Hice alfajores con la receta de mi mamá. Se deshacen en las manos, mezcla de harina y mantequilla, el dulce de leche el único agente aglutinante de la rueda. Con razón no me gustan los que compro en otras partes, ninguno sabe igual, pero tampoco los podría vender. Pobre cliente teniendo que recoger las migajas de cualquier empaque en donde quedaran.
He estado imprimiendo en mis hijos el sabor de mi cocina, esos recuerdos que se les van a quedar el resto de sus vidas, una felicidad efímera, como todo lo bueno. También he armado rompecabezas, uno con piezas casi iguales y diseño sin muchas señas que me tomó tiempo entender y veinte segundos deshacer. El verdadero placer es efímero y nos empuja a buscarlo hacia adelante. Quedarnos en el recuerdo es ser inmortales, pero no dejar de envejecer. Como «la Cara» de uno de los personajes de Dr. Who, que tenía la gracias de vivir por siempre, pero no ser joven.
Acompaño los alfajores con un mezcal (ya me serví el segundo) y me quema el licor ahumado en la garganta. Servido en un vasito de Alicia, es mi indulgencia dominical. El resto de días los mantengo agarrados como riendas de caballo inquieto, porque si dejo que se me vayan, no me recupero.
Mañana es lunes de nuevo, como todos los días después del domingo y no tomaré mezcal ni comeré alfajores pero tendré alarmas a las cuatro de la mañana y un horario de comidas más ordenado, más cercano a mi corazón. También la rutina es efímera, aun cuando sea repetitiva y eso es lo que me gusta, como ver a la novia bonita todos los días. A mí, al contrario que a José José y al resto de personas en el mundo, la belleza no me cansa. Me cansa el cansancio. Por eso me levanto de la cama aunque tenga pereza. Porque me podría eternizar allí hasta disolverme entre las sábanas.
Dame un mezcal, domingo, que ya te acabas. Mañana no quiero sentirme mal, pero ese dolor también es efímero.
