Un torrente

Tengo un par de días sin niños. Sin gritos. Sin regaños. Sin ruido. Me paso sola con mis libros y mis podcasts y mis proyectos. No puedo decir que me la pase mal. Es más, me ha servido para escarbar mi centro de donde estaba engavetado debajo de los juguetes. Me gusta estar sola. Me gusta estar en silencio.

Hasta que viene mi marido y me salen todas las palabras que no he dicho en el día como agua de una presa rota. Nada trascendental, lo realmente importante ya probablemente lo dije por Telegramm. Es todo ese nudo de ideas y emociones que se juntan en un día normal.

Cuando uno tiene costumbre de estar acompañado, se vuelve de todos los días eso de exprimirse la cuota de palabras que se supone que tiene uno al día. Es lo que nos hace crecer con las personas con las que vivimos. El punto de compartir un espacio físico con alguien es que lo conozcamos a diario. No sirve la cosa si me tengo que sentar con uno de mis peques y averiguar qué ha estado pasando en su cabeza y en su corazón los últimos seis meses. O que lo sepa por dónde está el camino emocional de mi marido. Tampoco funciona no expresar cómo me siento.

El chiste de vivir es que cambiamos. La función de tener pareja y familia es conocer ese cambio y adaptarnos todos.

Y el resultado de pasar sola todo el día es marear al pobre hombre cuando viene a la casa.

Hasta que duele

Tengo un nuevo tatuaje. En el antebrazo derecho. Es el más visible que me he hecho. Y el más personal.

Las marcas en la vida nos las hacemos, ya sea en el cuerpo de forma deliberada, como la tinta, en el corazón con las emociones que nos dejamos que se queden y en la mente con las ideas que fertilizamos. Al final terminamos siendo una amalgama de todo eso que no dejamos ir, bueno y malo, consciente o no.

Muchas veces pareciera que la vida se nos queda atorada en un torbellino: vamos a muchísima velocidad, pero sólo damos vueltas sobre el mismo eje, aunque avancemos. Es en el momento en el que nos abrimos, destapamos el nudo que tenemos guardado y agarramos lo que más nos gusta, que podemos tomar una dirección y crecer, aunque sea más lento.

En mi vida hay etapas que todavía resuenan como una campana y que marcan hitos de mi personalidad: pedazos de la infancia, la adolescencia con sus dolores, los errores de los primeros ejercicios de una mal llevada libertad, el enganche con una pareja que se vuelve parte mío, la venida de los niños. Todo esto ha dejado huellas en mí que no puedo ni quiero borrar. Pero que sólo me definen en la medida en la que yo quiero.

No es posible quitarse lo malo que ha sucedido. Tampoco sería recomendable. Pero sí podemos elegir cómo vamos a reaccionar ante todo eso que nos ha esculpido. Al final del día, los que tenemos en la mano el cincel de nuestras vidas, somos nosotros mismos. Y, algunos, también le metemos colores con agujas al asunto.

Regresar a la normalidad

Las vacaciones de mis hijos empezaron ayer. Llevan ya dos semanas sin colegio, pero los he tenido bajo mi (zapato) supervisión todo el día. Pasaron una noche donde mis primos que son como mis papás y estuvieron gloriosos. Tele, helados, tele, desvelos, juguetes, tina, cereal, leche… No sé. Entiendo que es rico salirse de la rutina.

Cuando yo era pequeña, me iba una semana en vacaciones a la casa de una amiga sin horarios… Y regresaba a casa ansiando tener rutina. Para bien o para mal, uno tiene una zona de confort. Es necesario salirse de ella para lograr cosas fuera de lo común, pero, creo yo, también es bueno tenerla para partir de un punto de referencia.

Así con todo. Ya lo he dicho otras veces, Picasso decía que hay que saberse bien las reglas para poder romperlas. Pregúntenle a un buen chef, les dirá que hay que aprenderse las salsas bases, esas que se llaman las «madres» para poder innovar.

Saltar desde un punto desconocido nos deja sin rumbo. Apoyarse en algo que está afianzado, nos da la dirección de donde queremos ir. La rutina sirve como ese muelle.

Hoy los niños duermen en la casa y mañana comienzan una semana entera donde sus abuelos. Veremos cómo nos va.

