El mejor de los tratos

No sé en dónde se tuerce uno en el camino de las cosas fáciles. Creo que, lamentablemente, he vivido muy buena parte de mi vida bajo el lema de «¿Para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles?» Y eso aplica a todo. A la comida, al ejercicio, al trabajo, a las relaciones. Uy, no, sobre todo a las relaciones. Pareciera que nos enseñan que, si no hay conflicto, no funciona, «si no te cela, no te quiere.» ¡Qué asedio!

En la naturaleza se observan muy fácilmente cuáles relaciones son de beneficio mutuo y cuáles no. Desde un virus cuyo único propósito es reproducirse y hacer pedazos al anfitrión, hasta las malas hierbas que ahogan al árbol de donde se cuelgan. Cuando sólo una de las partes saca algo bueno, y es a costa de la otra, la cosa no funciona y uno de los dos se muere. Siempre. En cambio, esos fenómenos en donde hay dos organismos que se nutren el uno del otro, hasta tal punto que se cumplen funciones esenciales, ésas son las que perduran. El ejemplo más impresionante para mí es el caso de seres vivientes tan compenetrados que ya no se sabe qué son, como la levadura, o el SCOBY (por sus siglas en inglés) para hacer la kombucha. Son una mezcla de bacterias y hongos y qué sé yo qué más y no son separables.

Así son las relaciones personales simbióticas. No se trata de depender de alguien, se trata de compenetrarse. Y las cosas salen fáciles. Lo que hay que cuidar es el mantener el ambiente adecuado para la continuación de la armonía. Si se introducen impurezas al cultivo, la compenetración se contamina y allí se jodió todo.

El vivir felices es simple, pero difícil. Difícil porque tenemos que replantearnos qué consideramos como una «buena relación». Si lo que queremos es una de esas pasiones tormentosas, es muy poco probable que tengamos muchos desayunos de café y huevitos revueltos en paz. Pero, si alimentamos el amor con el que podemos pasar ratos de «peace and quiet», es mucho más fácil que nos den una nuestra buena revolcada más frecuentemente que «de vez en cuando.»

A mí me gusta la simbiosis y, poco a poco, estoy tratando de hacerme las cosas fáciles, no difíciles.

Prepararse para morir

Hay pocos ejercicios que nos hacen reflexionar tanto acerca de cómo estamos llevando nuestras vidas como el que comienza preguntando:  «¿Si usted supiera que va a morir en una semana, qué haría?» Puede ser la idiotez más grande de manipulación ridícula sobre la Tierra. Porque todos sabemos que vamos a morir. Es más, es casi lo único que traemos asegurado con la vida. El hecho que no tengamos el día del calendario marcado, no cambia un ápice de la realidad: nos vamos a morir.

Pero como somos una raza verdaderamente extraña, vivimos sin tener ese detalle presente y, cuando la Calaca se lleva a alguien cercano, actuamos como si fuera lo más sorprendente del mundo. En verdad que no lo entiendo.

Tal vez es porque desde niños nos quieren escudar de este hecho: se muere el perro y «se fue a vivir con el veterinario.» Pues no. En mi casa se murió el gato y se murió el gato. Mis hijos lo extrañan, pero tienen esa satisfacción de un círculo cerrado y pueden continuar con sus vidas.

Obviamente no se trata de vivir la vida con el féretro al hombro. Es que uno SIEMPRE debería actuar «como si se fuera a morir mañana», porque ese mañana llega eventualmente.

Yo no tengo idea de cuánto tiempo voy a estar en esta dimensión. Sí creo firmemente que hay una vida después, pero como no sé a ciencia cierta cómo es, me concentro en esta. Me encantaría pensar que, si me hacen la famosa pregunta, puedo contestar con un «no haría nada diferente. «

¿Te dolió?

Cuando no te sacaron a bailar.

Cuando perdiste a un ser querido.

Cuando te equivocaste y pediste perdón.

Cuando te hace falta algo.

¿Te dolió? Te felicito. Eres humano y tienes corazón. Bienvenido a la humanidad.

El precio que nos ponemos

El amor propio debería ser lo primero que uno aprende. El poder estar cómodos y felices dentro de nuestras cabezas es habitar un mundo en donde encontramos la recarga a nuestro cansancio mental, emocional y espiritual. Allí debería residir la fuente de nuestros súper poderes. Tendríamos que poder darnos cariño y valorarnos y alentarnos.

