Buscar Compañía

Las que hemos estado embarazadas sabemos que no hay conexión más cercana que la que se forma biológica, emocional y químicamente con esa persona que se lleva dentro. Hasta al nivel genético, el trayecto del óvulo fecundado a través de las trompas de falopio al útero transcurre en un intercambio de información. El resultado es que llevamos genes de nuestros hijos incrustados en nuestro adn, aunque sea a un nivel minúsculo. La experiencia nos transforma el cuerpo, la oxitocina nos recablea las neuronas y la experiencia nos da canas, arrugas y satisfacción.

Lo que no da la maternidad es compañía. Porque la relación entre padres e hijos no tiene ese propósito. Uno con los cuates bromea, tiene experiencias formativas en común, no moldea, corrige, forma. Que es lo que debería poder hacerse con los hijos, claro que con cariño, buen trato, pero nunca amistosidad.

Yo no puedo pelotear mis confusiones existenciales con mi niño de 7 años. Por lo menos no todavía. No sería justo para él. Tiene derecho a ser hijo y a escoger a sus cuates y que esos dos mundos estén separados.

Tuve una experiencia diferente con mi mamá, con resultados contradictorios y no del todo positivos. Fue hasta su muerte que yo sentí la necesidad de hacer amigas, y menos mal que lo pude hacer.

La cercanía no implica compañía y espero brindarles la suficiente independencia a mis hijos para que encuentren su propia tribu y además les guste regresar a mi casa. Porque, aunque no sean mis amigos, siempre serán parte de mí.

El Rótulo Que Llevamos

Hay una expresión en inglés para describir cierto tipo de cara: “resting-bitch-face”. La pueden haber acuñado viéndome. Mis facciones en su estado de reposo se alinean para decirle al mundo que no se acerque porque muerdo. Tal vez por eso nadie me sacaba a bailar en las fiestas.

Compenso con una sonrisa fácil y cejas tan animadas que mi papá me decía “Don Roque” por un famoso muñeco de ventrílocuo. Sobre todo con mis hijos, me bajo el rótulo natural y dulcifico mi expresión hasta donde puedo.

Todas las personas llevan pintada su vida en la cara. Incluso, sus sentimientos, hábitos y pensamientos moldean las facciones para revelar el interior. Hay vicios que transforman en sapos hasta la cara más agraciada y virtudes que embellecen el rostro más desafortunado. Los ojos son más bonitos con una mirada inteligente, que con el mejor maquillaje. Valen más las arrugas marcadas por la risa que la boca torcida hacia abajo.

Aprender el estado natural de mi cara me da la opción de contrarrestarlo, porque no siempre quiero mantener alejado al mundo. Me ayuda a suplir carencias naturales de mi carácter. Y a subir el rótulo de “no molestar” cuando me conviene.

Ser, Haciendo

Salvo por el hecho de ser seres humanos, nuestra autodefinición poco depende de lo que somos. Tintes de pelo, decolorantes de piel, pupilentes, implantes, tacones y hasta cirugías de reasignación de sexo, todo en nuestra modernidad nos permite cambiar lo externo. Decir que soy “rubia, de ojos azules, delgada, 38 años” es sólo una descripción de lo externo, efímero.

La verdadera forma de demostrar nuestra esencia es precisamente ésa: demostrarla. Así yo, que soy profundamente haragana, me obligo a actuar de forma diligente, porque valoro más el fruto de mi esfuerzo al placer de huevonear. Decirle a un hijo que “es inteligente” le niega el mérito del estudio. Calificar a alguien de “bueno” le hace corto circuito a su consciencia si tiene un impulso que se salga de su concepto de lo moral.

Me interesa más la efectividad demostrada en la conclusión de una tarea, que en la habilidad no ejercitada.

El paso de los años va a borrar sin duda la mayor parte de mis características exteriores, pero espero conseguir continuar demostrando lo que soy.

La Vida En Tinta

El primero fue a los 27 años, estratégicamente situado para sentir la menor cantidad posible de dolor. Un cliché en negro, con alas y garras, muy a un estilo que ya no se usa. Me lo hice en la cadera derecha en vez de el estómago, pensando que cuando tuviera hijos no quería un dinosaurio. Y sigue siendo el que me identifica a mí misma.

Creo que los siguientes fueron los que se posan sobre la cicatriz de la cesárea, uno en el celeste de los ojos de mi hijo y el otro un cisne en morado por la niña que nació con los ojos color jacaranda.

Los que rodean mis costados me recuerdan la forma en la que siento el amor de Dios. Supongo que es adecuado que hayan sido los más dolorosos.

