Hoy estaba revisando mi cuenta de Tuiter. Francamente me dio un poco de pena. He subido demasiadas fotos mías. Entiendo la necesidad que tenía en el momento en que lo hice, pero, ya no teniéndola, me parece excesivo. Todo. La exposición, el llamado de atención, la pobre y mal disimulada falta de llenar un vacío.
Las redes sociales nos permiten presentarnos en la mejor de las luces. O, al menos, en la que queremos. Así, cada uno tenemos un personaje. Algunos evolucionan, otros se quedan iguales. Al final del día, cada quien hace de su vida y su cuenta, lo que mejor le plazca.
A mí, estar en Tuiter y demás hierbas me ha servido para mucho más que postear selfies. Es un buen laboratorio de escritura concisa, un excelente lugar en dónde hacer tribu, he conocido personas maravillosas, principalmente mis amigas. Pero tiene sus falencias. Bueno, la verdad es que la que tiene falencias soy yo. Verme repetidas veces en posts en los que sólo estaba allí por estar… Nada hay tan superficial que pueda ser arreglado con un like.
Me borré. Del avatar, del folder de medios. Porque a nadie le debería interesar verme la cara, si no me conoce, y la gente que me conoce, me puede ver la cara en vivo.
Se siente… como estar desarraigado. Delicioso. No es que nunca más vuelva a postear una foto. No creo tener esa fortaleza de carácter. Pero, por el momento, está bien. Guardé las mejores, las que sí marcan un momento importante, generalmente porque estoy con otra persona que me importa. Yo me puedo ver al espejo todos los días. No es la gran cosa. O sí. Eso es indiferente.