Y, como en muchas cosas del «deber ser», éste es un ideal muy complicado, no sólo de alcanzar, sino incluso de aceptar. Crecemos escuchando que no hay que ser «egoístas»,  que hay pensar en los demás, que hay que velar por el bien común, que el amor es aceptar. Toda la primera parte de mi vida traté de encontrar el amor, la amistad, el reconocimiento y la felicidad sacrificándome y creyéndome poca cosa. Adivinen qué. Así como yo me valoraba, me trataban los demás. Si encontraba a alguien que quisiera estar conmigo, sentía que tenía que haber algo malo con esa persona, porque ¿quién iba a querer estar con alguien tan poca cosa como yo?

¿Ven por dónde va el asunto? Nosotros somos la medida de valor que le damos a los demás. Si tenemos en poco el tiempo que gastamos, muy poco respeto le vamos a dar al tiempo de los demás, ergo impuntualidad crónica. Si despilfarramos nuestro cariño sin cuidarlo y otorgarlo a gente que se lo merece, poco aprecio le podremos tener a las personas que quieren ser nuestros amigos, porque ¿no ellos le tienen el mismo valor a su amistad? Si el «amor» lo entregamos como sacrificio, sin esperar nada a cambio, como si fuéramos mártires, ¿no creen que es sólo cuestión de lógica que nos traten como trapos?

No estoy hablando de no tener empatía. Al contrario. El mismo hecho de querernos a nosotros mismos nos enseña a que, así como en nuestra mente nosotros valemos, así es con los demás y cada uno tiene un tesoro intrínseco. Si aprendemos a ponerle un precio alto a nuestra vida, apreciamos la de la gente que nos rodea y tal vez así no la ponemos en riesgo.

Desde que aprendí a que mi tiempo es oro, mi amistad es preciada y mi amor es único, no desperdicio ni un minuto de mi vida, tengo amigos queridos y una pareja que complementa mi mundo.

Tener Un «Affair»

Creo que todos tenemos fantasías que implican salirnos de nuestras vidas. Vivir en un país lejano, abrir un bar en una playa, tener una cabaña en la montaña… Todos los escenarios nos encuentran fuera de nuestra rutina, generalmente sin obligaciones y con la suficiente solvencia como para no tener que trabajar para comer. Lamentablemente, la salida «fácil» para cumplir estos deseos se canaliza en encontrar otra pareja, dejar tirada a nuestra familia y terminar con el producto de un esfuerzo laboral que seguro nos ha tomado años lograr.

Y es que nuestros ensueños no son el problema. A cualquiera le carga la vida moderna llena de necesidades falsas. Tampoco creo que antes haya sido mejor, sin antibióticos, sin agua corriente, sin energía eléctrica y sin desodorantes. Lo que sí es cierto es que la mayor parte de lo que nos canta como la famosa sirena implica una simplificación de nuestro entorno. Ese bar en la playa no es un palacio, la cabaña en el bosque no tiene. 500 habitaciones y, si es otra persona la que nos está llamando la atención, es casi seguro que sea porque creemos que allí sí tendríamos una relación menos conflictiva.

Pero el reto no es salir corriendo de donde estamos. Les apuesto a que terminaríamos en un lugar igual, o peor. El chiste es sacar de nuestra realidad todo eso que no es esencial y que nos está aplastando. Menos cosas, menos ínfulas, menos actitudes intolerantes.

A mí también me dan ganas de cambiar mi vida. Y me doy cuenta que es extremadamente sencillo, simplemente me tengo que enfocar en mí misma.

Tal vez no es importante

Alguna vez me quedo con una opinión entre pecho y espalda, porque «calladita me veo más bonita», o porque no me han pedido mi opinión, o porque no es de mi incumbencia. En realidad todo eso se resume en: para la situación y la otra persona, mi opinión no es tan importante. Y eso es cierto en relaciones interpersonales y en cuestiones de conducta que no me afectan directamente.

Pero vivimos en el mundo que moldeamos a nuestra imagen y para cosas grandes, nuestra opinión sí importa. Es bueno manifestarse en contra de la injusticia. Es esencial hablar a favor de nuestros principios. Nos afecta directamente si nos quedamos callados ante atropellos.

Por alguna razón, nos es mucho más sencillo opinar fuerte y frecuentemente acerca de cosas que no nos tocan, como la forma en la que se viste la vecina, si tal o cual persona se acuesta con otra o con mil, si cree o no en la misma vida después de la muerte que nosotros. Nos cuesta muchísimo más plantarnos y mantenernos firmes en nuestras opiniones fundamentales.

Y ésas son las verdaderamente importantes. Restarle importancia a cosas que no la tienen y concentrarla en las que sí, nos da poder. Y eso es algo que a mí me gusta.

Puedo querer

Sé que mi cariño vale y por eso me siento con más libertad de ofrecerlo.

