Quisiera poder

Hay muchísimas cosas que me gustaría poder hacer. Algunas de ellas están completamente a mi alcance, como aprender a tocar el piano (sólo es cuestión de conseguir el instrumento), aprender bien el italiano (para eso está Duolinguo), o cambiar de cinta en el karate. Otras, no. No puedo, a estas alturas del partido, salir en la portada de la edición de trajes de baño de la Sports Illustrated, por ejemplo. Ni tampoco, realísticamente, tomarme un año sabático de mi vida y salir a recorrer el mundo con una mochila. Simplemente ya me pasó el momento.

Hay muchas cosas que están a nuestro alcance y que sólo requieren de nuestra inversión: tiempo. Tal vez comenzamos más tarde de lo que se considera como «ideal», pero eso no nos debe impedir intentarlo. O sea, mientras más tiempo dejamos pasar para empezarlas, más tiempo estamos dejando de lograrlas. Me parece un poco triste que la gente crea que las páginas que tiene acumuladas del calendario son una montaña que no pueden escalar. Y se quedan abajo, tristes, sin darse cuenta que es sólo cuestión de comenzar a caminar. No siempre llegaremos a la cima, pero de la mitad de la montaña ya se tiene una bonita vista.

Las cosas que me quedan por hacer no se miden tanto en logros externos. Quisiera ser mejor madre, más sabia, menos complicada. Quisiera ser mejor persona, menos agria, más empática. Quisiera ser mejor pareja, menos egoísta, más amorosa. Todas esas son cualidades en las que debo trabajar, como si estuviera aprendiendo a tocar el piano. Es bueno, porque puedo mejorar. No tan bueno porque me queda mucho por hacer. Menos mal que me queda el resto de mi vida.

Alta toxicidad

Muchas veces he hecho cosas motivada por un sentimiento negativo. Ser la mejor de un grupo que me molestaba, perder peso y estar en forma para contradecir a los que me llamaban gorda, irme de la casa de mis papás por sentirme agobiada. El resultado de muchas de esas cosas no sólo fue positivo, sino que conservo muchos de los buenos hábitos que adquirí para obtenerlos. Lo que me ha costado muchísimo es dejar atrás todas esas emociones corrosivas que me impulsaron en un inicio.

Las ideas, ideales, valores, todas esas cosas racionales, nos dan una meta hacia donde llegar. Pero lo que nos impulsa para obtenerla son nuestras emociones. Lamentablemente, consideramos los sentimientos casi como gnomos fantásticos difíciles de entender e imposibles de gobernar. Y nos montamos en el que tengamos más a mano para que nos sirva de combustible y nos llegue a donde queremos.

Pero no todo lo que nos mueve es igual de bueno. Los desperdicios nucleares generan calor igual que un madero ardiendo, pero cómo queda uno al final de usarlos son otros veinte pesos. Pasa lo mismo con lo que uno siente. Lograr un objetivo gracias a una necesidad de vengarse, o al enojo nos ayuda a impulsarnos. Pero resultamos cruzando la línea final sin sentirnos totalmente satisfechos.

Es mejor usar emociones que nos llenen por sí mismas y eso sólo se logra poniéndoles más atención que a las otras. Cuesta, porque el enojo ladra más fuerte que la felicidad, pero igual así muerde.

Ahora trato de dejarme llenar de emociones que me alimenten, porque hay dos gnomos de verdad en mi casa que modelan sus sentimientos según los míos. No hay motivación más positiva que esa.

Reconocimiento

Hay temas que me engasan. Como el de para quién se hace el arte. Muchos dicen que es sólo para el propio artista, que la opinión de un público que no está dentro del proceso creativo, es irrelevante. Parada frente a un cuadro de Pollock, es fácil pensar que a Mr. Jackson le valía un pito la opinión del observador. Pero luego están los renacentistas (Leonardo, Miguel Ángel, etc.) que eran mantenidos por familias ricas quienes les daban casa, comida, patrocinio, etc., con tal que pintaran cuadros porque les gustaban. O sea: ser punk está muy bien, hasta que hay que pagar el súper.

La creación conlleva un paso de presentación. Uno no tiene un hijo para esconderlo, al contrario, lo saca y lo enseña orgullosamente al mundo, ya que él haga su propia huella. Algo así podría pensar uno que es cualquier otra cosa. El ejemplo más obvio de querer que un tipo de arte sea apreciado es la comida: nadie cocina para que a la gente no le guste. Pero ni unos huevos. ¿Por qué va a ser diferente con un cuadro, una novela, una canción? Podremos hacerlos para un grupo reducido de gente, obvio no a todo el mundo le va a gustar un plato de lenguas de golondrina (existe, créanme). Pero a más de alguien le entusiasmará y allí encontramos un reconocimiento externo, que tal vez no era nuestra meta principal, pero que se siente bien.

Y allí está el punto. Uno hace las cosas porque las tiene que sacar (¿o qué, ustedes creen que las confesadas que a veces me echo por aquí son todas agradables?). Y las crea para que sean auténticas, para que tengan vida propia y, sobre todo, para que ya no lo posean a uno. Esa es la meta principal. Una vez se exorciza una idea, ya se puede compartir. Y se siente muy bien saber que a más de alguno le resuenan las cosas que le rondan a uno por el cerebro. Yo tal vez no me sentiré fascinada por los lienzos violentos de Kandinsky, pero los aprecio. Dudo que, si se hubiera enterado, le importara demasiado. Pero sí un poco.

La guía está afuera

Me encantan los gatos. La forma en la que se mueven, sigilosa, poderosa, su suavidad y agilidad, todo me parece precioso. Me encantaría parecerme a un gato. Pero creo que me parezco más a una paloma. No precisamente por la forma del cuerpo (espero), sino porque yo también me inflo con el arroz. Es una desgracia, no me puedo comer ni un rollo de sushi sin sentir que exploto. Otra cosa en la que me parezco es que, casi siempre, encuentro el Norte sin necesidad de una brújula. Es como que tuviera mi propio sistema de navegación interno. Lo cual me sirve para lo mismo que nada, porque no es como que yo vaya a emigrar a ninguna parte.

Y resulta muy simpático porque todo lo que nos sirve de guía en nuestras vidas, queda fuera de nosotros: un faro, el Norte magnético, una estrella, el sol, la luna… Todo eso es externo y durante toda nuestra existencia nos hemos dejado conducir por esos puntos inamovibles. En nuestra modernidad usamos satélites, pero al final es lo mismo. Igual en nuestras vidas. Muy difícil mantener un rumbo si sólo nos dejamos llevar por lo que tenemos dentro. Para todas las travesías grandes necesitamos algo que quede más allá nuestro, que nos sirva de motivación, de horizonte, de punto fijo. Puede ser el deseo de cumplir una meta, o un valor al cuál nos queremos apegar, el ejemplo de una persona o hasta el simple amor que quiere merecerse.

No se ha logrado nada grande en el mundo sin un objeto fijo a qué llegar. Y resulta muy importante conocer cuál es el que rige nuestras vidas, para no decepcionarnos cuando al fin llegamos a donde está. El mío es una vejez disfrutada en la mejor salud posible, al lado del hombre con el que mantuve creciendo un buen amor y unos hijos convertidos en personas de bien y con un Norte propio. Probablemente seguiré sin poder comer sushi. No se puede todo en esta vida.