La diferencia entre hacer y querer

Lo de llevar al gato al veterinario ha sido un drama. Comenzando porque el engendro del demonio no se dejó poner las vacunas el lunes tuve que regresarlo el martes. Sedado, le hicieron de todo. Como aquellas mujeres que aprovechan la cesárea para hacerse hasta la lipo. Ultrasonido, examen de orina, de sangre, cortada de uñas, vacunada. Overhauleado el minino. Pero, cuando llegué a la clínica, la doctora me recibió con la alegre noticia que, en su ausencia, no le habían puesto el antibiótico que necesitaba el animal. El que es inyectado. Y que me iba a tocar darle pastillas durante ocho días.

Me llevé la jeringa. Si puedo inyectarme yo a mí, puedo con el animal.

Hay muchas cosas que uno hace por necesidad. Qué mamá no ha tenido que limpiar sangre. O mocos. O caca. Está dentro de las descripciones de la ocupación. Dar medicina, sacar muestras, tranquilizar. Todo hay que hacer. No se vale esperar a que llegue alguien con más experiencia, sobre todo cuando hay apremio en el tiempo y el lugar.

¿Un disfraz para mañana? Vaya. ¿Un pastel en forma de pelota? Bueno. Y así, se las va espantando uno con lo que puede. Los demás trabajos no son diferentes. ¿Cuántas veces no ha tenido uno que armar presentaciones a último momento?

Quisiera no tener que hacer muchas de las cosas que me toca. Pero las hago. Como la inyección al misho. Que, por cierto se dejó muy bien. Lo malo es que igual tengo que darle otras pastillas.

Un rótulo que diga

Leo a Stephen King y sus comentarios, consejos y anécdotas acerca de escribir. Dice que uno tiene que pasar aproximadamente cuatro horas al día haciéndolo. Me duele la cabeza y apenas llegué a una. Supongo que se cuestión de agarrar aire, como cuando me costaban las primeras tres vueltas en la piscina. Que, a propósito, no he nadado. Ush. Demasiadas cosas que debo hacer y que no hago.

Independientemente del tiempo invertido, que es importante, tal vez lo que más me resuena es la explicación del famoso consejo acerca de escribir: «Escribe lo que conoces». King argumenta que, si sólo siguiéramos ese consejo, jamás escribiríamos ciencia ficción. Él (King), aclara que es mejor decir: «Escribe la verdad».

Como si fuera un faro en un puerto al que uno se acerca y nunca llega. La verdad nos guía, nos ilumina, nos persigue. Vivimos envueltos en verdades absolutas, que sólo valen para nosotros. Metidos en una realidad que es relativa y que cambia para todos. Tal vez lo real sólo sea esa aproximación de verdades que tenemos que lograr para vivir todos juntos.

Lo cierto, es que escribir es tratar de sacar esa verdad. Lo mismo con cualquier otra manifestación del interior. Es nuestra necesidad de compartir ese mundo que sólo existe en nuestras mentes y que es más real que lo que vivimos afuera, porque tenemos más capacidad para imaginar que para percibir.

Así que, para mi estudio (en el que no logro escribir más de cuarenta minutos seguidos, #EpicFail), quiero un rótulo que diga: «Escribe la verdad, no la realidad.»

Necesito ayuda

Hay cosas que hago bien. Quisiera creer que escribir es una de ellas. Cocinar estoy segura. Cantar, en el baño. Querer. Sé querer bonito. Hay cosas que no sé hacer. Montar bicicleta. Dibujar.

Y hay otro montón de cosas que hago. No bien. No mal. Pero van saliendo. Como llevar mi dieta. Allí va. Con ajustes que adolecen más a circunstancias que a necesidades. Pero siempre ando luchando con ella. Necesito bajar cinco libras, porque así no me dan dolores de espalda como el que he tenido desde el martes pasado. Pero no las logro bajar. Ya no hay grupo alimenticio qué quitarme… Así que iré donde una nutricionista que me haga un plan que se ajuste a mi forma de comer. Porque necesito ayuda.

