Las manos de mis hijos

El viernes caminaba con la niña, agarradas de la mano y de pronto me di cuenta que ya no se pierde su manita entre la mía. La pude apretar, sentir que me pesaba. Me dolió en esa forma dulce en que duelen los hijos cuando crecen. Esa niña era más pequeña que el antebrazo de su padre cuando nació y pesaba menos que mi gata. Al niño ni hablar. Ya me quedan sus zapatos y ni siquiera hemos entrado a la adolescencia.

La forma más evidente de medir el tiempo es en el crecimiento de los hijos. Uno a esta edad no se mira los cambios (a veces porque ya no mira bien) y puede creer que enero es igual a diciembre. Además, uno tiene la impresión que los hijos siguen siendo bebés. Los momentos de darnos cuenta golpean duro. Nos hacen detenernos un momento, aún en medio de la calle, para abrazar al cuerpecito que tenemos al lado y que todavía es pequeño.

Ya no tengo bebés, ya tampoco quiero. Me gusta verlos crecer. Pero no deja de cortarme el filo de la pérdida.

El último recurso

Nuestros hijos están siendo criados como cavernícolas. No tienen juegos de video, ni tablets (salvo el reader del niño), ni celulares y la tele tiene una ventana de media hora al día. Y no es que esté mejor que en otras casa que sí lo tienen. Es simplemente que así es en la casa donde les tocó crecer.

Yo crecí entre libros y «pen-pals» y teléfonos fijos y cenas en familia y una televisión en la casa. Entiendo perfectamente bien que la nostalgia es engañosa, pero tengo pocos parámetros de crianza de otra manera y, pues, creo que yo no salí tan mal.

Sin embargo, hay momentos para todo. Por ejemplo, ahora mismo que tenemos mucho tiempo para esperar, mi iPad es el último recurso de entretenimiento para mi pequeña de cinco años que aún no lee.

No pretendo dar ninguna lección de cómo educar niños. Apenas puedo con los míos. Sólo estoy terminando de pasar varios días  con un par de pulgos que les gusta estar con sus viejos, que se entretuvieron de lo lindo solos y que no lloraron de aburrimiento por no tener sus jueguitos.

Lo cual no quiere decir que presiento que tendré que arrancarles de las manos las tablets a ambos cuando termine el tiempo de espera.

¿Puedo renunciar?

El horario, la comida, el colegio, las actividades, la tele, las mascotas, la religión, los libros… La ropa, los juguetes, (la falta de) juegos electrónicos. El deporte, la música. Todo. Siento que soy responsable de absolutamente todo lo de mis hijos y que cae sobre mí cómo vayan a resultar de grandes. Y me dan ganas de salir corriendo.

Criar hijos no es como hacer un pastel. Seguir una receta es llevar a cabo una fórmula química que tiene resultados consistentes. No así educar personas. Primero, porque ya vienen con una programación propia y lo que funciona con uno, no funciona con el otro. Segundo, porque intervienen un montón de factores distintos que no están bajo el control de los papás, como el colegio y los amigos.

Difícilmente se puede tener a los niños en una burbuja para que no se «contaminen». Se arriesga uno a que, la primera vez que salen al mundo, se mueran de un catarro.

Los que tenemos el encargo de hacer personas de bien, vemos que implica mucho más de lo que habíamos pensado. Definitivamente no me imaginaba que iba a sufrir tanto con mocos y fiebres de otra gente.

Hoy estoy estresada. Verdaderamente no sé si lo estoy haciendo bien. Me dan ganas de salir corriendo. Pero luego recuerdo que los amo, que tengo la mejor de las intenciones, que tengo alguna medida de inteligencia y que no estoy sola. ¿Tal vez mi marido quiera intercambiar chance conmigo? ¿No?

El mundo se mueve


y uno se queda quieto, aparentemente sin cambio

y luego el tiempo te tira al suelo con los cumpleaños de tus hijos

con los primeros dientes que se le caen a una pingüina que apenas caminaba

con un aniversario de dos dígitos

con los zíppers que no cierran

con más experiencia y más comodidad dentro de la cabeza

con sentimientos menos violentos, pero más profundos

con una apertura a la vida y una negación a tomársela demasiado en serio.

El tiempo es el mayor de los magos y nos hace caer en sus trucos una y otra vez.

Mi hijo hoy cumple ocho años. Y yo aún recuerdo el peso de su cuerpo cuando habitaba en el mío.

¡Qué bueno que sí nos movemos!

Ayudar a sentir

Acabo de tener una de esas conversaciones con mi hijo de las que me hacen cuestionarme seriamente mi aptitud para ser mamá competente. Resulta que quiere regalar corazones para el Día del Cariño. Los quería comprar, pero le ofrecí que los podemos hacer juntos. Y allí estuvo el lío: dice el niño que no sabe recortar bien y que no le salen las cosas y (lo que me partió el corazón) y que le «da miedo arruinar las cosas.» Respiré profundamente.

Muchas veces nos paraliza ese miedo, hasta para las cosas que no podemos dejar de hacer sin dejar de vivir, como aprender cosas nuevas, tener relaciones exitosas, comenzar un trabajo. Queremos todo «perfecto», sin defectos y sin tener la responsabilidad de arruinarlo. Pero así no funciona el mundo. Las cosas se rompen, las relaciones tienen sus momentos difíciles, cometemos errores. Y seguimos viviendo. Con alguna cicatriz más por el trancazo que nos acabamos de dar. Con menos puntos en un examen. Con la oportunidad de tener un trabajo nuevo. Pero vivos. Y con experiencia invaluable.

