Entendemos tan poco las cosas importantes,
que medimos la eternidad con el tiempo mismo del que carece,
el infinito en términos de espacios a los que les quita el borde,
el amor en cantidades.
Entendemos tan poco las cosas importantes,
que medimos la eternidad con el tiempo mismo del que carece,
el infinito en términos de espacios a los que les quita el borde,
el amor en cantidades.
Comenzamos el día haciendo un recuento de las cosas que los niños han dejado olvidadas en el colegio. Digamos que no les alcanza su mesada para pagar hasta los tenis que han perdido. Me toca hacer consciencia. Me toca no dejarlos llevar suéter que no es del uniforme. Me toca recordar que no se habla con la boca llena. Me toca exigir que no se saquen la yo entre ellos. Me toca ser la tóxica.
Aprendemos a base de repetición. Todo. Hasta a caminar. Porque podremos «saber» las cosas, pero no las sabemos hacer. ¿Han tratado de cantar? Como si uno no usara la voz todos los días. Resulta que hasta eso hay que practicar.
Los hábitos se nos vuelven nuestras realidades. No sonreír, fruncir el ceño, bajar las comisuras de la boca en una mueca de desagrado. Poco a poco nos vemos como sapos ponzoñosos. Y se nos olvida el último día en el que fuimos felices.
Tal vez por eso me esfuerzo por encontrar a los niños en el bus con una sonrisa, preguntarles al almuerzo si se la pasaron bien, tenerles comida que les guste. Aunque se me vaya la amabilidad por un caño a la primera conversación llena de pasta en la boca.
Cuando mi marido cumplió 35 años, le pedí a mis suegros favor de hacerle fiesta en su casa y yo cociné (hamburguesas, quedaron ricas). El año que cumplió 40, me pasé haciendo cosas para su piñata (sí, piñata de superhéroes) nueve meses antes. Tengo la ¿mala? costumbre de no conocer grises y colores, sólo blanco y negro.
Uno nace sabiendo recibir. Eso es fácil. Parte de la inteligencia emocional es aprender a dar. Y uno da lo que le es natural.
El problema es cuando uno sólo sabe dar de una forma y eso no se recibe por parte del destinatario. Es como escribir la carta de amor más conmovedora de la historia, en un idioma que el otro no entiende.
Aprender a hablar varios idiomas emocionales es una de las claves del éxito en la vida. Si uno entiende que no a todo el mundo le gustan los masajes en los pies, pues no anda como enajenado queriendo quitarle los zapatos a todos los seres humanos que se cruzan en la vida.
Dar, de forma que agrademos. Es un aprendizaje que no siempre es intuitivo. Como en todo, nuestra referencia somos nosotros mismos y cuesta ajustar ese punto miope de vista.
Toda mi vida he sido una especie de «loba solitaria». Ser hija única, con escasas habilidades sociales y casi nula inteligencia emocional, no era el set de cualidades que hacen fácil hacer amigas. Lo suplí teniendo novio desde los 14 años, el cuál me duró todo el resto del colegio. Y así. Amigas mujeres fueron pocas o nulas.
Por alguna razón, se tiene un concepto de las relaciones que sostienen las mujeres entre sí como altamente tóxicas. Llenas de pequeñas intrigas, resentimientos y competencias mezquinas, pareciera que somos incapaces de querernos y ser fieles.
Cosa más estúpida. ¿Quién mejor que otra mujer va a poder entender todas esas pequeñas y grandes cosas que le suceden a uno, desde un cólico menstrual, hasta un pezón partido por dar de mamar y tantas otras cosas fisiológicas similares. Ni qué hablar de la forma de sentir, de enamorarnos, de desear.
Tener amigas que lo quieran a uno por ser uno es un tesoro invaluable. Pocas veces hay un apoyo tan incondicional como el que se siente entre un grupo de mujeres que verdaderamente ha hecho amistad. Y si se logra compartir más que un simple «café», esas relaciones son parte de la estructura de la sanidad mental.
Aprender a hacerme una familia de amigas y serles fiel, es de lo mejor que me ha dejado el paso del tiempo. Las llevo en mi corazón y me hacen ser una mejor y más verdadera yo.
Este fin de semana mi hijo mayor (8 años) ha estado un poco «pegoste». Por alguna razón se me pega y quiere llamar mi atención. Y no de alguna forma agradable: pelea con la hermana, se para en mi pie lastimado, me habla con la boca llena… Y contagia a la otra (5 años) hasta que terminan ambos castigados. Encerrados en su cuarto, los oigo jugar felices de la vida y me río por dentro.
