El derecho de juzgar

«Qué feo está vestida esa pobre mujer. ¿Cómo se le ocurre comerse eso? Qué malcriado ese niño.» Las críticas se ponen a las órdenes y en fila en mi cerebro. Menos mal tengo bien puestos los filtros para que no se salgan por la boca.

Y es que todos tenemos opiniones de las cosas que no nos incumben, sin saber el contexto de la vida de la persona a la que le estamos bajando el cuero. La gente tiene actitudes que chocan, gestos que disgustan, ropa que no les queda bien. ¿Y qué? ¿Quién nos da el derecho de juzgar cosas que no nos tocan? Porque no es lo mismo rechazar un golpe, por ejemplo, a alegar de que alguien tiene la cara amargada. Luego para uno enterándose que se le acaba de morir el perro y se siente uno mal.

Cada uno de nosotros tiene una historia que transcurre y son pocas las personas que la conocen lo suficientemente bien como para entender una escena aislada. La gente que nos ha acompañado en la mayor parte del recorrido y comprende el trasfondo de nuestros malos ratos, ésa es la que tiene algún grado de permiso para opinar. Lo simpático es que rara vez lo hacen. Porque el comprender a otro ser humano es tenerle empatía. Y cuando sentimos empatía, se nos quita la gana de pelarlo.

No pretendo conocer a toda la gente con la que me topo en la calle, pero sí quiero estar consciente que ni me incumbe cómo va vestida, ni entiendo por qué. Espero que cuando me topo con conocidas del colegio, súper bien arregladas, me hagan el mismo favor cuando me vean en mis fachas usuales.

El placer de verte

Hacer las cosas que te gustan, cuando te pierdes en el momento. Te quedas allí parado, con esa gracia casi felina que hace que salte cada vez que te me acercas por detrás sin hacer ruido.

Jugar con tus hijos, alentándolos a mejorar y a esforzarse y a pasársela bien. Y ellos se te pegan cual hierro al imán, atraídos por el amor que les das, confiados que tienen un padre a quién admirar.

Dar opiniones acerca de las cosas que dominas a la perfección, sin pretenciones petulantes, pero no por eso menos contundentemente. Despliegas un talento para decirle a la gente que está equivocada y que te lo agradezcan.

Pero, sobre todo, el placer de verte dormir a mi lado, con la cara completamente relajada, quitada de años. Saber que, en esos momentos callados, tú estás en paz porque estamos juntos, sin importar lo que nos cansó ese día y lo que nos tendrá corriendo al día siguiente. Y, a veces, a media noche abres los ojos y nos vemos hasta volvernos a dormir.

Quisiera poder

Hay muchísimas cosas que me gustaría poder hacer. Algunas de ellas están completamente a mi alcance, como aprender a tocar el piano (sólo es cuestión de conseguir el instrumento), aprender bien el italiano (para eso está Duolinguo), o cambiar de cinta en el karate. Otras, no. No puedo, a estas alturas del partido, salir en la portada de la edición de trajes de baño de la Sports Illustrated, por ejemplo. Ni tampoco, realísticamente, tomarme un año sabático de mi vida y salir a recorrer el mundo con una mochila. Simplemente ya me pasó el momento.

Hay muchas cosas que están a nuestro alcance y que sólo requieren de nuestra inversión: tiempo. Tal vez comenzamos más tarde de lo que se considera como «ideal», pero eso no nos debe impedir intentarlo. O sea, mientras más tiempo dejamos pasar para empezarlas, más tiempo estamos dejando de lograrlas. Me parece un poco triste que la gente crea que las páginas que tiene acumuladas del calendario son una montaña que no pueden escalar. Y se quedan abajo, tristes, sin darse cuenta que es sólo cuestión de comenzar a caminar. No siempre llegaremos a la cima, pero de la mitad de la montaña ya se tiene una bonita vista.

Las cosas que me quedan por hacer no se miden tanto en logros externos. Quisiera ser mejor madre, más sabia, menos complicada. Quisiera ser mejor persona, menos agria, más empática. Quisiera ser mejor pareja, menos egoísta, más amorosa. Todas esas son cualidades en las que debo trabajar, como si estuviera aprendiendo a tocar el piano. Es bueno, porque puedo mejorar. No tan bueno porque me queda mucho por hacer. Menos mal que me queda el resto de mi vida.

