No estaba preparada

Tengo un trabajo que me implica la vida: los dos niños que pasan casi el 100 por ciento de sus vidas. Dentro de la forma en que están divididas la casa, yo soy su proveedora principal de educación. Y, como ya lo he dicho antes, la cago. Seguido. Porque para personas las cosas cambian. Con ellos y conmigo. Me cuesta no explotar. No pretender que sean robotitos obedientes. Recordar que son niños, divertidos y molestones, no adultitos.

Es una tarea que no termina. Nunca. Y no, no estaba preparada. No lo estoy. Me dan ganas de salir corriendo y dejarle la pacaya alguien mejor preparado, con más sabiduría, mejor autocontrol.

Resulta que no se puede. Que le tengo que hacer ganas. Darme permiso de meter la pata y ahorrar para pagarles la terapia. Que me entiendan que los amo y que somos un equipo. Que me tengan confianza para hacer cosas que no entienden del todo.

No sé cómo hacerlo siempre bien. Por muchos libros que lea y experiencias que me compartan. Cada niño tiene un mapa diferente. Ni siquiera es mapa, es un árbol que crece y que necesita cosas distintas casi cada día.

Es muy probable que yo no llegue a ver los frutos de ese árbol. Sólo espero ayudar a que sus raíces sean fuertes.

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