El bendito silencio

Desde que existe el texto en medios de mensajes en el teléfono, yo ya casi no hablo. Eso de las conversaciones interminables con las amigas o, hasta altas horas de la noche, con el novio, ya son impensables. Pregunta uno si puede llamar, como si que el que suene el teléfono fuera una invasión. Y, sí, hasta cierto punto, lo es.

Pero el hecho de no hablar no quiere decir que pasemos en silencio. Ése es muy difícil de encontrar. Al menos para mí, que paso entre “mama”s todo el día. No hay mucho espacio para la reflexión. Hasta escribir lo termino haciendo a la carrera en el tiempo robado al día.

Nos llenamos de ruido. Música, tele, texteos. Como si se escondiera un monstruo en el silencio que nos fuera a demostrar que, no, siempre no somos tan interesantes. No podemos estar solos. No nos gustamos. El miedo a levantar la cortina y no encontrar nada detrás.

Mantener un poco de silencio para conocerse es, tal vez, uno de los ejercicios más complicados de nuestra humanidad. Tal vez porque estamos programados a ser sociables y tomar de auto referencia la opinión de los demás. Puro tema de tribu. Claro que eso también nos afecta. Pero lo que somos viene de adentro. Y es mejor conocerlo.

Tal vez por eso me tomo veinte minutos al día para escribir, que es como pescar mis pensamientos. También por eso casi nunca hablo por teléfono. Pero cuando hablo…

El famoso detox

Ay. Muero por una tortilla con frijoles y crema. Muero. Me quedan muy pocos antojos de eso que se llaman «pecados» en la comida. Ya no me desgarro por una dona, ni un helado. Las pizzas me tienen sin cuidado. Una hamburguesa, tal vez, se me atraviesa por el pensamiento de vez en cuando. Pero una tortilla. Con frijoles volteados. Y crema.

Resulta que andamos en treinta días de «desintoxicación». Se fue todo. El vino. El tequila. Los frijoles. Las tortillas. El queso, oh por Dios, el queso. Ya llevamos quince días de eso y casi, casi lo tiramos todo por el caño el domingo. Enfrentados a la posibilidad de ir a comer a nuestro buffet de desayuno favorito, nos dispusimos a romper el sacrificio. Pero no. Igual hice el desayuno que tocaba y nos lo comimos como valientes.

Cuesta. Cuesta limpiarse. Porque implica dejar cosas que verdaderamente nos gustan. La vida ya es muy triste como para amargársela uno. Pero… Pero. Quiero llegar a vieja sana. Lo más sana que pueda. Me gusta tener una cierta talla de ropa y no verme descuadernada. Y me gusta ejercer mi fuerza de voluntad. Qué músculo más débil. Hasta que se flexiona y resulta que sí lo puede levantar a uno mismo.

Me quedan catorce días de detox. Lo celebraré con vino. Y frijoles.

Los gustos adquiridos

Cualquiera que ha tenido que alimentar un niño de dos años conoce el: “no puedes saber que no te gusta, si no lo has probado”. Poco a poco, pasa uno de darles lo más básico hasta cosas más aventadas. Termina uno cenando con una niña de 7 años que quiere comer rana.

Hay muchas cosas que me hace falta probar. Me pasa un poco con las montañas rusas. Sufro antes de subir y luego no me quiero bajar. O las personas, que me hago una idea de cómo son y tengo que cambiarla cuando las conozco.

Todos tenemos ideas preconcebidas de lo que aguantamos, queremos, nos gusta. Luego viene una pérdida y la sobrepasamos. Conocemos a alguien y se nos mueve el mundo. Comemos un buen plato de callos a la madrileña y nos encanta.

Vivir nos debería abrir la mente, ampliar los gustos, dar sed de experiencias. Pero, lamentablemente, a veces vamos cerrándonos. Porque nos da miedo o pereza. Miedo de no conocernos. Pereza de movernos.