Alta toxicidad

Muchas veces he hecho cosas motivada por un sentimiento negativo. Ser la mejor de un grupo que me molestaba, perder peso y estar en forma para contradecir a los que me llamaban gorda, irme de la casa de mis papás por sentirme agobiada. El resultado de muchas de esas cosas no sólo fue positivo, sino que conservo muchos de los buenos hábitos que adquirí para obtenerlos. Lo que me ha costado muchísimo es dejar atrás todas esas emociones corrosivas que me impulsaron en un inicio.

Las ideas, ideales, valores, todas esas cosas racionales, nos dan una meta hacia donde llegar. Pero lo que nos impulsa para obtenerla son nuestras emociones. Lamentablemente, consideramos los sentimientos casi como gnomos fantásticos difíciles de entender e imposibles de gobernar. Y nos montamos en el que tengamos más a mano para que nos sirva de combustible y nos llegue a donde queremos.

Pero no todo lo que nos mueve es igual de bueno. Los desperdicios nucleares generan calor igual que un madero ardiendo, pero cómo queda uno al final de usarlos son otros veinte pesos. Pasa lo mismo con lo que uno siente. Lograr un objetivo gracias a una necesidad de vengarse, o al enojo nos ayuda a impulsarnos. Pero resultamos cruzando la línea final sin sentirnos totalmente satisfechos.

Es mejor usar emociones que nos llenen por sí mismas y eso sólo se logra poniéndoles más atención que a las otras. Cuesta, porque el enojo ladra más fuerte que la felicidad, pero igual así muerde.

Ahora trato de dejarme llenar de emociones que me alimenten, porque hay dos gnomos de verdad en mi casa que modelan sus sentimientos según los míos. No hay motivación más positiva que esa.

Me rescato yo, muchas gracias

¿Quién de pequeña de más o menos mi misma edad no soñó ser la princesa rescatada? O eras la «Bella Durmiente», que tiene en sus raíces una historia súper turbia (sólo les cuento que la chava queda embarazada estando dormida) o Blanca Nieves, o Rapunzel. Todas tenían en común una falta total de agencia por parte de la chava. No me voy a tirar al agua feminista, muchas gracias, pero sí me recuerdo muy bien que yo soñaba con tener un Hada Madrina que me vistiera, me paseara y me consiguiera al príncipe azul de mis sueños.

Y es que, ha de ser reconfortante pensar en no ser responsable de los huesos propios. Las personas muchas veces buscamos que nos den soluciones de afuera, a problemas que tenemos adentro. Y los queremos fáciles y rápidos y gratis y bonitos. Mejor si bailan bien.

Luego uno voltea a ver al tipo con el que sale (o se casa) y siente el agujero emocional del vacío que crece cada día más. Y no hay pisadas de caballos blancos con jinetes al rescate. Ni nada parecido.

Lo bonito es que es entonces cuando verdaderamente uno puede comenzar a escribir su cuento de hadas. El hecho de rescatarse a uno mismo, nos da el mejor regalo de todos: nuestra propia vida. Ser la persona que nos saca de la situación en la que estamos (muchas veces, obvio, porque nosotros nos pusimos allí), nos acrecienta la autoestima, nos da poder y nos permite moldear nuestro futuro.

Yo agarré mi caballo (el carro), y salí disparada de donde estaba. Me pude reorganizar, redescubrir y reajustar. Y, cuando llegó el héroe, no encontró una damisela en aprietos. Encontró una heroína que lo puede acompañar a afrontar cualquier cosa.

La verdadera fuerza

Una de las cosas que más me parten el corazón es ver cuando mis hijos me dibujan enojada. «Ala gran,» pienso con el corazón estrujado, «¿será que así me ven todo el tiempo?» No voy a negar que mi modo emocional de default es el ceño fruncido, la voz estridente y el gesto de mano severo. No es excusa, porque definitivamente me he instruido de otras fuentes, pero obvio esa es la forma en la que me criaron a mí.

El uso de la fuerza es sencillo. Las reglas inconmovibles son fáciles de dibujar y mucho más sencillas de mantener. Un trabajo con normas rígidas tiene poco grado de dificultad. Pero tampoco da mucha satisfacción. Si una relación no admite un cambio evolutivo, muere. ¿Quién no ha preferido ganar un argumento a pura alzada de voz que con poder de convencimiento?

Resulta que el árbol más fuerte no es el que es tan tieso que se rompe ante un viento fuerte, sino el que soporta la tormenta aún doblándose. De igual forma, de mamá, mis hijos no me hacen más caso porque les suba la voz. A veces parece contraproducente. Estoy aprendiendo a mantener la firmeza, pero soltando la rigidez. Si puedo hacer eso con el yoga, lo debo poder hacer con mis hijos. Y ya también ellos me están dibujando más frecuentemente con una sonrisa.