Aprendo

Diez años después y sigo aprendiendo de ti

que recto no es lo mismo que rígido

que vulnerable no es lo mismo que débil

que tener fe no es lo mismo que exponerse.

Amar no es sufrir, compartirse no es perder, ser feliz no es ser iluso.

Se puede tener esperanza en la humanidad y no dejarse engañar por el ser humano. Se puede ser firme de convicciones, sin ser una piedra que atropelle. Se puede ser un chico bueno con malas mañas.

El plástico diario

A veces son las doce y ya hice desayunos, loncheras, karate, nata, súper y ya me va a tocar salir a traer a los niños al bus. A veces dan las seis de la tarde y no he hecho nada.

El tiempo tiene una plasticidad propia. Afianzamos nuestros recuerdos en ciertas anclas emocionales que hacen eternos los momentos cruciales. Tal vez, como el Hannibal de las novelas, construimos palacios de memoria para no dejar escapar ni uno solo de los datos de nuestras vidas.

Lo cierto es que vivimos el tiempo, que es una dimensión lineal, de forma enteramente casuística: si estamos ocupados pasa más rápido, si estamos ansiosos pasa más lento y si estamos aburridos pareciera detenerse. Increíble, pero la rutina nos ayuda a que haya cierta inercia en el movimiento del reloj.

Mis hijos viven, verdaderamente sienten, cada segundo de sus vidas. Sobre todo ahora que están de vacaciones. Les falta su horario y orden. Y a mí eso me parece fabuloso. Parte de crecer es saber agenciarse esa moneda de segundos, minutos y horas que se nos da.

Pero, para mientras aprenden a hacerlo, me toca aguantar tres llamadas en una hora de hacer es súper: «Mama, ¿ya vas a venir?»  Junio, para mí, pasa lento.

El cambio accesible

De joven salía sola a todas partes, me iba al puerto, manejaba de noche y no tenía ninguna consideración más que cómo rebasar al choyudo de enfrente. Ahora, con dos niños que vamos a endosar a donde mis santos suegros y con un marido que tiene que trabajar, tengo la oportunidad de ir a pasar una noche en el Lago y me hice para atrás de ir y regresarme sola. Y estoy furiosa.

Estoy furiosa conmigo misma por haber perdido las agallas. Furiosa con un sistema de carreteras que hace imposible saber si una roca no me va a detener durante horas. Furiosa con una situación de violencia que verdaderamente hace peligrosa una travesía que debería ser liberadora. Pero, más que nada, estoy que echo humo por las orejas porque todas estas consideraciones tienen que ver con el hecho de que soy mujer y estaría sola.

Soy mujer y eso no lo puedo cambiar. ¿Y mi independencia? ¿Y mi igualdad como persona? ¿Y mi derecho de hacer todo igual que los hombres? Sí, tengo todo eso, pero nada cambia. Porque no soy hombre, atraigo un riesgo mayor. Y eso, de nuevo, no lo puedo cambiar.

Yo sé que muchas mujeres lo hacen y lo hacen muy bien. También entiendo que lo puedo hacer yo y que tengo la balanza a favor que todo salga bien. Que corro el mismo riesgo en cualquier momento en que salgo de la casa. Que si verdaderamente me entran las ganas, agarro mi carro y me voy.

Eso no es lo que me tiene molesta. Me está aguijoneando una situación que está fuera de mi control. Sentí la reducción de mi mundo. En lo que esté en mis manos, mi hija no va a sentir lo mismo. Y, ahora que lo pienso bien, aún estoy joven.

Perder la gravedad

Resulta que ahora estoy nadando. Lo comencé para no ahogarme surfeando y resulté siguiéndolo. No sé si es por inercia, si es porque realmente me está sirviendo, o porque me está gustando. Lo último es debatible. Muy debatible.

He escuchado decir que nuestra relación con el agua es como nuestra relación con el subconsciente. Necesitamos un poco para vivir, pero si nos metemos demasiado nos morimos. O tenemos un episodio psicótico.

Pero la sensación de nadar es lo más cercano a volar que tenemos como humanos de a pie. Flotamos y nos desplazamos en un medio en el que perdemos nuestra conexión con nuestro peso. Nos alejamos del suelo. Nos perdemos del mundo.

