Nuevo nombre

Acompañamos al día

cambiar de nombre

lo bautizamos con el agua

que emanó de nuestra piel.

Así puedo terminar

las noches redondas

con nombres nuevos

y fuentes abiertas.

La misma vista

Fue el día de la madre y sí me cocinaron una pizza sin dejar la cocina como zona de guerra. Eso era suficiente regalo, pero, además, me dieron una silla para poner en mi terraza. Veo la misma vecindad que me ha rodeado desde pequeña, pero desde una perspectiva distinta.

Tal vez así se pasa mejor este encierro: contemplando la misma pared con otras ideas. Al final del día, lo único que cambia lo que percibimos es nuestra propia mente, así que hay que considerar otras alternativas, hasta el ángulo desde donde se miran las cosas. Aprender a pararse de cabeza, por decirlo así, y ver con ojos nuevos las cosas viejas.

Así perduran las relaciones, encontrándose los cambios. Así se pone alto al aburrimiento. Y, así, pasamos un encierro que nos obliga a estar en lo mismo. Al menos eso espero que sea cierto, mientras me siento en mi regalo.

Salidas apocalípticas

Hago compras más o menos cada quince días, lejanos quedaron aquellos tiempos de ir al súper una o tres veces por semana, para comprar cosas olvidadas, antojadas o simplemente imaginadas. El arte de la organización a largo plazo con espacio de refrigeradora limitado es algo que ocupa no poco espacio personal. Suena a exageración, pero en casa comemos cuatro personas (un preadolescente incluido que come como tres, a veces) y todo tiene que alcanzarme y durar hasta la siguiente salida.

Lo importante es la adaptación. Aprovechar lo que hay. Y no permitir que un pedazo medio feo de un chile marrón impida que se vaya al horno. Todo se usa, porque salir a traer más es incómodo y los recursos son escasos. No está mal. He aprendido a cocinar y comer panza, por ejemplo. Uso mucha menos ropa. Compro menos carne. Y, hasta ahora, no hay quejas.

Poder salir, traer comida, prepararla, es algo que aprecio todos los días. Aunque haya alguna molestia involucrada en más de uno de los pasos. Y, me digo a mí misma que salir con mascarilla es misterioso y que puedo aprovechar de estar en peores fachas de lo normal, sin que nadie me reconozca. También hay ventajas.

Un poco más

El sábado no quería hacer ejercicio, ni levantarme de la cama, ni cocinar. Pero es un día como los otros y me doy cuenta que mi cuerpo no sabe de días, el sol sigue su camino y mi gente igual tiene que comer.

A veces nos quedamos trabados en el pedazo de abajo. En ese momento en que no queremos nada. Renegamos de los últimos cinco minutos de todo. Pero, así como una respiración sucede a la otra, igual al día siguiente se nos acumulan las cosas que dejamos e igual terminamos después.

Es poco lo que falta. Para cualquier cosa. Así hice más ejercicio, después de salir de la cama. Pero pedí comida.

Lo que he aprendido estos 12 años

  1. Que hay muchas más cosas de qué preocuparse de las que pensé.
  2. Que no hay forma de aprender sin arruinar.
  3. Que no hay libros que me digan todo lo que tengo que saber.
  4. Que una salida en carro para ir a traer un helado sirve para arreglar casi todo.
  5. Que ver una peli todos juntos es una buena manera de pasar el tiempo.
  6. Que mi gente sabe hacerme pizza.
  7. Que puedo explicar por qué sí y no, con toda la racionalidad y detalle del mundo y de todas formas me van a pedir otra explicación.
  8. Que puedo amar sin condiciones.
  9. Que está bien querer un descanso.
  10. Que soy, por mucho, una mamá defectuosa. Pero le hago ganas todos los días.

Me quedé dormida

Encontré el artículo

logré leerlo entre los ojos a medias

una historia de príncipes perdidos

y bosques encantados

pero cierta en su mentira.

Me quedé dormida

se me cayó el teléfono

me despertaron los pájaros

que cantan cuando se van a dormir

así empezaron las canciones de cuna

con alas y plumas en melodía de despedida.

El príncipe del cuento

escrito como noticia

murió entre una ruina

metiéndose a mi sueño

y ahora, despierta, la quiero contar yo

para que te arrulle al dormir.

Las últimas veces

En estos días, me he cachado pensando varias veces «la última vez que»… cualquier cosa: fui al cine, comí en un restaurante, usé bra. Y sí tienen un significado especial, porque no veo un panorama concreto para repetirlas. Al menos no en el futuro mediano.

