamos particularmente adecuados para nadar. No hay primates que hagan lo mismo.

El inconsciente es un cuerpo de agua oscura sobre el que navegamos para entender lo que nos pasa a nosotros y a nuestro alrededor. Nos sumergimos en él de vez en cuando, gozando de la sensación de ingravidez. El agua es el único medio en el que flotamos, lo más parecido a volar que podemos experimentar. Igual que los sueños. Igual que las drogas. Y buscamos esa sensación de muchas formas, no todas sanas.

Me gusta sentirme banal, sin peso, sin cargas. Creer que puedo flotar sin que me arrastre la corriente, o el monstruo de tentáculos verdes me lleve a su cueva. Pero también me gusta nadar y sumergirme. Porque no podemos vivir sin enfrentarnos a lo que llevamos dentro. Terminaríamos ahogados.

Lo que debimos hacer

Es todo eso que creemos que nos llevaría a estar en otro lado del que tenemos enfrente. Pero se nos escapa pensar que todo lo demás que dejamos de hacer nos llevaría a lugares en donde, también allí, estaríamos donde no queremos. En algún momento no nos gusta en dónde estamos. Tanto hacia adentro como hacia afuera.

Hay una teoría que se usa mucho en cómics: la del multiverso, en donde cualquier decisión que tomamos engendra todos los mundos paralelos que surgirían si hubiéramos tomado otras. O sea que en algún lugar sí hicimos lo que debimos hacer. La realidad es que siempre tomamos la decisión que creemos que es la mejor, sacrificando a veces preferencias personales, deseos, momentos. El precio que pagamos por tener lo que queremos siempre es todo lo demás que dejamos de hacer.

Yo no tengo la menor duda que hay muchas cosas que pude hacer con mejores resultados. Pero no es el punto. Si no en dónde estoy yo, aquí, y si no, siempre me puedo mover.

No me doy cuenta

De muchas cosas no me doy cuenta muchas veces. Se me escapan los detalles, las claves que me dirían en dónde están los momentos importantes, las cosas pequeñas que se acumulan hasta volverse montañas descomunales. No me doy cuenta que el clima no va a hacerme el favor de ponerse de acuerdo con la ropa que me quiero poner y paso frío o calor a mitad de la tarde. No me tomo el tiempo de fijarme en que tengo hambre y llega el momento en el que estoy de mal humor y le contesto mal a mis hijos hasta sentarme a almorzar y recuperar la cordura. No me doy cuenta que un saludo no es igual y sigo pensando que las relaciones siguen en donde las dejé.

Evitar fijarnos para no ver lo que pasa es tan común, que hasta se lo hemos atribuido a las avestruces, pájaros que, por cierto, nunca han metido la cabeza en la tierra para esconderse de nada. Las cosas existen, las queramos ver o no. Como el sol detrás de las nubes que igual quema aunque no nos caliente.

Hay cosas de las que no me quiero dar cuenta, porque no quiero que se arruinen o que los niños crezcan o que no sepa cómo continuar. Pero sí me doy, aunque no lo sepa y por eso sigo tratando de avanzar y fijarme. Fijarme tanto que las cosas que verdaderamente no mire, no sean porque no tuve la valentía de enfrentarlas.

Resumiendo

Estamos acostumbrados a escuchar la mitad de las cosas que nos dicen, metiéndoles la información que ya tenemos preparada para complementarlas. A no ver con detenimiento las caras de las personas que tenemos a nuestro alrededor, porque ya tenemos una imagen pregrabada. A no ponerle atención al camino que recorremos todos los días, sin que nos importen los cambios que puedan haber.

Resumimos, reducimos, telegrafiamos. Es necesario para poder enfocarnos en lo que vamos a hacer. No creo que sea muy productivo irse fijando en todos y cada uno de los detalles que se nos atraviesan en la vida, pero también a veces pienso que hay mucho de lo que nos perdemos. Sobre todo cuando se trata de las relaciones que tenemos. Si no nos fijamos en los pequeños cambios, cuando notamos las diferencias a veces ya es demasiado tarde.

Tomarse el momento para analizar el estado real de las cosas en el momento en el que estamos, cómo se sienten nuestros seres cercanos, hasta la calle en la que vivimos, es recuperar el sentido de ir percatándose de la vida como cuando la vimos por primera vez. No sé si puedo hacerlo constantemente, pero recuperar la capacidad de asombrarme me acerca a ser más feliz.

El final del dolor

Todas las sensaciones son independientes de nosotros mismos como personas. El dolor existe en nuestra mente como una respuesta de advertencia hacia algo que nos hace daño. Hacer pesas duele. Nos estamos desgarrando los músculos. Pero lo seguimos haciendo porque la vida que vivimos ahora no está llena de correr por la llanura cazando la cena, ni arrastrando el animal de regreso a la cueva, ni trepando al árbol a conseguir la fruta. No caminamos ni siquiera a nuestro trabajo, viviendo en Guatemala, eso es un deseo de morir.