Pareciera que, en esos pequeños detalles por los que navegamos, no siempre con viento en popa, sentimos que es una debilidad grande pedir ayuda. Sobre todo porque tenemos el estigma, algunos, que debemos poder hacerlo todo. Si por algo tenemos talento. Y no. No es así. Siempre hay alguien que sabe más que uno y del que podemos aprender. Necesitar ayuda sólo significa que estamos tratando de hacer algo bien hecho y que queremos aprovechar.

Además, la debilidad es cíclica y unas veces estamos mal y otras podemos ayudar nosotros. Yo sé que mi dieta me ha funcionado bien. Hasta ahora. Tal vez sólo necesito un empujoncito. Ya veré si no me quitan hasta el agua.

Hoy hay juego

Me paso desde febrero a septiembre sintiendo que me hace falta algo los domingos. El foot. Que me encanta. Es mi deporte favorito y, menos mal, el de casi el resto de la casa. Mi equipo ha ganado tantos Super Bowls, que ya todo el mundo los odia, salvo los que los amamos.

Hay una tendencia tan extraña entre los humanos de considerar que alguien ya «tuvo demasiado éxito». Como si la medida del mismo fuera limitada y, porque uno tiene, todos los demás no. Una competencia que se lleva adentro. No sé si es mezcla de envidia y mediocridad, o falta de seguridad en uno mismo. Lo sacamos muy obvia e inútilmente en los deportes «es que ya ganaron demasiado», en situaciones sociales como «es demasiado bonita», en realidades económicas como «tiene demasiado dinero».

La palabra «demasiado» siempre es negativa y es un poco contradictorio asociarla con algo bueno, como el éxito. ¿Por qué habría de ser alguna vez malo ser bueno? Sobre todo si nunca se pasó encima de alguien más en el proceso.

Conozco muchas personas admirables, con un éxito rotundo, a los que sólo les deseo que sigan siendo buenos en lo que hacen. Porque yo quisiera ser y hacer lo mismo. Y eso nunca es demasiado. Pero perdieron.

El deseo

Eso que es más que querer

que arde en la punta de los dedos

quema los pensamientos puros

deshace las buenas intenciones.

No es dejarse arrastrar

ni perderse en una erupción

es navegar con propósito

directo hacia la tormenta.

Pero, ¿qué vas tú a saber

del deseo que consume

y mata y revive

si eres tú quien lo provocas?

Me duele la cadera

El par de zapatos resplandecía rojo y me llamaba, pulsando, a través del vidrio. Altos. Altísimos. Casi un segundo piso de tacón. Bellos. Imposibles de ponerme. Tengo lastimado un dedo del pie y ya casi no puedo ponerme ese tipo de zapatos. Del tipo bonito.

Estoy en mi cama con un dolor de caderas tan constante, que tengo sueño. Porque no siento el dolor, pero sí el cansancio. Además de asomarse una migraña detrás de los ojos.

El dedo gordo de la mano derecha me recuerda que aún no paro bien una patada en el karate. Hasta tocar la bocina es una punzadita, en el dedo y en el ego.

La edad, supongo, se mide en todo lo que el cuerpo ya no puede hacer. Porque duele.

Pero yo no lo miro así. Los pies y la mano están resentidos porque me gusta aplicarme en el karate. No lo dejo de hacer, aunque tenga que irme en tennis a una boda. La cadera/cintura/espalda se resienten porque levanto todas las pesas del mundo para contrarrestar la escoliosis que pide llevarme a la cama.

La migraña es por pensar demasiado y allí sí no tengo excusa. La edad me encuentra con dolores, todos auto infligidos por gusto y gana. Y me gustan. Y me dan ganas. Aunque no me pueda poner los zapatos.

Operaron a la gata

Tengo dos años y pico de tener a mi gata negra. Es el animal más dulce que he tenido. En casa. En la veterinaria se portó como un demonio de 5 libras. Tenía que operarla desde hacía por lo menos un año. Y no lo había hecho.

Mi vida ha estado en suspenso desde lo que se siente como un siglo, pero ha sido casi tres años. Tres años se dicen fácil. Estar como libélula en ámbar esperando que el tiempo vuelva a correr, no tanto. Pero ya tengo casa casi terminada. Casi hay lámparas en todos los ambientes. La gata ya está operada. Y yo casi estoy bien.