Mis hijos no me necesitan. Saben vestirse solos, encuentran comida en la refri, hacen sus deberes sin ayuda… Soy completamente remplazable en sus vidas. Y eso me hace feliz. Yo no quiero que me necesiten. Quiero que me aprecien y quieran estar conmigo, pero que también puedan estar consigo mismos.
Entiendo que ser independiente da ansiedad. A veces a mí también me gustaría que alguien más tomara todas mis decisiones. Hasta que me recuerdo que probablemente no me guste lo que me escojan y se me pasa. Entiendo que vivir en sociedad es estar en una red de interacción y que necesitamos de todos. No pretendo tener un huerto (se me mueren hasta las malas hierbas), ni una vaca, ni pollitos. Pero busco colaboración, no esclavitud, sobre todo la emocional, de esa que da satisfacción cuando se tiene y no ansiedad cuando no.
Creo que a mi hijo le está dando miedo dejarme ir. Y ni modo. Pero también tendrá que entender que no puede llamar mi atención de forma negativa. O va a pasar todas las vacaciones en su cuarto.
Eres abierto y firme y plano
Yo soy oculta y suave y redonda
Seco, alto, angular
Húmeda, baja, curva
Te miro y te muestras
Me miras y me escondo
Y juntos somos fuertes, vulnerables y nos volvemos uno.
Supongo que todos, sin depender de nuestras convicciones religiosas, hemos escuchado alguna vez el pasaje del amor en el que dice cómo es. Que si es servicial, que si todo lo aguanta. Que si es paciente, no se enoja, todo lo puede. Que si es más fuerte que cualquier otra cosa.
Los griegos distinguían entre el «eros» y el «agape». El primero describe ese sentimiento que existe entre una pareja, que podríamos describir como pasión. El segundo es ese ideal de fraternidad en el que debemos vivir como humanos. «Quiere a tu prójimo como a ti mismo.» «Trata a los demás como te gustara que te trataran.»
Las relaciones interpersonales, esas que son uno-a-uno, necesariamente tienen condiciones y límites. Es parte de establecer una buena convivencia, de mantener el respeto, de conservar la admiración. Pretender que alguien al que maltratan tiene que seguir amando al otro, porque «el amor nunca pasará», no sólo es ingenuo, sino injusto. Pero, lo que no se puede perder jamás es el amor general por la humanidad. Por ese amor uno tiene hijos y los cría para ser personas de bien. Por ese amor uno se mejora a sí mismo. Por ese amor hay avances e inventos y progreso. Si perdemos ese amor, mejor nos retiramos de la sociedad. Apaga y vámonos.
Yo no amo incondicionalmente ni a mis hijos. Los amo precisamente por eso, porque son hijos míos, esa es la condición.
A tratarme como trato a mis amigas.
A tomarme el mundo menos en serio.
A comer mejor y moverme más.
A vestirme para gustarme.
A escuchar con más atención.
Pero, lo más importante, es que aprendí a aceptar que merezco que me ame.
otra vez y varias veces y todas las que sean
cuando cambies de ideas, cuando busques otras pasiones, cuando mudes de habilidades
te conocería de nuevo, para aprenderte, para apreciarte
lo haría mil veces, porque lo hago todos los días
y me doy cuenta que cada vez que cambias, de todos modos allí estás, porque te conozco
Creo que nunca he armado un rompecabezas de muchas piezas. Me llama la atención, pero entre tantas otras cosas qué hacer, no le he hecho tiempo. Y es que me parece muy simpático cómo se arma un cuadro armónico de un montón de figuritas que pareciera no tienen nada qué ver entre sí. Todas son distintas, pero todas tienen un orden específico. Incluso algunas pareciera que casi cazaran, casi, pero no. Uno tiene que encontrar la exacta.
Algo así pasa en las relaciones. Ni se puede uno buscar a alguien igual, porque no tiene la menor gracia, ni tan distinto que no haya enganche. Lo triste es cuando uno prueba y prueba y prueba, sin fijarse más o menos las características generales de lo que uno necesita. Lo trágico es cuando uno se conforma con alguien con quien casi encaja. En esos espacios que dejan los «casis» es que se forman los barrancos que se tragan las relaciones.
Estar con alguien, en cualquier capacidad, hasta para buscar el colegio de los hijos, implica un grado de afinidad que permita que existan diferencias, pero que ésas no provoquen un total desfase. Más aún con la gente con la que uno convive.
Al final del día, cada pieza que uno agrega, se suma al cuadro final de nuestras vidas. En uno está que el resultado no sea un mamarracho.