Cuando nado, dejo de competir. Sólo estoy yo, sólo escucho mi respiración, sólo siento el agua. Eso compensa el agotamiento, el resabio de angustia que da tener que salir a respirar y la pereza de salir a bañarme después.

Hay que saber perder la gravedad de vivir. Soltar lo que no nos deja reírnos de nosotros. Flotar un poco sobre nuestros problemas para agarrar perspectiva. Ponernos atención sólo a nosotros.

Por primera vez, además, tengo un poco de color (de más blanco, a blanco). Y poder salir de mi zona de confort, es un bono agregado. A ver qué tal me va cuando haya demasiado frío.

El arte de desahogarse

Imposible saber qué le pasa a otra persona aunque la mire uno todos los días. A veces quisiera meterme en la cabecita de mis hijos para entenderlos, la comunicación con ellos todavía no está del todo establecida (seguirles el hilo narrativo entre vacíos de lenguaje, constructos gramaticales simpáticos y efectos especiales, es una adivinanza). Pero hay que aprender a abrirse, quedarse quieto y callado y entrever el sentido último de lo que quieren contar.

Escuchar y aprender son importantes. Uno se hace merecedor de la confianza de los demás con ese tipo de actitudes. Se vuelve un magnífico hábito. Y llega el día en el que hay que darle la vuelta a la moneda. Si uno quiere tener relaciones profundas, también tiene que aprender a sacarse lo que uno piensa.

Difícil pasar por la vida lamentándonos que «nadie nos comprende», si jamás nos explicamos. Y no se trata de ir uno revelando su rollo ante cualquiera, porque ni es el caso y a la mayoría poco le importa. El asunto es no dejar en gallo a los que sí afectamos con nuestros silencios. Las palabras mesuradas y bien dichas construyen los puentes que nos unen con los demás. Son una luz que ilumina el lugar en donde estamos parados en una relación. Son una caricia que se da de lejos. Un pedazo de nuestra vulnerabilidad que entregamos para mostrarnos.

Desnudar nuestros pensamientos es tan importante como hacerlo con nuestros cuerpos si queremos intimidad. Sólo es cuestión de tener delicadeza para entregar esos paquetes y no tirarlos como piedras contra un cristal.

Mis hijos están comenzando con lo básico: sin ruidos y, si no es algo bueno, no lo digas. Yo no voy mucho más lejos que eso. Pero por lo menos ya escribo.

Me asombra

Dormir resulta el escape más grande hacia dentro de nosotros mismos. Es el único momento en donde dejamos que el lado derecho de nuestro cerebro proyecte en la pantalla de nuestros pensamientos. Y, como ese lado es el que se entiende en abstractos, las películas que soñamos son invariablemente marcianas. Y estamos solos. No podemos compartirlos, no podemos platicarlos, ni siquiera estamos concientes del asunto.

Y es en esa soledad en la que nos revelamos. Es allí en donde recurrentemente me doy cuenta de lo mucho que me importa estar contigo. Me recuerdo que, aunque pueda vivir sin ti, simplemente no quiero hacerlo.

Despertar de mi lado de la cama, porque tú tienes el tuyo, todavía me sorprende. Y me gusta.

No siempre

Acabo de estar en un vestidor en el que había un grupo de niñas adolescentes. Luego que me dejaron de recorrer los escalofríos del recuerdo por la espalda, pensé en todo lo que he aprendido desde entonces y si saberlo a esa edad me hubiera servido de algo.

A escaso mes y medio de cumplir 40, cada vez me importa menos lo que opinen de mi apariencia. He descubierto la maravilla de tener amigas. Puedo escuchar antes que hablar. Identifico cuáles tornillos vale la pena ajustar de mi relación.

Nada de eso me hubiera servido de un carajo a los dieciséis años. O sea, no es lo mismo tener el pelo de loca con dos niños y diez años de casada, que me tienen cariñito y les gusta, a un pelo de más cuando el resto se burla de uno. No sé, hay cosas que supongo se tienen que descubrir a trancazos.

Lo bonito es que eso me da la idea que aún me queda mucho camino por seguir. Si a lo que supongo es la mitad de mi vida, he llegado a este grado de comodidad en mi propia piel, el resto debería ser maravilloso.

Para mientras, me toca ver cómo llegan mis retoños a las mismas conclusiones (sus propias, no las mías).