Estar afuera

Nunca me he sentido verdaderamente parte de la sociedad como grupo. Probablemente sea desde mis tiempos de colegio en los que fui la recha oficial. Ser hija única tampoco ha de haber ayudado. Ahora que estoy en lo que estadísticamente es probable que sea la mitad de mi vida, puedo ver con cierta separación emocional el proceso ese de haber crecido conmigo misma.

Sigo queriendo atención, pero no me gusta tanta ni tan frecuente como yo hubiera pensado hace algunos años. El concepto de espacio personal que no hubiera podido definir en mi adolescencia, pero del que disfruté en abundancia, es ahora una de mis más preciadas posesiones. Puedo encontrar con precisión matemática en dónde residen todas mis inseguridades, aunque no me las haya podido quitar todavía. Conozco mis vicios y me alejo de mis tentaciones porque sé que puedo resistirlas.

Estar afuera de lo que se mira como «normal», no implica que sea excéntrica, ni que tire al carajo todas las reglas sociales, ni que desdeñe papeles tradicionales. Para mí, no ser parte del grupo desde el principio sólo me ha servido para observarlo y decidir entrar o no de forma más pensada, no por inercia. Esto me ha costado el doble de esfuerzo, porque es una dicotomía extraña entre unas ganas de pertenecer a algo más grande que yo y el cuestionamiento constante de cosas que se dan por sentadas y con las que no comparto.

También creo que nadie es completamente parte del grupo, ni nadie está completamente fuera de él. Hay grados que simplemente se adaptan a las necesidades de las personas. Y eso está bien. Yo tengo mi propio grupo, al cuál pertenezco. Lo bonito es que ya no es como cuando era adolescente, cuando ese grupo estaba formado por una membresía de uno.

La magia de lo esperado

He tratado de recibir clases de canto toda mi vida. Es algo que hago de todas formas, por qué no aprender a hacerlo bien. Pero, por una u otra razón, hasta hoy pude tomar la primera.

Tendría que haber sido hace tres semanas, pero a la profesora se le olvidó. Dos veces. Y a mí no se me ocurrió avisarle un día antes. Pues. Ya habíamos quedado.

La seguridad de algo que suceda nos da confianza en el mundo. La teoría moderna de criar bebés es que uno debe cargarlos cada vez que lloran por lo menos los primeros tres meses de su vida. Eso les da confianza, se sienten seguros y, lo que me parece un poco contraintuitivo, los hace más independientes. Saber a que uno tiene un lugar dónde dormir, algo qué comer y alguien con quién compartir, nos alienta a aventurarnos más. Es cuando hay incertidumbre en nuestra vida que padecemos de estrés y dudas y dolores.

También puede uno hacer muchas más cosas cuando organiza el tiempo. Rara vez he viajado sin saber qué iba a llegar a hacer. Aún cuando lo que haga sea «nada».

Pues ahora resulta que también tengo clases de canto, sobre todo lo demás que ya hago. Estar así de ocupada no me atormenta, porque sé qué me toca hacer. Sí me mata no tener seguridad. Menos mal ahora sí ya no se le olvidó a la profesora.

Días normales

No sé si en mi vida ya no hay normalidad, o ésta es sólo un mito. Yo creo que lo que hacemos en casa es normal, porque es «mi» normal. También me rodeo de gente con costumbres similares y gustos afines. Entonces concluyo un poco precipitadamente que eso es lo que sucede en el mundo. Claro que hay cosas que me escandalizan, como los atentados y las matanzas y niños muriéndose de hambre. Pero si soy sincera, hay un «adentro» y un «afuera» de mi burbuja para eso, que no implica que no me involucre y haga lo que puedo por ayudar.

La ilusión de lo que pasa «en todos lados» se me estrella contra la gente que tengo cerca y que me batean hasta el fondo del parque. Y, generalmente, no me molesta lo que hacen. Al final del día es su vida y su problema. Me saca de quicio lo que opinan acerca de lo que los demás hacen.

Las reglas sociales tienden a radicalizar posiciones: o eres completamente cuadrado y te conformas a lo que se debe hacer, o te sales por completo del cuadro y eres el «rebelde.» Pero siempre en blanco y negro. Y siempre el otro está mal. Dudo mucho que venga el día en que aceptemos que lo «normal» no existe y que sólo hay realidades distintas.

Al final del día, yo ya no sé si soy normal. Sé que me siento afortunada. Con eso me basta.

Regaño

De esos que te alumbran

y duelen porque son ciertos

y cuestan aceptar.

De esos que te hacen replantearte

tu forma de pensar

y cuestionarte

tu forma de sentir.

