Nuestras vidas son dos círculos que crecen con el tiempo.
Hay un espacio de convergencia entre los dos, en donde nos compartimos.
Me gusta estar allí.
Nuestras vidas son dos círculos que crecen con el tiempo.
Hay un espacio de convergencia entre los dos, en donde nos compartimos.
Me gusta estar allí.
quiero hacer falta, pero no por necesidad
que duela mi ausencia, pero no por dejar cosas inconclusas
que me encuentren en sus hijos y que eso no les preocupe
que cocinen a su gusto y recuerden con felicidad la comida que yo les hacía
cuando me vaya quiero dejar un espacio, no vacío, sino lleno de amor, recuerdos de risas y círculos cerrados
Cuando no te sacaron a bailar.
Cuando perdiste a un ser querido.
Cuando te equivocaste y pediste perdón.
Cuando te hace falta algo.
¿Te dolió? Te felicito. Eres humano y tienes corazón. Bienvenido a la humanidad.
Hacer las cosas que te gustan, cuando te pierdes en el momento. Te quedas allí parado, con esa gracia casi felina que hace que salte cada vez que te me acercas por detrás sin hacer ruido.
Jugar con tus hijos, alentándolos a mejorar y a esforzarse y a pasársela bien. Y ellos se te pegan cual hierro al imán, atraídos por el amor que les das, confiados que tienen un padre a quién admirar.
Dar opiniones acerca de las cosas que dominas a la perfección, sin pretenciones petulantes, pero no por eso menos contundentemente. Despliegas un talento para decirle a la gente que está equivocada y que te lo agradezcan.
Pero, sobre todo, el placer de verte dormir a mi lado, con la cara completamente relajada, quitada de años. Saber que, en esos momentos callados, tú estás en paz porque estamos juntos, sin importar lo que nos cansó ese día y lo que nos tendrá corriendo al día siguiente. Y, a veces, a media noche abres los ojos y nos vemos hasta volvernos a dormir.
Detesto los matamoscas. Me parecen asquerosos. Además que no soy muy buena usándolos. Pero detesto más las moscas (mi mamá, quien era la dama con el vocabulario más limpio sobre esta tierra, decía «moscas putas»). Y he tratado de aniquilarlas de otras formas: zapatos no, porque empujan aire y la desgraciada sale volando. Insecticidas en spray tampoco, porque se van antes que les caiga el veneno. Las lucecitas esas que las achicharran me dan ñáñaras. Y ni me mencionen los tapes en los que se quedan pegadas. Wá-ca-la. Entonces no queda de otra que tener un matamoscas. Recientemente perdí el de la casa y estuve meses buscando otro en el súper. Cada vez regresaba decepcionada, porque había pasado por el pasillo donde debería existir ese artefacto y nada. Resulta que sí había, sólo que no en la forma en la que yo me recordaba que existían.
Muchas veces nos quedamos tan trabados con la imagen de algo que queremos que podemos pasar al lado de lo mismo, en otra forma y no reconocerlo. Pasa cuando nos cambian el empaque de un producto. Cuando se cambia de lugar nuestro restaurante favorito. Para ejemplos un poco más trascendentes, pasa con conceptos como el amor y el éxito. Todos tenemos una idea de cómo se tienen qué vivir ambos y, como estamos casados con una imagen rígida, no sabemos que los tenemos hasta muy tarde.
El amor no es como nos lo pintaban los cuentos de hadas, pero sí es. El éxito no es como en los anuncios, pero sí existe. Queda en cada uno reajustar ese retrato a lo que existe en la realidad, lo cual no es lo mismo que conformarse. Es saber reconocer la esencia y tomarla en cuanto está cerca.
Ya no hacen (o por lo menos ya no los venden en el súper al que voy) los típicos matamoscas cuadrados. Ahora son en forma de manita. Pero igual son matamoscas. Compré cuatro.
No es que te devuelvan el corazón hecho pedazos,
es que se lo queden para siempre.
No es que no puedas vivir sin ellos,
es que no vas a querer hacerlo.
No es que te hagan sufrir,
es que te hacen más feliz.
No es que engañen,
es que te cumplan.
El amor es el arma más peligrosa, no porque mate, sino porque te hace vivir.
Una vez lo pruebas, sabes que no hay otra forma de ser humano.
El amor te atrapa sin amarrarte.
Y, en esa permanencia voluntaria, estás más libre que estando fuera.
Horas llenas de cansansio que llenamos de sueño.
Los niños ya no son parte de la rutina.
Tu peso en mi cama me recuerda que eres real y que estoy viviendo mi fantasía.
Hay gatos por todas partes.
La tele ya no nos entretiene.
Oraciones y buenas noches.
Pants y t-shirts, por aquello de los temblores.
Han sido tantas ya, que ya no recuerdo dormir sola.
La cama grande para que quepas.
La venta abierta, cerrada, abierta, cerrada, no puedo dormir con el ruido, no puedo dormir por el calor, la ventana a medias.
La rutina.
La rutina que nunca es suficiente para esconder que allí estás tú.
El cansansio que no borra las ganas.
Los gatos que salen y se cierra la puerta.
Los pants y t-shirt que igual se quitan, los temblores los hacemos nosotros.
Las horas que ahora están llenas de posibilidades y posiciones.
Y el sueño que nos termina de acompañar.