Frenar

Yo no sé montar bicicleta. Bueno, sí sé montar, lo que no sé es parar. Y eso resulta siendo un poco importante para no estampar la carita en el aslfalto. O las rodillas. Alguna vez despegué cuál Challenger de la bajada cerca de mi casa y ya no volví por otra.

Poner altos en las actividades, sentar límites en las relaciones, poder parar los pensamientos nocivos, nos mantiene con cierto grado de salud. El mayor problema de una situación que se nos sale de control es que ya lleva un cierto ímpetu. A veces no es suficiente querer cambiar el curso que llevamos, es necesario frenar por completo.

Y detener algo en marcha es difícil, porque se necesita la misma cantidad de energía que lo tiene en movimiento. Cansa, agota, duele. Pero hay que saber cuándo hacerlo, o nos vamos a ir a dejar toda la humanidad de calcomanía emocional ante la pared con la que, eventualmente, nos vamos a chocar.

Me cuesta frenar en una bici. Al menos he aprendido a parar las situaciones que me dañan.

El mérito

He conocido mucha gente talentosa. Y mucha gente exitosa. Estas dos cosas no siempre se conjugan. Yo coso muy bonito, pero no lo hago seguido y mi hija termina vestida en t-shirt y tights. Tengo otros talentos que se quedan en la mera teoría y que me sirven para lo mismo que saber en dónde queda Parangaricutirimícuaro.

La perseverancia es un músculo accesible a todos, es sólo cuestión de ejercitarlo. El talento es sólo una posición en la salida de una carrera: algunos comienzan a correr más cerca de la meta que otros. Pero no todos avanzan y muchas veces gana el que no para. Tiene más mérito sentarse a practicar todos los días un idioma y masticarlo con algún grado de fluidez, que la gente super dotada con habilidad idiomática, que no dice ni un «Buenos días» sin faltas gramaticales porque qué aburrido aprenderse las reglas.

El talento sin práctica se queda en la mera teoría. Somos los únicos seres vivos sobre este planeta que no necesitamos ser buenos en nada para sobrevivir. Pero también somos los únicos que podemos lograr hacer cualquier cosa, independientemente de nuestro talento. Sólo hay que pagar lo que uno quiere con tiempo. Tampoco todo lo que «podemos» hacer lo «tenemos» qué hacer. Sólo no hay excusa para no hacerlo bien.

No coso. Puedo, pero no lo hago. Pero sí escribo, todos los días, no tan bien como lo otro, pero obtengo más satisfacción de las palabras saliendo de mis dedos y pago el precio que eso me implica. Gracias por darme de su tiempo para leerme.

Las cárceles

Pensando en qué canción pedir para el programa de radio de los viernes que tanto me gusta, me estaba acordando de la que dice «en la cárcel de tu piel»… Como con tantos ejemplos líricos, idealizamos situaciones de entrega de control y nos imaginamos romántica e inexorablemente atados a alguien o a algo. ¡Uy no! Eso de no tener agencia sobre mis actos me pudre.

Las peores cadenas salen de nuestras propias mentes, comenzando con las palabras con las que nos definimos: «soy X o Y» forjan cadenas más fuertes que las de cualquier calabozo. En su esencia, la forma en la que nos vemos a nosotros mismos es un reflejo de los valores básicos que tenemos y que nos dan la cosmovisión interna y externa con la que crecemos. Lo bonito es que todas esas palabras que sirven para presentarnos a nosotros mismos, son flexibles y pueden evolucionar.

Sentirse encerrado en el propio cerebro es agobiante. Además, se vuelve un poco complicado escaparse cuando el carcelero lo lleva uno pegado al cuello. El mejor trabajo de liberación que podemos hacer es indagar con qué palabras, en qué voz y con cuál tono nos describimos en la intimidad. Nuestros peores miedos, ésos que no queremos que los demás sepan, no son siempre cosas fatales que hayamos hechos, sino que la gente nos mire como creemos que somos. Lo mejor para huir de allí es llenar esos espacios tenebrosos de luz, examinar desapasionadamente nuestras creencias y desechar lo que nos hunde.

No me gusta estar amarrada. Me fascina compartirme. No es lo mismo. Supongo que no suena tan romántico decir «me comparto en tu piel» que «estoy atrapada por ti». Ni modo, tal vez por eso no soy escritora de canciones.