Tener rutina, para mí, es tener que preocuparme de menos cosas. Ya sé qué se hace a qué hora, no tengo que preguntarme si tengo hambre o sueño, a los niños se les despierta siempre igual y voy a ciertas partes con regularidad. Es una delicia. Me deja libre para decidir sobre otras muchas cosas.
Hasta que tengo que hacer cambios. Integrar nuevos pasos, pensar en comidas diferentes, salirme de las vías de mi tren en marcha. Allí me cuesta. Porque tengo que repensar todo mi esquema, mover piezas que había sujetado, ampliar el horario restringido.
Cambiar rutina cuesta. Hasta que ya se vaya sola, de nuevo.
