El mismo libro no es igual

En un momento me quedé sin libros de papel. He leído muchísimo, pero no en físico. Ahora resulta que quiero mis libros favoritos en papel. En buenas ediciones. De estas grandes y pesadas que hay que acostar para que no se dañen. Entre ellos, el primero en mi lista es El Conde de Montecristo. Dumas es un genio en la maduración de sus personajes y la reinvención de Edmundo Dantés al mítico Conde es del todo maravillosa.

Los libros nos cambian. Imposible meterse una historia en la mente sin hacerla propia. Es como un pequeño laboratorio en el que perfectamente podemos ingresar ciertas condiciones y obtener un resultado. De alguna forma, consideramos si lo que hacen los personajes es lo que haríamos y eso también nos deja ir más allá de lo propio, lo inmediato.

Pero nunca volvemos a leer un libro igual. Porque esos mismos cambios nos hacen ver cosas que antes no considerábamos. La vida nos forma a dejar atrás ilusiones de relaciones absolutas. Aprendemos a amar con paciencia y aceptación.

Nos encontramos y nos volvemos a encontrar cuando releemos libros. Casi como si pudiéramos comparar dos fotografías de nuestro interior a través del tiempo.

Edmundo y su venganza, tal vez no me parezcan tan heróicas ahora. Puede ser que mire a un hombre triste y solo, con un vacío que pretende llenar de odio. O no. Yo no soy igual, él sí. Ya veremos.

La duda en la certeza

Acabo de leer que dudar nos hace avanzar. Porque es cuando no creemos todo lo que tenemos en frente, que decidimos ir a buscar. Buscamos certeza porque tenemos dudas.

Pareciera que vivimos en un constante pasar entre extremos. Llegamos a sentirnos cómodos en una creencia, el cerebro se siente satisfecho con algo que tenía como espinita, nos sentamos a contemplar la paz de algo conocido. Y no es suficiente. Porque comenzamos a encontrarle algo que le falta. Se cuela un vientecito de duda que se va transformando en una tormenta de incertidumbre. Allí vamos otra vez, sacando el velero y metiéndonos en mares revueltos, porque queremos llegar a la otra orilla.

Al menos así debería de ser. Quedarnos acampando en playas seguras es un poco aburrido. Tampoco es cuestión de zozobrar toda la vida, pero un poco de aventura no le cae mal a nadie.

Por otra parte, hay algunas cosas que deberíamos creer sin reservas: que somos suficientes, que valemos la vida entera, que podemos dar más. Lo que nos decimos de nosotros mismos le da forma a lo que buscamos allá afuera. El mundo se hace desde el interior, porque estamos equipados para cambiar lo que tenemos en el cerebro, por mucho que no podamos mover ni un poco el viento que nos rodea.

Así que, gracias por las dudas que me hacen avanzar y las certidumbres que me dan la fuerza para hacerlo.

No nos gusta y lo hacemos

Habiendo tantas cosas placenteras en la vida, esforzarse y sudar y privarse y perserverar suena a castigo. Todo parece estar condicionado a que paguemos por ello. No en dinero, eso sería demasiado fácil. En vida, en intención, en tiempo.

Y de eso sí nos cuesta desprendernos. Sabemos sin tener que analizarlo demasiado que cada pedazo de tiempo que pasamos haciendo algo, nos cuesta lo que no podemos recuperar jamás. Hasta que, a veces, nos quedamos paralizados ante una simple necesidad de escoger entre un restaurante y el otro. Porque cada decisión es un cruce y dejamos atrás todo el resto de nosotros que pudimos haber sido si hubiéramos tomado el otro camino.

Siempre existe el otro camino. Y siempre nos va a costar algo tomarlo o no. Y, todo lo que queremos, siempre nos va a requerir un esfuerzo. Porque queremos mucho, aunque sea una sola cosa. Hasta la paz pide el precio de la meditación.

Me pasa que a veces el peso de las cosas que quiero me cansa y el esfuerzo que hago es mayor a la recompensa. Como ahora que tuve unas cuantas semanas de desorden en mi dieta y estoy pagando apretadas las consecuencias. Pero lo hice consciente. Y ahora me toca volver a retomar un camino menos ancho. Menos mal porque no quiero comprar ropa nueva.