Sentirse visto

Tener idea que alguien nos mira, no en el sentido de acechar, creo que es una necesidad humana. El hecho de ser apreciado, de no pasar desapercibido por la vida. Y, también, es una de las fuentes de ansiedad más graves en nuestro desarrollo. Vivir pensando en qué van a decir de nosotros es angustiante.

Con el tiempo y, ojalá, la madurez, esa necesidad se va borrando un poco y la sustituye el deseo de dejar algo relevante que perdure más allá de nosotros. Hay un cambio en el imperativo humano y ya no queremos tener el protagonismo personal, sino dejar algo bueno detrás de nuestro paso.

Pero hay aún otro estado de crecer que libera más que eso, y es el de simplemente vivir la vida, haciendo lo que uno puede con lo que tiene. Es lo que hay. Como axioma, algo tan simple es transformador. Yo tengo muchos deseos, y me cuesta pensar sólo en lo que tengo enfrente. Pero sé que sólo puedo hacer lo que puedo hacer y trato de darlo todo allí. En lo que hay. Lo demás es una carga que traté de llevar y que no se puede sostener. Afortunadamente, aunque ya no es mi motivación, en mi vida sí tengo personas que me ven y a quienes formo más con el ejemplo que con cualquier cosa. Eso me hará trascender.

Compañía para la compañía

Nunca me ha dado sentimiento dejar solos a mis gatos. No es que no les haga falta y sí me esperan en la puerta cuando regreso, pero tal vez no son tan evidentes en su nostalgia. Además que ahora tengo dos y se hacen compañía. Pero, con el perro, es otro rollo. El animalito se queda tan triste viendo la puerta cuando uno se va. Y es que ambos animales están diseñados y han evolucionado distinto.

Me da la impresión que los seres humanos no podemos dejar las cosas como las encontramos. Algo le queremos cambiar. A todo. Para ejemplo las modificaciones corporales que han encontrado en fósiles de nuestros antepasados prehistóricos. Así que los perros, que fueron nuestros primeros animales de compañía, definitivamente no podían quedarse atrás. Por eso las distintas razas. Es importante saber para qué sirven, porque de eso depende mucho el comportamiento base del chucho. Pero todos, todos, quieren la compañía de su humano. Y allí es donde entro en conflicto.

Estoy más acostumbrada a hacer mis cosas sola, como gato. Ahora necesito que el chucho no se sienta solo. ¿Será que le consigo compañía a la compañía?

Lo mejor que deseo

Me estoy haciendo vieja. Es una realidad inescapable, universal, inexorable e implacable. Y sigo detestándola. Claro que es por razones estéticas, pero no sólo. Es por todo lo que implica no tener juventud en el cuerpo, los cambios hormonales que se me avecinan, las limitaciones que pueden surgir. De verdad que la juventud está desperdiciada en los jóvenes porque uno nunca sabe lo bien que la tiene hasta que se va.

Lo cual me indica que hoy es lo más joven que voy a ser en el futuro. La barra ya está baja y descendiendo. Pero no deja de ser cierto. Los cuerpos tienen un avance de desgaste al que todos los humanos nos enfrentamos. Podemos hacer lo que esté a nuestro alcance para cuidarlo, pero que uno se va decrepitando no se puede evitar. Es lo que hay.

Yo vi el deterioro nefasto y veloz de mi mamá. Aunque no todo pudo haberse evitado, su pésima forma física y peor alimentación no ayudaron para nada. Por eso me levanto a la hora que lo hago y no miro tele en la noche para dormir cuando lo hago. Es una cuestión de aversión más que de deseo. No quiero bajo ninguna circunstancia que me saquen a asolear en canasto como lo hacían con mi tía bisabuela. Simplemente no. Y qué bueno haber encontrado mi motivación. Ahora tengo que encontrar la de mejorar el carácter.

Entender es querer

Tengo dos adolescentes en casa. Y es como vivir con extraterrestres que hablan mi idioma, pero que no lo entienden. Las ideas les rebotan en esas cabecitas hasta que se deshacen y las vuelven a armar. Es una etapa de creación constante para la cual los adultos necesitamos un manual, un diccionario, un intérprete, un exorcista, algo. O, en su defecto, es bueno averiguar qué sucede en esos cerebros.

El libro The Teenage Brain es la respuesta de una neurocientífica a su propia pregunta acerca de los cambios de su hijo al entrar a la adolescencia. Ilumina y consuela a la vez saber que muchas de las reacciones que tienen no son por cosas externas, sino por los cambios neuronales que están sufriendo. O sea, no es personal.

Entender, por lo menos a mí, me ayuda a quitarle mucho del peso emocional y me permite quererlos. A pesar de la corrección que tengo que seguir haciendo, porque la comprensión no quita la necesidad de educar. Sólo me baja a mí el ensatanamiento. Y así podemos seguirnos queriendo.