De esos que liberan

que desatan

que te hacen crecer

y se agradecen.

Existir

Como yo pretendo gozar de buena salud durante mucho tiempo, pruebo algunas cosas que van desde lo tradicional (ejercicio, buena alimentación), hasta métodos un poco menos comunes en nuestro medio como acupuntura y meditación. Lo último no mucho se me da. Estoy suscrita a un podcast que le pone a uno meditaciones guiadas. Cada cierto tiempo hago programas de 21 días con Chopra. Me duermo con el primero y me aburro con el segundo.

Pero más de algo le saco. Hoy, por ejemplo, se cuestionaban el hecho de cuándo existe uno verdaderamente. Resulta que nunca se es la misma persona de momento a momento, ni a nivel celular, ni mental y mucho menos espiritual. Argumentan que nuestro «yo» de ayer no existe más, que sólo somos lo que somos ahora.

La noción de estar presente en el momento, ese famoso «mindfulness» que pareciera ser la clave de la felicidad, es tan difícil de alcanzar como mantener agua entre las manos. Y creo que ese es precisamente el punto. Somos fluidos, cambiamos todo el tiempo. Eso nos sirve para nunca quedarnos estancados, liberarnos de lo que nos tenga amarrados al pasado, reinventarnos.

Pero, como todo, supongo que no podemos ser tan radicales. Lo que hemos vivido antes informa lo que conocemos hoy, aún si no nos determina. El futuro nos da la dirección hacia dónde caminar, aún si decidimos cambiar la meta.

La cosa es que, al final del día, ya me cuesta ser radical. Me imagino que eso no es malo. Pero no lo sé. Y, mientras lo averiguo, seguiré tratando de no dormirme mientras «medito».

¿Y tú qué edad tienes?

«No, ayer no fue Semana Santa. Semana Santa fue en abril.» «No, el calendario dice que fue ayer.» «No, pulguita, no fue ayer.» «Pues sí, tú estás mal, en el colegio me dijeron eso y tú no sabes.»

¿En serio? Toda su vida en la que jamás le hemos dicho ni una mentira, que en la casa no viene Santa, porque no les voy a armar un cuento, en el que se les ha tratado con toda la franqueza que se merecen sus cortos años y me sale con eso? ¡Argh! Y lo peor es no poder contestar como quisiera, porque yo NO tengo cinco años.

Creo que lo que más me cuesta de ser mamá es tener un par de ishtos que respetan la autoridad, pero que la cuestionan. ¿Y quién les habrá enseñado eso?

Siempre pensé que prefería tener problemas de hijos con carácter fuerte. Pues, allí están. Y me gusta. Bueno, no me gusta cuando ni a trancas me cree la ishchoca que ayer, un domigo de julio, no fue Semana Santa. Pero aprecio que ella tenga confianza en lo que sabe y lo que entiende y está dispuesta a defender su postura.

La parte que me seguirá tocar trabajar es esa en la que uno mira la evidencia que sobrepasa la creencia y acepta que debe cambiar de opinión. Primero lo tengo que aprender a hacer yo, pues, pero por lo menos ahora tengo más motivación para hacerlo. Porque de lo contrario, terminaré las dicusiones con un «Pues si quieres seguir equivocadx, no me creas y allí lo dejamos». Invoco mi derecho de no incriminarme si me preguntan si eso hice ayer.

Soltarse

«Las relaciones deberían ser más sencillas.» Pues, ya llevamos más de 20 años de conocernos, uno diría que ya podríamos leernos la mente. Allí está que no. Todavía tenemos que recurrir al arcaico método de hablarnos.

Los humanos nos comunicamos a través del lenguaje. Pero éste es mucho más que sólo palabras con una definición en el diccionario. Primero, a veces no estamos de acuerdo en la definición, luego le encaramamos sentimientos, le unimos recuerdos. Ya sólo con eso hacemos que cada palabra pueda hacernos reaccionar en una forma muy particular. Por último, interpretamos el tono, inflexión y volumen de la voz, junto con los gestos y la proximidad. Y ya nos jodimos.

Cuando uno tiene una relación que quiere que sobreviva al largo plazo, aprender a hablar con claridad es una habilidad útil. Aprender a recibir lo que nos dicen sin buscarle tres pies al gato es una destreza vital para sobrevivir emocionalmente y que las cosas vayan avanzando.

Llegar a una discusión acarreando resentimientos, malos recuerdos y desconfianzas, alimenta la paranoia. Por algo le dicen a uno que siempre se habla de lo concreto y nunca se dice «es que siempre pasa xx».

