Dejarme llevar

Terminé de entregar dos cosas para el trabajo que venía coordinando desde un par de meses atrás. Estas últimas semanas no he estado del todo presente y me sorprende haber logrado hacer esto. Es como si hubiera estado en la última aviada de un resbaladero. Al final sólo tuve que seguir el curso que llevaba.

Hay algo maravilloso y aterrador en ese tipo de caminos que emprendemos y que seguimos hasta su última conclusión. Nos trazamos la dirección y ponemos todas las cuñas posibles para no desviarnos. Cuando el destino nos gusta aún de bastante tiempo de caminar, pues esta inercia es excelente. El problema es cuando desde el principio nos dirigimos hacia el lugar equivocado. O cuando, a medio camino, ya no queremos estar allí. Por eso el ímpetu que nos arrastra no siempre es lo mejor que podemos dejar que nos pase.

Siempre vale la pena esperar un momento para confirmar la ruta. Dejarse caer tiene el mérito de la audacia, la cual es recompensada a veces majestuosamente. Pero también son majestuosos los golpes que se da uno cuando esa imprudencia lo lleva a chocarse.

En este caso, agradezco haberme dejado llevar.

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