Quiero desdoblarme

Vine a una piñata con el niño y dejé a la niña en casa. Es primera vez en más de dos semanas que no está conmigo o con Mario y yo quiero llorar. Porque no quiero dejarla sola nunca y porque siendo delicioso estar sin ella un rato.

No sabía a qué tanto me metía al tener hijos. Nadie lo sabe. Menos mal porque si antes de tenerlos, me hubieran dejado sentir el peso de la responsabilidad que llevo ahorita, me la hubiera pensado demasiadas veces. Y es que tener a cargo a personas en construcción es abrumador a veces. Para mí ahorita está siendo de tomármelo un día a la vez y hasta eso se me complica con la falta de sueño.

Respiro, despejo los ojos y comienzo a hacer recuento de las risas y de las preguntas y de las canciones. Los cuerpecitos que se me pegan como imanes y que buscan mi piel para protegerse. Los malabares mentales que necesito practicar para convencer intelectos agudos con poca experiencia. Las risas, ¿ya dije las risas, verdad? Me siento abrumada, pero porque corresponde al amor que les tengo y eso me hace mejor a mí. Amarlos y preocuparme y entregarles mi atención me saca de mí misma y me ha hecho crecer. No tengo cómo agradecérselos, porque voy a terminar siendo una mejor persona de lo que sería sin ellos.

Y sigo queriendo desdoblarme. Tal vez así lograría dormir.

Dejarme llevar

Terminé de entregar dos cosas para el trabajo que venía coordinando desde un par de meses atrás. Estas últimas semanas no he estado del todo presente y me sorprende haber logrado hacer esto. Es como si hubiera estado en la última aviada de un resbaladero. Al final sólo tuve que seguir el curso que llevaba.

Hay algo maravilloso y aterrador en ese tipo de caminos que emprendemos y que seguimos hasta su última conclusión. Nos trazamos la dirección y ponemos todas las cuñas posibles para no desviarnos. Cuando el destino nos gusta aún de bastante tiempo de caminar, pues esta inercia es excelente. El problema es cuando desde el principio nos dirigimos hacia el lugar equivocado. O cuando, a medio camino, ya no queremos estar allí. Por eso el ímpetu que nos arrastra no siempre es lo mejor que podemos dejar que nos pase.

Siempre vale la pena esperar un momento para confirmar la ruta. Dejarse caer tiene el mérito de la audacia, la cual es recompensada a veces majestuosamente. Pero también son majestuosos los golpes que se da uno cuando esa imprudencia lo lleva a chocarse.

En este caso, agradezco haberme dejado llevar.

Hoy estuve cansada

Porque no he dormido más de dos horas seguidas en dos semanas. Es una situación que espero corregir hoy, pero básicamente regresé al poco sueño de tener un bebé, con demandas de niños grandes que suplir. (No tengo bebé, conste. Y luego de esta experiencia, ya dejé por completo de añorar uno, gracias.)

Es increíble lo agotador emocionalmente que puede ser no dormir. Todo se amplifica y ralentiza. El tiempo parece pasar por un colador de algodón y sé que mis respuestas se tardan en llegar, el paso entre mi cerebro y mis palabras está en reparación.

Descansar no es un lujo. Estamos hechos para apagarnos durante un tiempo determinado todas las noches. Le damos oportunidad a nuestro cerebro de procesar información, al hemisferio derecho de integrar nuestras emociones, al izquierdo de dejar de hablar un rato.

Espero lograr soltar. Aunque lo más probable es que no.

No te das cuenta que no te das cuenta

— Esa tele está muy recia. ¿No te das cuenta?

Le pregunto al niño hace unos días. Me respondí de inmediato. Obvio no te das cuenta, si no, ya le hubieras bajado volumen. Lo divertido es que le acabo de hacer la misma pregunta a la niña y Mario me dijo:

— No, obvio.