La motivación correcta

Al perro le tiene sin cuidado la comida. Es más, hace berrinche y deja de comer. Cosa que en mi vida había visto. Los perros de la casa de mis papás eran unos chuchos. Pero éste es temperamental. O tal vez hace ayuno intermitente igual que yo. Tengo que encontrar algo más con qué motivarlo.

Cuando uno encuentra esa cosa esencial que lo levanta de la silla, literal o metafóricamente, hay que aferrarse a ella. Porque es una balsa de salvamento en qué navegar aguas turbias. Sentada a la mesa, con comida disponible, me pesa más qué me va a mantener con salud que qué me gustaría comer. Afortunadamente me gusta lo que me hace bien, pero una pizza se me antoja todos los días y cualquiera imagina el resultado de dejarme llevar. Es tan fácil como no pensarlo demasiado y hacerle caso a esa vocecita interior que lo impulsa a uno a hacer lo correcto, no sólo porque lo sea, sino por las posibles consecuencias. El dolor es siempre mejor motivador que el placer.

Uno puede auto-entrenarse, al igual que estoy tratando de hacer con el perro. Cuestión de paciencia y constancia y encontrar el motivador correcto. A éste la comida le tiene sin cuidado, pero le fascinan los premios con sabor a tocino. Por allí va la cosa.

1000 de casi cualquier cosa es mucho

En el 2021 hice 1000 garzas de origami. Compré un kit con los cuadrados de papel de distintos colores, me armé de paciencia, vi varios tutoriales, doblé mal tal vez 100 y saqué el resto. Para cualquiera que necesite un ejercicio meditativo, se lo recomiendo altamente, al margen del significado que pueda tener hacerlo.

El uso repetido de ciertas neuronas, y las conexiones que reforzamos, nos llevan a hacer cosas en automático. Incluye tareas manuales, movimientos en deportes, posturas corporales. Pero también pensamientos e ideas a las que regresamos sin darnos cuenta porque el camino hacia ellas ya está demasiado marcado. Allí es donde uno debería aplicar la “mente de principiante” frecuentemente, porque sólo así encontramos cómo seguir aprendiendo.

Este año, mi hija me pidió que le hiciera otras mil garzas y yo ya había olvidado por completo por dónde comenzar. Un tutorial y un pajarito maldoblado después, y mis dedos recordaron el camino. Después del aprendizaje, viene la práctica, porque lo que no se usa, se pudre.

Los libros que ya no leo

Cuando era pequeña, no tenía acceso a libros nuevos con la rapidez con la que los terminaba. Entonces me quedaba con la opción de volver a leerlos. Una y otra vez. Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones me acompañaron demasiadas veces y la colección de Anne of Green Gables sigue siendo favorita. Pero hay otros libros que, aunque los leí más de una vez, ya no me llaman la atención.

Cuando algo es relevante, ya sea por el fondo o por la forma, tendemos a fascinarnos. Pensamos tal vez que siempre va a ser igual de importante en nuestras vidas. Muchas personas se aferran a épocas en donde quedaron marcados, para bien o para mal. Por eso están los que sienten que el colegio fue lo mejor que pasaron. Cuando, en realidad, eso que recuerdan probablemente ni siquiera sucedió así. Pero uno no se da cuenta. No es tan fácil como agarrar un libro y ver que uno ha cambiado lo suficiente como para no leerlo igual.

Estoy segura que en algún momento voy a regresar a Dumas. Así como lo hago con Borges y King y tantos otros compañeros de vida. Pero también me gusta pensar que cada vez me encuentran distinta y que, si ya no somos compatibles, no se ofenderán.

No nadé

Había demasiado frío el sábado. Demasiado. Y yo necesitaba descansar. Y me arrepiento, porque no hice ejercicio ayer. Pero no mucho. Porque tampoco he estado sin moverme a fin de año. Supongo que está bien no ser tan masacre de vez en cuando.

Nuestros antepasados (han descubierto los antropólogos), disfrutaban de más tiempo libre después de actividades físicas extenuantes. Tal vez por eso nosotros tenemos impulsos de mucha energía y necesidad de mucho descanso. Además, mientras más años tiene uno, el cuerpo no responde igual y hay que hacer el doble de trabajo para conservarlo.

Me gusta mucho nadar. Muchísimo. Pero no cuando la piscina está congelada, no me importa lo bueno que sea eso para mí. Puedo retomarlo la siguiente semana.

Mayo

Va a llover en mayo

o llovió

no siempre recuerdo

cómo es que funciona el tiempo

si vengo o voy

o simplemente estoy quieta

la piedra dentro del río

sólo tengo certeza

que algo fluye

y que llueve, es mayo.