Desde que ya no tengo miedo a ser herida, me arriesgo más y duele menos.

Cada vez que me veo y me gusto a mí misma, defectos y todo, siento menos necesidad de llamar la atención.

Mientras más gente valiosa tengo a mi alrededor, menos ansiedad tengo de quedarme sola.

Aprendiendo a amar, a darme, a sonreír, a soltar, encontré la fuerza para dejarme querer.

Y tengo quién me quiera.

Lo que pienso

Me quedo sin palabras para transmitir las imágenes que tengo en mi cerebro. A veces mis ideas me las hago tan complicadas, que pasarlas a algo comprensible se me hace cansado. Veo las cosas como un todo que se pierde a la hora de desmenuzarlo para digerirlo. Pero eso quiere decir que no sirven de nada. Porque yo quiero compartirlas y enseñarlas y discutirlas. Entonces las saco poco a poco y trato de volverlas a armar en el mundo exterior. A veces sí son un todo interesante, otras se pierden en el camino y queda una imagen a medias. Escribir me ayuda, porque estoy hablando conmigo misma y yo sé qué me estoy contando casi siempre. Tener una mente igual de compleja con quién desmenuzarme es lo mejor que me ha pasado. El hecho que me haga explicar mis súbitas conclusiones me obliga a retomar los caminos retorcidos de mi lógica intuitiva y logro llegar al principio. Allí comparo lo que sé, con lo que me invento.

Nuestra mente sabe más de lo que nos imaginamos y lo que pensamos se alimenta de mucho más que sólo ideas conscientes. El hecho de examinar nuestra ideología desapasionadamente, nos ayuda a encontrar nuestra identidad.

Hay muchas cosas en las que creo firmemente sin evidencia dura: en Dios, en la vida más allá de la muerte, en el amor. Pero no lo hago de forma irracional. Otra parte de mi vida está sólidamente asentada en demostraciones científicas. Lo divertido es que, lo que no puedo demostrar es inamovible. Lo segundo está sujeto a nuevos descubrimientos.

El resto es puro producto de mi mente.

Las estrellas

¿A quién no le gusta ver estrellas por la noche en un cielo despejado? Ese primer destello cuando oscurece, o el último esplandor cuando va amaneciendo. Me queda la expresión de pequeña «se apagan las estrellas cuando sale el sol». Cuando no es así, es sólo que salió una estrella mucho más brillante y opaca a las demás.

Creo que cada uno es el sol de su propio firmamento. En nuestra vida, cada uno decide su actuar. Pero también es importante tener estrellas que lo acompañen e iluminen en noches oscuras, cuando la luz de nuestro razonamiento no mucho que funciona. Estamos muy lejos de estar solos en este mundo y nuestro paisaje es más completo y hermoso mientras mejor aprendamos a colaborar con los demás. Pero hay que tener cuidado de encontrar personas que brillen también con luz propia y que no sean hoyos negros que nos arrastren. Hasta en el vacío del espacio hay trampas de luz que succionan todo lo que se les pone cerca.

Hay un momento mágico cuando el sol aún no ha salido, pero se mira su luz y las estrellas todavía se pueden distinguir. Pero todas al final se desvanecen y ya no las vemos, aunque sigan allí. Yo tengo varias luces que me guían en mi vida y que están siempre allí, aunque no las mire. Gracias.

Escribir nuestra vida

Hay muchas tradiciones y religiones que creen que todo lo que hacemos, pensamos y sentimos se queda grabado en una especie de libro «cósmico». No sé si esto será cierto. Lo que sí sé es que yo llevo escrita mi vida entera en mi cuerpo. Tengo las cicatrices de las caídas en bici, la seña de la cirugía por donde salieron mis hijos, la noche de desvelo en las ojeras…

Cada cosa que hacemos deja su huella en nosotros. Nuestra cara se marca por nuestros sentimientos más frecuentes, sino, no se llamarían cariñosamente «líneas de expresión». Cómo nos alimentamos se refleja de formas evidentes y no tan evidentes, porque los órganos internos no son tan fáciles de ver como la lonja. Hasta nuestra paz interior se nota en la forma en la que caminamos.

Todos escribimos nuestra vida y el libro que utilizamos es nuestro cuerpo. Hay algunas cosas que se pueden borrar y volver a poner, como el peso. Otras, como las cicatrices, nos acompañan para toda la vida.

Me gusta pensar que estoy tratando con cariño mi libro, porque es el único que tengo y me tiene que durar en buen estado. También me pasa que siempre me ha gustado decorar cualquier papel que tenga a la mano. Tal vez por eso, a la par de las cicatrices, hay tatuajes. Nadie dijo que era prohibido pintar.