Una rosa en la espalda, que luego tuvo dos retoños me devuelve un poema adolescente que hicimos realidad después de muchos desencuentros.

Un infinito abierto y la mitad de un corazón en la muñeca izquierda le hace juego a un dibujo en una muñeca derecha. Se juntan cuando nos tomamos de la mano. Se cierran. Cazan. Se complementan.

Los de los ojos fueron simple conveniencia: ante una alergia severa al maquillaje, el delineado permanente es una buena solución. Supongo que ésos no cuentan porque son de vieja fufa.

El del tobillo fue un regalo de mí para mí en mi cumpleaños, en conspiración con mi dentista que es lo máximo y me puso anestecia. Una acuarela atravesada por trazos caligráficos en negro. Suavidad subrayada que me hace pensar en mi mamá.

El último, los tulipanes sobre mi hombro izquierdo, son por cómo me ve él: aparentemente delicados, esas flores salen en medio de la nieve, soportando los peores climas.

Tengo una vida escrita en tinta. Siempre digo que el último fue el último. El problema es que sigo viviendo.

Los Pequeños Momentos

Me he topado con un dilema enorme en mi situación actual: mi remuneración es completamente intangible. Porque antes era muy fácil cuantificar el resultado de mi esfuerzo: unos honorarios, un bono, etc. Ahora… Tengo dos jefecitos que requieren mi atención 24/7 y no veo por dónde reciba yo un sueldo en moneda contante.

Y es que los frutos de mi esfuerzo no los puedo medir en números. No tienen idea de lo que me cuesta, aún ahora, asignarle un valor a mis ocupaciones diarias después de haber trabajado desde los 20 años y haber mantenido familia, papás enfermos y casa en diferentes ocasiones.

No me ha faltado la pregunta de: “¿y usted qué está haciendo ahora? ¿En dónde trabaja?” Todavía me da un poco de penita responder que no “trabajo” en ninguna parte y siento la necesidad de justificar el criar a mis hijos “porque no hay nadie más que los cuide.”

Y luego están esos momentos que justifican todo:  los jeans de hace 5 años, las fachas diarias, las noches en vela, la falta de un oficio productivo. Está el recuerdo de una manita sobre mi mejilla en una de las múltiples dadas de mamar a media noche. Hay una felicitación de una profesora. Está la sonrisa torcida de la niña que quiere ser como yo.

Mi día a día no lo puedo cuantificar. Me encantaría una medida tangible, o, al menos, liberarme del sentimiento de ser un miembro no productivo de la sociedad, esa espinita que me mete un poco de veneno y me hace sentirme “desperdiciada”. Han pasado 7 años y eso sigue allí. Pero también ellos están creciendo y dando frutos que, si lo miro desapasionadamente, sobrepasan con creces todo lo demás.

Para Qué Hacer Las Cosas Fáciles

Cada vez que me meto en una situación complicada, por mi propio gusto, me dan ganas de patearme. Pareciera que buscara hacerme la vida más difícil. Y ahora no es nada a comparación de hace unos 15 años. Allí sí estaba lleno mi clóset de camisas de once varas.

Dentro de la filosofía existe la “Ley de la Parsimonia”, Occam’s Razor en inglés: la explicación más sencilla es generalmente la cierta. O sea, si en una casa común y corriente me sirven un muslo de ave, debo asumir que es de pollo, no de gallina caquera de Guinea. Lamentablemente, como muchos principios filosóficos útiles, nos lucimos en buscar la zebra entre un potrero.

Las relaciones humanas tienen de por sí un grado de dificultad que debería captar nuestra atención. Pero la gana de incluir obstáculos adicionales al estilo de “El Juego de laOca” es tan notoria que sirve de alimento de incontables poemas, novelas, telenovelas y juicios por homicidio.

Mi papá decía que todas las cosas tienen modo y que ése generalmente es “suavecito” (lo puedo escuchar alargando la iiii). Después de pasar poniéndole flotadores durante 7 años a una relación que yo misma hundía, al fin hice caso. Desde entonces, no es que no me complique de vez en cuando la vida, pero hago limpieza de armario más seguido.

Cuando No Hay Nada Qué Ganar

Últimamente, entrar a un elevador no es sólo un voluntariado para estudio de claustrofobias. Si está en centros comerciales, no importa qué categoría tengan, se vuelve una mezcla entre gente desbordando, desesperados suspendidos del sentido común que no entienden el simple principio de la física que enuncia que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio a la vez, y el que tiene complejo de brocha de camioneta e insiste en calzarse dentro del último centímetro libre. Supongo que todavía llevamos resabios prehistóricos necesitados de batallas físicas.