A veces nuestras vidas tienen momentos de pausa. No son cómodos, pero son necesarios. Como osos hibernando. O, más bonito, crisálidas. Duele, porque implica una transformación profunda, quieta, callada. Hasta que uno sale, rompe, se abre. Y es una linda mariposa. O una gran polilla. Igual vuela.

He aprendido a dejar que las cosas tengan un proceso que yo no controlo. He aprendido a hacer lo que necesito, cuando estoy lista. Y he aprendido a que me pudre todo eso que he aprendido, pero que lo hago igual.

Tal vez después de operar (por fin) a la gata, ya hago el resto de cosas que. me faltan. El jardín por ejemplo.

No desperdiciar

Mi casa está llena de cosas que me gusta llamar antiguas y que en realidad son viejas. Porque no tienen más valor que el sentimental para mí. Los anaqueles de la cocina de mi mamá, por ejemplo. Recuerdo el esfuerzo que le costaron, no sólo en dinero, sino en convencer a mi papá de instalarlos. Para mi papá, cambiar de lugar un cuadro en su casa era una afrenta personal. Y ahora está una parte de esos anaqueles, lista para tirarse. Porque están viejos y la casa está nueva y ya necesitamos muebles que le vayan.

Y a mí se me parte el corazón. Porque uno tira las cosas que no sirven y tal vez no sirven, pero sí me recuerdan a mi casa. Esa casa que ya no existe más que en mi memoria. Hasta la memoria me falla, porque tengo ya tantos años de vivir en otra casa que es la misma que ya no me recuerdo de la primera bien. Ni siquiera huele igual.

Las cosas las tiramos. Está bien. Hasta a veces desperdiciamos cosas materiales, porque para nosotros ya no sirven. Aunque todavía puedan servirle a alguien más. Lo que no podemos tirar son nuestros recuerdos. Modificarlos, sí. Actualizarlos, sí. Igual que remodelé una casa que ya no servía para lo que la queríamos y ahora es diferente.

El descubrimiento más viejo del mundo

Leer a Borges es dejarse seducir. Es un hombre que habla constantemente de amor, sin mencionarlo. Un enamorado que declara sus sentimientos todo el tiempo, pero nunca abiertamente. Erótico en su sutileza. Dos poemas de él me gustan en especial. Las causas y Los límites. Uno, de amor. El otro, de muerte. Ambos hablan de lo mismo, al final del día.

Los humanos, todos los seres vivos, tenemos una compañera constante: sabemos que un día vamos a morir. Y como es una certeza intedeterminada, la dejamos pasearse entre nuestra existencia, a veces ignorándola, a veces dándole la bienvenida. Querer hacerse la bestia de esa realidad es suicida. (Perdón, no me pude resistir un poco de humor ácido.)

Llega un momento en que nos damos cuenta que, tal vez, lo que estamos haciendo sea la última vez que lo hagamos. Dan ganas de hacerse un ovillo y llorar. Que si esos labios los besamos por última vez. Que si comimos nuestra dona favorita por última vez. Que si vimos a nuestros hijos por última vez. Y pareciera que fuimos los primeros en toda la existencia de una humanidad que lleva siglos de morirse, en darnos cuenta que nos vamos a morir. A realmente darnos cuenta.

Sirve para nada y nada. O sea, sirve para, tal vez, apreciar lo que estamos haciendo. Para asignarle importancia a las cosas que nos dolería no volver a hacer. Para restárselas a las que no. Pero no sirve para retrasar el momento de ser últimos.

Me cuesta sobremanera vivir como si me fuera a morir. Porque, a mí, me dan ganas de tirarlo todo por un caño y decir que entonces nada importa. Hasta que recuerdo que sí, que sí me importa la vida. Entonces sigo. O trato. Por última vez, como la última vez y la siguiente.

Las manos

El conflicto de dos manos que se buscan

es que no siempre se encuentran

porque a veces están en otras manos

sosteniendo otras piernas

acariciando otras pieles.

Y se buscan, las manos,

sin siquiera saberlo,

sólo sintiendo que lo que sienten

no es suficiente.

Hasta que se encuentran.