Es triste que uno de verdad no se pueda enchufar al cerebro del otro para que todo quede completamente. Cansa tener que tener una de «esas» charlas. Pero resulta que eso no es complicado. «Esto es sencillo. ¿Has visto la mara que se tira los platos?» Pues sí. Más fácil hablar.

No tengo nada qué ponerme

Y no se rían, no es una queja banal. Es que, probablemente, no «me sé» y cuando estoy en uno de esos mis dilemas existenciales, no me gusta nada de lo que tengo en el clóset.

La ropa, que ya es mucho más que un simple recubrimiento para protegernos de los elementos, es una forma de expresión, de conexión, de disfraz. Ciertas profesiones juzgan al que las ejerce dependiendo de cómo se viste. ¡Díganmelo a mí que fui abogada de bancos tanto tiempo!

La edad, la bendita edad, también nos pone en un cuadro del ropero de donde es «apropiado» escoger. Pero también nos vestimos para sentirnos de cierta edad. Hace poco que salimos a parrandear (y no se terminó el mundo), pude ver a muchas de mis contemporáneos vestidos igual que como lo hacían 20 años atrás.  Y cuántas veces no pensamos que a alguien lo avejenta la ropa.

Vestirse es un acto de situarse en un momento, una situación social, una actividad física, una emoción, un recuerdo… También presenta un pequeño conflicto cuando uno no sabe qué chingados ponerse. Que es lo que me está sucediendo con cada vez más frecuencia.

Y es que sé que, por mucho, ya no soy una jovencita. Pero también estoy completamente segura que no quiero vestirme como lo hacía mi mamá a su edad. Tampoco quiero su vida. Quiero la mía. Y entonces me da un poco de pena querer estar en mis fachas habituales, pero no mucha. O veo a alguien vestido y arreglado y peinado y maquillado y pienso que así me gustaría verme siempre, hasta que me recuerdo la hueva que me da y se me pasa.

Supongo que no saber qué ponerme es una mini versión de mi crisis de la mediana edad. Y, mientras la resuelvo, seguiré poniéndome jeans y t-shirts blancas con Keds.

 

Escribir duele

Porque no puedo acompañar de una mueca torcida y chistosa un comentario ácido.

Porque las manos haciendo ademanes por el aire se quedan de este lado del teclado.

Porque no puedo explicar varias veces lo que quise decir.

Porque siento que me desnudo frente a un estadio lleno cada vez que lo hago.

Porque me pongo en cada palabra.

Escribir duele porque es el momento en que soy más yo, porque no hay escape de mi mente, porque no tengo con quién pelotear la idea.

Y, cuando termino, me siento liviana y aliviada. Hasta que tengo que volver a empezar.

Ver lo que buscamos

Siempre he querido un carro rojo, aún cuando me han dicho que tener un carro de ese color es como salir con una mujer desnuda a la calle: todo el mundo se queda viendo. Pues ya tengo mi carro rojo y el primer día que lo manejé, sentí que la calle se había vuelto una marea colorada de tanto vehículo del mismo color que miraba.

En muchos de mis podcasts se habla de «sesgo de información», con mi marido nos gusta decir «deformación profesional» y, popularmente, nos reímos de la vida y el cristal con que la miramos. Resulta que el fenómeno de ver sólo lo que estamos buscando no sólo es frecuente, sino que es la regla. Por eso funcionan muchas de las «predicciones», porque casi sólo recordamos cuando se cumplieron. O sentir que hay alguien atrás nuestro y voltear a ver y ¡zas! Allí está. Y se nos olvidan todas las demás veces que sólo nos saludaba el vacío.

Si buscamos lo malo en nuestras vidas, es más que probable que lo encontremos. Lo contrario también aplica matemáticamente. Por eso el ejercicio de agradecimiento que se hace frecuentemente en la meditación tiene efectos tan poderosos en el ánimo. También nos ayuda a recablear esas neuronas necias que prefieren irse por el derrotero de la tragedia que en fijarse que hoy el cielo está de un lindo color, que la voz de nuestra hija tiene un timbre que hala las cuerdas de nuestro corazón y que la mano que encontramos en el otro lado de la cama es cálida y nos espera.

Admiro a todas esas personas que han hecho una forma de vida el buscar lo bueno. Yo soy abogada de (de)formación y me encanta hurgar hasta encontrar el pelo en la sopa. Pero también hago el esfuerzo por fijarme en el hoyito que se le hace a mi niño en el cachete cuando se ríe, en recordarme que me gusta el olor a chocolate de mi crema corporal y que hay un par de ojos negros que me saludan (con mayor o menor grado de apertura) cada mañana. También he descubierto que no, no todos los carros son rojos.