Para alguien como yo que florece en la rutina, el cambio parece una pista de obstáculos. Pero así he aprendido a cocinar, a hacer karate, a escribir. Todas cosas que me gustan. Y le he agarrado el gusto a comer casi todo.

Con terror a equivocarme

Se le arruinó la cámara a mi teléfono. Ya llevo así más de un mes. Probé todos los «remedios rápidos» y nada. Nada. Sólo la de selfies. Hoy me tuve que resignar a borrar todo el contenido y resetear al animal. Detesto hacer eso. Tiene que ver con mi pánico a meter la pata. A verme tonta. A equivocarme.

Qué difícil es no poder ponerle una medida justa a las cosas y hacerlas más grandes de lo que realmente lo son. No poder llamar a decir un «te quiero» por no querer quedar en ridículo. No probar una cosa nueva por no verse uno mal. No arreglar un teléfono por no querer admitir que uno olvida las contraseñas, todas, todas las veces.

La vida tiene remedios para todo. Algunos rápidos, algunos más trabajosos. Pero hay goma para volver a pegar las cosas, aunque no queden idénticas. A todos, al final de cuentas, se nos notan las fisuras. Pero lo remendado hace un milagro especial: pongan una luz debajo de un plato remendado y las grietas la dejan escapar. Es algo hermoso.

Aún no sé si resetear mi teléfono va a hacer que funcione la cámara. Pero sí sé que no pierdo nada con probar. Salvo que pierda toda la información. Ya lleva una hora conectada al iCloud y no ha terminado. No creo que sea tan importante tampoco.

El reloj de mi papá

Le escribí a la fábrica uno de esos correos que no tienen suficiente información, porque no hay forma de decir lo que uno tiene en mente sin sonar desajustada. “Estimados Señores, les escribo para preguntarles si es posible que entre sus archivos tengan récord de un reloj que se ajusta a esta descripción. Lo heredé de mi papá y quisiera conocer su proveniencia. Aunque no tiene un nombre visible en ninguna de sus caras, existe esta leyenda y puede ser que haya sido fabricado por ustedes. ¿Podrían por favor buscar entre sus documentos? Agradeciéndoles de antemano su atención a la presente y el tiempo que puede tomarles la búsqueda, quedo de ustedes, muy atentamente…”
Nada. No se dice nada en una carta así.
No puedo describir estar parada del otro lado de una cama que, a mis cinco años, me parecía inmensa, viendo a mi papá darle cuerda al reloj. El mítico reloj que tocaba musiquita cada quince minutos, ese reloj que mi papá llevaba casualmente por la calle cuando su sola presencia era suficiente para ahuyentar al más audaz de los ladrones. Él. Con sus bigotes de gato relamiéndose un almuerzo de ratón tierno, los brazos que podían cargarme sin esfuerzo y el carácter de volcán desbocado.
La pieza había cambiado varias veces de manos. Llegó a las de mi papá por la necesidad. La del dueño que tuvo que venderlo, acompañándolo de historias fantásticas de para quién había sido fabricado. A mí nunca me importó esa parte del asunto. Era el reloj de mi papá y yo era feliz escuchando su carrión.
Alguna vez lo llevamos a hacerle servicio a una joyería de las de antes, con mostradores de cueva de ladrones y un taller repleto de otro tipo de joyas: lentes, magnificadores, herramientas diminutas, piezas esperando ser armadas. El dueño era amigo de mis papás y mío. A mis cinco años, acosaba a mi mamá para pasar saludándolo cuando hacíamos mandados en El Centro. El ritual era el mismo: me acercaba a su secretaria, preguntaba amablemente por mi amigo, entraba detrás del mostrador haciéndome sentir muy importante y lo iba a buscar. Era mucha la decepción cuando él no se encontraba en la trastienda. Pero, cuando estaba, nos tomábamos de la mano y me llevaba al otro lado de la calle, donde el chiclero de la esquina, a comprar chicles. Una cajita. No más. Con eso bastaba.
El reloj dejó de sonar. No hubo quién lo arreglara. Y mi papá no tuvo nunca el dinero suficiente para llevarlo a alguna parte más especializada. Se quedó bello y roto. Igual que él, quien dejó de hacer de su fuerza una fortaleza y simplemente se resquebrajó bajo el peso de una rabia que lo consumió hasta dejarlo solo, sin amigos y con pocas personas a su alrededor que lo quisiéramos lo suficiente como para estar cerca.
Las cosas valiosas, esas que verdaderamente tienen algo qué dar al mundo, son fáciles de arruinar. Las echamos entre una trituradora de tiempo y descuido que las va consumiendo. Así pasa con las habilidades, los talentos, las oportunidades, los amores.
El reloj de mi papá ahora es mío. Hace años se lo di a mi amigo para que me dijera si lo podía reparar. Imposible. Al menos para él. También él, valioso, está roto por la edad. No había querido regresar a recoger ese pedazo de mi papá que ya no servía. Para no verlo y no verme y no sentirme como si estuviera tratando de subastar a mi padre queriendo encontrar el valor tangible de una cosa que jamás se va a poder tasar en su justa medida. ¿Quién me puede pagar verlo dándole cuerda y haciéndolo sonar para que yo le replicara con las estrellas de felicidad en los ojos?
Recogí el reloj hoy. Le di un abrazo a un hombre que ya casi no existe. Pesaba. La caja con ese pedazo de maquinaria sin andar pesaba entre mi bolsa. Lo venderé. O no. Pero es mío. Así como lo es la vida misma que también me pasará atravesando y me dejará pesando menos que el recuerdo que tengan de mí los que vengan después.
El reloj está arruinado. Sigue siendo valioso.