Pero todo eso es una mera ficción. Porque siempre estamos haciendo las últimas veces de todo y sólo no nos hemos dado cuenta. Es más, esas resoluciones de «si esta fuera la última vez que nos vemos», para motivarnos a dejar una impresión positiva en las personas y que nos recuerden bonito, no sirven de mucho.

La vida entera está llena de últimas veces, simplemente porque nunca se repiten, el tiempo todo lo transforma, nosotros no somos iguales. Si durante mucho tiempo hemos sido una basura, que el día de nuestra muerte seamos dulces ¿de qué sirve? Hoy, ahora, es la última vez de todas las cosas que repetimos. De lo que queremos volver a hacer. De lo que ya dejamos atrás. Hoy fue el último día que hablaste con la persona que amas. Hasta mañana, y eso quién sabe.

Hoy no hice nada

Comenzó la tendencia cuando, en vez de concentrarme en la meditación, se me ocurrieron dos o tres ideas de cosas nuevas qué hacer. Una ya está en proceso. Luego siguió con un video de ejercicios distinto del que hago (el doble de tiempo), más la clase de karate. Desayunos hechos, cambié las sábanas y toallas. Ahora reviso tareas (arreo niños, más bien), recogí la botella de desinfectante de alimentos que destrozó la niña y espero que sea el mediodía para hacer el almuerzo. Nada. Incluido el trabajo, que también me necesitan.

Eso quiero hacer hoy. Nada. Y de todas formas me levanto y desdigo mi inclinación, porque toca. Ser adulto es enfrentarse a muchas de las cosas que nos impiden avanzar, principalmente las que llevamos dentro. La pereza es un arma poderosa cuando se usa para hacerse la vida más fácil, pero un veneno demasiado peligroso cuando no nos deja ser responsables.

La vida contemplativa, la que permite crear obras de arte, me está vedada en estos momentos, por las circunstancias que me empujan y atropellan. Adiós las tardes de escribir con tranquilidad y los espacios en blanco en la piscina para pensar. Pero ya vendrán. Para mientras, seguiré haciendo nada, después de terminarlo todo.

Detesto las gavetas

Y los espacios cerrados, en donde uno amontona todo lo que no quiere ver. Las cajas opacas. Las bolsas con cosas. Es invariablemente la puerta a otra dimensión en la que uno esconde lo que le molesta y no regresa hasta que amenaza con estallar.

Tengo que ordenar una bodega, que es mi mantra y mi castigo desde hace catorce años. Lo he hecho ya un par de veces y sigo teniendo cosas sin usar porque eran de otra persona. Que ya no está. Que no se puede enojar porque yo no las use.

Ya comencé y siento cargo de consciencia. Pero lo voy a terminar. Esta vez sí. Porque vamos a llegar a otros 14 años y allí seguirá esa bomba de tiempo estallándome en el cerebro cada vez que tengo que buscar algo allí.

Dame un mezcal

Hice alfajores con la receta de mi mamá. Se deshacen en las manos, mezcla de harina y mantequilla, el dulce de leche el único agente aglutinante de la rueda. Con razón no me gustan los que compro en otras partes, ninguno sabe igual, pero tampoco los podría vender. Pobre cliente teniendo que recoger las migajas de cualquier empaque en donde quedaran.

He estado imprimiendo en mis hijos el sabor de mi cocina, esos recuerdos que se les van a quedar el resto de sus vidas, una felicidad efímera, como todo lo bueno. También he armado rompecabezas, uno con piezas casi iguales y diseño sin muchas señas que me tomó tiempo entender y veinte segundos deshacer. El verdadero placer es efímero y nos empuja a buscarlo hacia adelante. Quedarnos en el recuerdo es ser inmortales, pero no dejar de envejecer. Como «la Cara» de uno de los personajes de Dr. Who, que tenía la gracias de vivir por siempre, pero no ser joven.

Acompaño los alfajores con un mezcal (ya me serví el segundo) y me quema el licor ahumado en la garganta. Servido en un vasito de Alicia, es mi indulgencia dominical. El resto de días los mantengo agarrados como riendas de caballo inquieto, porque si dejo que se me vayan, no me recupero.

Mañana es lunes de nuevo, como todos los días después del domingo y no tomaré mezcal ni comeré alfajores pero tendré alarmas a las cuatro de la mañana y un horario de comidas más ordenado, más cercano a mi corazón. También la rutina es efímera, aun cuando sea repetitiva y eso es lo que me gusta, como ver a la novia bonita todos los días. A mí, al contrario que a José José y al resto de personas en el mundo, la belleza no me cansa. Me cansa el cansancio. Por eso me levanto de la cama aunque tenga pereza. Porque me podría eternizar allí hasta disolverme entre las sábanas.

Dame un mezcal, domingo, que ya te acabas. Mañana no quiero sentirme mal, pero ese dolor también es efímero.