Intente usted, entre todo esto, recibir una respuesta al “buenas tardes” machacado por mi madre hasta mi tuétano y que se escapa de mi boca como la exhalación. De las 20 sardinas humanas, es posible que le respondan dos. Con suerte. Y eso que el chapín es amable.

El anonimato de nuestra sociedad moderna nos permite demostrar nuestro respeto (o falta de él) hacia el prójimo de una manera más auténtica. Antes uno iba a jugar a casa de un amigo y no faltaba la mamá que decía que lo dejaba a uno “con todo y nalgas”. Ahora, los restaurantes y demás lugares públicos con juegos pululan con trogloditas en miniatura que corren desaforidos sin tener supervisión paterna aparente. Me intriga si los avatares que se disparan insultos y trolleadas se atreverían a hacerlo de frente. Lo dudo. Y no hablemos del conductor energúmeno que cambia el semblante si uno baja el vidrio y le mira la carita.

Tener lo que antes se llamaba urbanidad es, creo yo, el pegamento de una sociedad exitosa. Y se demuestra aún mejor donde no se gana nada más que la satisafacción de poner en práctica las buenas enseñanzas de la mamá.

Sentirme Culpable

Resulta que la culpa es una excelente herramienta para generar conductas deseadas. Sobre todo si va de la mano de la vergüenza. Sino, pregúntenle a cualquier madre competente.

El problema viene cuando se convierte en el compañero de viaje constante. Es algo que siento cuando no estoy haciendo nada “útil” por ejemplo, como si la vida no tuviera valor sin llenar hasta el último espacio. O cuando como algo nada saludable. También cuando pasan algunos días sin poder ejercitarme. El recuerdo de mis padres todavía me deja un sabor  amargo, porque no estoy segura de haber hecho todo lo que debía hacer por ellos.

Como con todo, la culpa tiene dos aspectos opuestos, pero igualmente válidos. Sin ella, la consciencia no tendría voz. Pero si abunda, es un seguro agujero negro.

Habrá que aprender a utilizarla para lograr alejarme de cosas que no quiero, pero no dejarme aplastar bajo un peso insoportable. Si alguno de ustedes tiene la fórmula, por favor, rólenla.

Has Sido Tú

Muy pocas relaciones de esas apasionadas al límite de la adolescencia duran más de la revolcada para quitarse la calentura. Lo que une a muchos es la química que queda en el cerebro después de la avalancha de endorfinas y otras vainas que se liberan con el placer. Nuestras neuronas nos dicen que hay intimidad emocional con una persona con la que apenas si hubo roce físico.

Luego están esas relaciones que suenan perfectas en papel, pero que no encienden ni una chispa de canchinflín, mucho menos las brasas del deseo (chalagrán). De allí una alta densidad poblacional en la despreciable Friendzone.

Y después está esa conjugación astral que parece casi mágica, poco menos que imposible. La que le enseña a uno a apreciar las letras ridículas de las canciones de Camilo Sesto y a tener discusiones filosóficas con la misma persona. La que le permite a uno enseñarse completamente desnudo, sin temor a ser juzgado, pero que todavía conserva la ilusión de mostrarse ante el otro con los mismos nervios de la primera vez. Cuando uno procrea para verse mezclado con el otro, pero espera que la progenie se largue a los 25 para quedarse solos de nuevo. Es conocerse hasta el pensamiento y descubrir nuevas cosas que admirar.

También es hacerse equipo sin perder la independencia. Discutir y pelear y dejarse de hablar, sin perder el respeto. Es ceder sin ponerse de alfombra.

Es poder identificarse con el “has sido tú” de Hombres G y los mordiscos, pero también con el cursi del “amor de mi vida”.

 

 

La Competencia

Cuando platico con mis amigos digo muchas tonterías, como que yo no podría salir con otra mujer, porque no soportaría que nos compararan y estuviera más bonita que yo. No sé si es cuestión de género, o de diseño personal, pero yo si he vivido como si tuviera que ganar siempre.

Peor que eso, lamentablemente me ha costado muchísimo sacarme la mentalidad de suma cero. Hasta hace poco, si miraba a otra mujer con un cuerpazo, rápido me comparaba. Es de a poquito que he podido dejar de sentirme menos cuando miro a alguien que creo que es más. Menos mal sólo me pasa con la apariencia física, porque si fuera también con posesiones materiales, ya mejor me quedo en posición fetal.

Porque siempre hay alguien que tiene o es algo que uno quisiera. Eso es lo jodido de la competencia externa. Cuando en verdad el fuete de la excelencia debe venir de adentro.

A la única a la que le puedo y debo ganar es a mí misma. La vida sí es una competencia, pero el contrincante está en el espejo.