Borrarme

Hoy estaba revisando mi cuenta de Tuiter. Francamente me dio un poco de pena. He subido demasiadas fotos mías. Entiendo la necesidad que tenía en el momento en que lo hice, pero, ya no teniéndola, me parece excesivo. Todo. La exposición, el llamado de atención, la pobre y mal disimulada falta de llenar un vacío.

Las redes sociales nos permiten presentarnos en la mejor de las luces. O, al menos, en la que queremos. Así, cada uno tenemos un personaje. Algunos evolucionan, otros se quedan iguales. Al final del día, cada quien hace de su vida y su cuenta, lo que mejor le plazca.

A mí, estar en Tuiter y demás hierbas me ha servido para mucho más que postear selfies. Es un buen laboratorio de escritura concisa, un excelente lugar en dónde hacer tribu, he conocido personas maravillosas, principalmente mis amigas. Pero tiene sus falencias. Bueno, la verdad es que la que tiene falencias soy yo. Verme repetidas veces en posts en los que sólo estaba allí por estar… Nada hay tan superficial que pueda ser arreglado con un like.

Me borré. Del avatar, del folder de medios. Porque a nadie le debería interesar verme la cara, si no me conoce, y la gente que me conoce, me puede ver la cara en vivo.

Se siente… como estar desarraigado. Delicioso. No es que nunca más vuelva a postear una foto. No creo tener esa fortaleza de carácter. Pero, por el momento, está bien. Guardé las mejores, las que sí marcan un momento importante, generalmente porque estoy con otra persona que me importa. Yo me puedo ver al espejo todos los días. No es la gran cosa. O sí. Eso es indiferente.

Un mundo aparte

Me han tocado dos reuniones del colegio seguidas. Es demasiada socialización con personas extrañas para mi gusto, pero lo hago (hasta mamá de grado he sido y repito este año). No es mi mayor destreza el compartir demasiado tiempo entre personas que me son ajenas. Pero lo hago.

Todos tenemos funciones favoritas de desempeño. Algunos nadan como peces en las aguas sociales de reuniones y trabajos en equipo y grupos.  Otros, necesitan un espacio de aislamiento, silencio, tranquilidad. No es una cosa mejor que la otra. Son diferentes.