Porque uno no se da cuenta de lo que no se da cuenta. Ni de lo que tiene atrás, ni de lo que no alcanza a ver enfrente. De todas las cosas que ignora, lo peor es desconocer las que ni siquiera se imagina que existen. Por eso me cuestiono siempre la ciencia ficción porque la construimos imaginándonos mundos que creemos no conocer, pero que sólo pueden salir de lo que ya hemos visto, aunque sean diferentes.

Allí está lo lindo de las expectativas: romperlas con cosas que ni esperábamos es una buena parte de navegar en la vida y estar preparado hasta para lo que uno no puede esperar jamás es la única forma de no romperse.

Yo me he roto por no estar dispuesta a recibir lo que venga. Ahora espero simplemente continuar a pesar de lo que se me ponga enfrente.

Todo termina

Hasta mi forma de tratar a los niños, aunque me haya funcionado hasta ahora. El día de hoy va a tener el mismo término que el de ayer. Los sentimientos se esfuman. La gente se va.

Yo también termino, no funciono igual que otros días y dejo de hacer lo que solía.

Todo termina. Y sigue. Tal vez lo correcto sea decir que todo cambia, aunque permanezca.

Se descarrila el tren

Tener rutina, para mí, es tener que preocuparme de menos cosas. Ya sé qué se hace a qué hora, no tengo que preguntarme si tengo hambre o sueño, a los niños se les despierta siempre igual y voy a ciertas partes con regularidad. Es una delicia. Me deja libre para decidir sobre otras muchas cosas.

Hasta que tengo que hacer cambios. Integrar nuevos pasos, pensar en comidas diferentes, salirme de las vías de mi tren en marcha. Allí me cuesta. Porque tengo que repensar todo mi esquema, mover piezas que había sujetado, ampliar el horario restringido.

Cambiar rutina cuesta. Hasta que ya se vaya sola, de nuevo.

Rascarse donde pica

El libro de la selva, versión Disney, tal vez era de las películas que más me gustaban de pequeña. Especialmente la parte en la que el oso se rasca contra la palmera. Porque no hay sensación más inquietante que la picazón en un lugar a donde no se alcanza a rascar. La solución del animal me pareció genial y frecuentemente me sirven las esquinas de las paredes para lo mismo. ¿A quién no nos ha pasado que alguien amablemente se ofrece a rascarnos y no llega a «ese» lugar? Es como un juego con truco, nunca son suficientes las instrucciones y yo puedo asegurar que el punto molesto se mueve entre la piel, eludiendo el alivio de las uñas ajenas.

Eso pareciera valer en todo. Hay problemas, molestias, incomodidades, sensaciones desagradables, que sólo podemos arreglarnos nosotros a nosotros. Las personas ajenas a nuestro interior no encuentran el punto, porque no son los que lo sienten y pasan tratando de arreglarlo sin éxito, por mucho que intentemos darles una ruta precisa.

Para eso está el autoconocimiento. Para encontrar el punto, la solución y, hasta ese momento si es necesario, pedir ayuda o compartirlo con alguien. Creo. Igual también me ha pasado que el método de la pared no me termina de convencer y pido uña ajenas. A veces encuentran el punto y es glorioso.

Un momento para mí

Nadé hoy. Despacio y poco. Sentí una libertad mayor que lo que puedo describir al dejar el teléfono a un lado y sumergirme a no escuchar nada más que el agua. Qué poco me había dado cuenta de lo mucho que me hacen bien esos momentos desconectada de la vida.

Después que mi mamá tuvo el derrame, estaba atada al teléfono cuando salía, porque siempre había una emergencia. Con los niños, esto es menos agudo, pero siempre constante. Ahora supongo que volveré a sentirme con un apéndice extra. Está bien. Pero también está bien poder dejarlo un pequeño instante.

Como hoy. Todos necesitamos el momento que sólo sea nuestro, porque no podemos darnos si no tenemos nada dentro. Espero haberlo aprendido ya, para no desgastarme, pues necesito servir durante mucho tiempo más.

Inesperado

No se imagina uno nunca, lo que puede suceder, aunque viéndolo hacia atrás, lo identifique. Los golpes duelen más cuando uno no los espera, el suelo se siente más duro y cuesta respirar.

Pero hay que levantarse.