Obviamente no puedo restarle importancia a cómo se está sintiendo mi enano. Pero sí le puedo transmitir que a mí lo que verdaderamente me importa es que lo intente y se esfuerze por hacerlo lo mejor que pueda y que siga adelante. Porque yo no voy a durarle toda la vida. Porque él tiene que poder hacer todo solo. Porque lo amo.

Así que, después de respirar, de decirle que siento mucho que se sienta así, le dije que de todos modos vamos a hacer los corazones, que él los va a recortar y que, tal vez después de recortar 20, ya le queden bien.

La verdadera fuerza

Una de las cosas que más me parten el corazón es ver cuando mis hijos me dibujan enojada. «Ala gran,» pienso con el corazón estrujado, «¿será que así me ven todo el tiempo?» No voy a negar que mi modo emocional de default es el ceño fruncido, la voz estridente y el gesto de mano severo. No es excusa, porque definitivamente me he instruido de otras fuentes, pero obvio esa es la forma en la que me criaron a mí.

El uso de la fuerza es sencillo. Las reglas inconmovibles son fáciles de dibujar y mucho más sencillas de mantener. Un trabajo con normas rígidas tiene poco grado de dificultad. Pero tampoco da mucha satisfacción. Si una relación no admite un cambio evolutivo, muere. ¿Quién no ha preferido ganar un argumento a pura alzada de voz que con poder de convencimiento?

Resulta que el árbol más fuerte no es el que es tan tieso que se rompe ante un viento fuerte, sino el que soporta la tormenta aún doblándose. De igual forma, de mamá, mis hijos no me hacen más caso porque les suba la voz. A veces parece contraproducente. Estoy aprendiendo a mantener la firmeza, pero soltando la rigidez. Si puedo hacer eso con el yoga, lo debo poder hacer con mis hijos. Y ya también ellos me están dibujando más frecuentemente con una sonrisa.

Soltar

El resultado de mi trabajo como mamá no lo veo. O por lo menos no cuando cuenta. Yo no estoy allí en el colegio con mis hijos, para llamarles la atención si se comportan mal con un amigo. No estoy cuando tienen la oportunidad de decir una mentira a una maestra. Tampoco voy a estar a su lado cuando estén en una fiesta y les ofrezcan drogas. O cuando, de adultos, puedan ser deshonestos, ladrones, aprovechados… Simplemente tengo que confiar (rezando hincada sobre maíz muchas veces), que ellos escojan ejercer los valores y seguir el ejemplo que les hemos tratado de dar con su papá. ¿Tienen idea de lo que me jode la existencia esa falta de control?

Y esa es la cuestión: se trata de control. Yo no tengo control total sobre mis hijos. Ni debería querer tenerlo. No tengo mascotas, tengo proyectos de adultos que tienen que poder desenvolverse solos en la vida. Eso se traduce en todo lo que hagan las demás personas con las que nos relacionamos. Somos amigos de la gente que confiamos que no nos va a meter la daga. Somos pareja de personas a las que (espero), no estamos vigilando para ver si nos queman el rancho o no. Compramos cosas creyendo que nos están dando lo que nos están ofreciendo.

El resultado es que soltamos nuestra desconfianza y terminamos aceptando que vivimos en sociedad. No siempre nos va bien con eso, pero el secreto es no regresar a donde se tropezó uno, sino seguir avanzando.

Poder dejar ir a mis hijos a casas de extraños, esperando que coman con la boca cerrada, digan «por favor» y «gracias», no rompan cosas y (si fuera necesario) se sepan defender, me quita a mí una carga inútil. No podría hacer nada si no están enfrente mío y pobres ellos si estuvieran todo el tiempo enfrente mío.

Estoy cansada

Ya llegué a ser tan adulta, que despierto más cansada de lo que me acuesto. Es una broma perenne esa de que uno sabe que ya creció, porque siempre tiene sueño. Y es cierto. Creo que antes mis vacaciones ideales involucraban parranda, paseos, parques. Ahora sólo quiero pasar de morsa en una silla cómoda y que la comida y bebida vengan a mí. A veces, hasta me da un poco de ganas eso de enfermarme para pasar en cama… Y es que yo no tengo las energías de mis hijos (no sé si alguna vez las tuve). Tengo que pelear con ellos para que hagan una siesta. Yo hago una siesta y no hay grúa que me levante de la cama.

Estoy tan ocupada, que encuentro más tiempo para hacer un montón de cosas que antes no podía. Es como si entendiera que tengo que aprovechar hasta el último minuto que vivo en la consciencia antes de cada noche. Mi horario lo guardo como un tacaño a su dinero y sólo lo gasto en lo que me es más importante. Cada hora robada a la noche (para dormir) es sopesada contra los beneficios que me pueda aportar. Si no compensa lo devastada que me levanto al día siguiente, la actividad no vale la pena. Y eso me parece excelente.

Poner prioridades claras ayuda a tener días más satisfactorios. Si logramos desechar de nuestro esquema lo que no compensa nuestro tiempo, logramos terminar cansados, pero contentos. Igual nos vamos a morir, mejor pasar viviendo lo que más nos gusta, con quienes más queremos. Hasta debemos tener espacio para no hacer nada, con nadie, para estar solitos. Aunque sean 15 minutos.

Anoche acompañé a Mario a una entrevista y regresamos tardísimo para mis estándares. Pero estuve con mi marido, comimos comida que no preparé yo, platicamos y estuvimos solos. Hoy estoy un poco más zombie que los de TWD, pero el recuerdo de anoche me paga el cansancio. Eso, y que sí hice siesta. Igual muero por mi cama.