La forma en la que se mueve la sociedad, sin embargo, pareciera que pone más valor en alguien completamente extrovertido y dispuesto a ser el alma de la fiesta. Los que se quedan viendo el baile desde las orillas seguro algo tienen malo. Cuando, perfectamente, pueden ser felices observando.

Ni siquiera somos siempre iguales. A veces queremos bulla y a veces queremos paz. El secreto es conocerse. En mi caso, paso mucho tiempo sin interactuar con más personas, me meto a redes sociales a ventilar algún pensamiento atrapado y, de repente, hablo como si me estuvieran pagando por palabra.

Me ha costado aceptar que yo no soy del todo sociable y que puedo perfectamente bien estar callada y no ser el centro de atención. Me canso. Y necesito estar conmigo.

Qué bueno que no hay tantas actividades en el colegio de los niños.

Los sueños rotos

Comenzamos la vida con el mundo abierto ante nosotros. Con cada paso, vamos tomando caminos que nos llevan en ciertas direcciones. Pareciera que esa posibilidades infinitas se van estrechando hasta dejarnos sólo tres opciones: avanzar, parar o retroceder. Una mala concepción del paso del tiempo, creo.

No quiero sonar ingenua. A ver, entiendo que a mi edad, no voy a participar en las Olimpiadas con mis katas. Les doblo, o más, la edad a los participantes. Tampoco ando en la década como para hacer ballet. (A parte que no me gusta.)

Tenemos sueños de infancia y juventud que se rompen cuando crecemos: amores eternos, carreras brillantes, iluminaciones celestiales, sabiduría infinita. Se rompen, porque son semillas.

Las semillas germinan y crecen y se convierten en árboles que dan frutos y semillas a su vez. No hay menos posibilidades, hay más. Simplemente son diferentes. Las expectativas de cariño y amor cambian y lo acompañan a uno hasta morir rodeados de cariño. Los éxitos se transforman en servicio hacia los demás y brillamos como humanos.

Romper nuestros sueños es vivir. Con todo lo que hacemos y somos. Sabiendo que aún necesitamos más, dándonos permiso para, a veces, ser menos.

En los últimos dos años, mi visión del orden de las cosas y mi capacidad de absorberlas, romperme y seguir, cambiaron drásticamente. Es el viento que atraviesa un campo de trigo, dándole una dirección nueva a las varillas. Es el mar abierto visto desde un barco diferente. Es una vida sacudida y vuelta a hacer.

Estoy rota. Y se siente como si fuera justo el momento para crecer.

No estaba preparada

Tengo un trabajo que me implica la vida: los dos niños que pasan casi el 100 por ciento de sus vidas. Dentro de la forma en que están divididas la casa, yo soy su proveedora principal de educación. Y, como ya lo he dicho antes, la cago. Seguido. Porque para personas las cosas cambian. Con ellos y conmigo. Me cuesta no explotar. No pretender que sean robotitos obedientes. Recordar que son niños, divertidos y molestones, no adultitos.

Es una tarea que no termina. Nunca. Y no, no estaba preparada. No lo estoy. Me dan ganas de salir corriendo y dejarle la pacaya alguien mejor preparado, con más sabiduría, mejor autocontrol.

Resulta que no se puede. Que le tengo que hacer ganas. Darme permiso de meter la pata y ahorrar para pagarles la terapia. Que me entiendan que los amo y que somos un equipo. Que me tengan confianza para hacer cosas que no entienden del todo.

No sé cómo hacerlo siempre bien. Por muchos libros que lea y experiencias que me compartan. Cada niño tiene un mapa diferente. Ni siquiera es mapa, es un árbol que crece y que necesita cosas distintas casi cada día.

Es muy probable que yo no llegue a ver los frutos de ese árbol. Sólo espero ayudar a que sus raíces sean fuertes.