Los sueños rotos

Comenzamos la vida con el mundo abierto ante nosotros. Con cada paso, vamos tomando caminos que nos llevan en ciertas direcciones. Pareciera que esa posibilidades infinitas se van estrechando hasta dejarnos sólo tres opciones: avanzar, parar o retroceder. Una mala concepción del paso del tiempo, creo.

No quiero sonar ingenua. A ver, entiendo que a mi edad, no voy a participar en las Olimpiadas con mis katas. Les doblo, o más, la edad a los participantes. Tampoco ando en la década como para hacer ballet. (A parte que no me gusta.)

Tenemos sueños de infancia y juventud que se rompen cuando crecemos: amores eternos, carreras brillantes, iluminaciones celestiales, sabiduría infinita. Se rompen, porque son semillas.

Las semillas germinan y crecen y se convierten en árboles que dan frutos y semillas a su vez. No hay menos posibilidades, hay más. Simplemente son diferentes. Las expectativas de cariño y amor cambian y lo acompañan a uno hasta morir rodeados de cariño. Los éxitos se transforman en servicio hacia los demás y brillamos como humanos.

Romper nuestros sueños es vivir. Con todo lo que hacemos y somos. Sabiendo que aún necesitamos más, dándonos permiso para, a veces, ser menos.

En los últimos dos años, mi visión del orden de las cosas y mi capacidad de absorberlas, romperme y seguir, cambiaron drásticamente. Es el viento que atraviesa un campo de trigo, dándole una dirección nueva a las varillas. Es el mar abierto visto desde un barco diferente. Es una vida sacudida y vuelta a hacer.

Estoy rota. Y se siente como si fuera justo el momento para crecer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.