Aprender cosas nuevas duelen, porque requieren concentración y dedicación, el empujar nuestra voluntad hasta donde se sale de su zona de comodidad. Sentarse a practicar un instrumento, a estudiar para el próximo examen, a aprender otro idioma, da pereza.

Querer duele. Porque lo llenamos de expectativas de comportamiento de otra persona que no somos nosotros y les damos la responsabilidad de nuestra felicidad, nuestra autoestima, nuestro bienestar.

Todo duele, pero seguimos teniendo hijos, aprendiendo idiomas, queriendo extraños. Porque vivir sin que nos duela sólo se logra cuando ya no estamos vivos.

Entender por partes

Me pasa muchas veces que tengo que volver a escuchar los podcasts en donde aprendo algo, porque no siempre me fijo en lo mismo, ni en todo. Siempre puedo descubrir cosas nuevas, ponerle atención a un pedazo que se me había pasado por alto. Generalmente son detalles que se escapan por ver el todo. Entonces me concentro en las pequeñas cosas y se me olvida la imagen global.

Aprendemos por tramos, muchas veces de forma escalonada, construyendo sobre bases que se alzan poco a poco. Así con los idiomas, a dibujar, a escribir. Pero hay conocimiento/sabiduría que no se adquiere poco a poco, sino en un único instante, aunque tome años llegar allí. Quererse a uno mismo, entender de dónde viene el sentimiento de agobio, la angustia, Uno lo tiene o no. O así pareciera que viene cuando al fin viene. El amor y la confianza son o no son.

El problema de ir entendiendo por partes puede ser olvidar lo que vino antes. El problema de querer entenderlo todo junto es que se puede uno perder sin una base anterior.

Así que regreso a revisar las cosas que estudio, para ver si recuerdo bien lo que creo que sé y para ver si necesito aprender cosas nuevas dentro de lo viejo.

Extrañar

Al fin estoy leyendo Kitchen Confidential de Bourdain. No es ficción, no es biografía, es una cosa intermedia, como si el tipo le estuviera platicando a uno. Dan ganas de tener un vodka a la mano. Es raro, porque siento como si hubiéramos charlado y tengo ganas de conocerlo y recuerdo que ya no está vivo.

A veces hechamos de menos situaciones que no existieron. Nos da nostalgia no haber conocido a algunas personas. Suspiramos por lugares a los que no hemos ido. En portugués, la palabra saudade describe ese sentimiento. Es muy humano y muy tonto.

Sólo nosotros, que tenemos la capacidas de imaginar cosas que no existen, podemos añorarlas como si las tuviéramos. Idealizamos personas y luego nos extrañamos que no cumplan con nuestras expectativas. Nos hacemos castillos en el aire, las cuentas de la lechera y vemos estrellarse nuestros sueños. Muchas veces sacrificamos la realidad por la fantasía.

Siempre es bueno soñar, pero no a costa de lo que tenemos enfrente. Y menos sufrir por algo que no existe. Nunca voy a conocer a Bourdain, pero lo puedo leer.

Las reglas de un juego

Últimamente he logrado que mis hijos jueguen Rummikub, un juego de mesa en el que tienen que usar estrategia y un poco de mate para ganar. Es lindo verlos hacer sus movimientos, planificar qué fichas van a usar, cómo mover las que están en la mesa y enseñarles a ganar con gracia. Lo primero es que tienen que entender las reglas, las cuáles, como es usual en este tipo de juegos, no tienen un porqué mayor a «así es el juego».

Es lindo tener las reglas claras y navegar en un canal con dirección específica del cuál uno no se puede desviar. Parte de eso es la razón de moverse entre acuerdos tácitos sociales que no necesariamente uno entiende, pero sigue. No se debe ir en pants y t-shirt a una boda aunque se pueda. No se puede insultar a alguien en la calle porque es de mala educación. No se pueden hacer muchas cosas que no necesariamente están mal hechas, sólo mal vistas. En situaciones sociales, esta ambigüedad vale y sobra y siempre hay rebeldes que van en contra de lo establecido, aguantándose las consecuencias. Hay otras personas que son verdaderamente felices dentro de un cauce determinado, porque suspender el yo crítico a veces es reconfortante. Que alguien más decida y hacer caso, como niños.

Pero hay otro plano en el que el rompimiento de las reglas tiene consecuencias ya establecidas claramente: el de las leyes. No hay forma de alegar ignorancia de las mismas y todo el que viva dentro de un territorio con sistema legislativo está sujeto a seguirlo. Todos. Sin excepción.

Así que, estimados miembros del Ejecutivo en el (des)gobierno de Guatemala, los fallos de las cortes, sobre todo el de la Corte de Constitucionalidad, se acatan. Y punto.

#NoAlMoralazo

Absolutos

Lo único absoluto

incontestable

inminente

irremediable

inevitable

es la muerte.

Y es en lo único que no tenemos certeza qué sucede después.