Lo de llevar al gato al veterinario ha sido un drama. Comenzando porque el engendro del demonio no se dejó poner las vacunas el lunes tuve que regresarlo el martes. Sedado, le hicieron de todo. Como aquellas mujeres que aprovechan la cesárea para hacerse hasta la lipo. Ultrasonido, examen de orina, de sangre, cortada de uñas, vacunada. Overhauleado el minino. Pero, cuando llegué a la clínica, la doctora me recibió con la alegre noticia que, en su ausencia, no le habían puesto el antibiótico que necesitaba el animal. El que es inyectado. Y que me iba a tocar darle pastillas durante ocho días.
Me llevé la jeringa. Si puedo inyectarme yo a mí, puedo con el animal.
Hay muchas cosas que uno hace por necesidad. Qué mamá no ha tenido que limpiar sangre. O mocos. O caca. Está dentro de las descripciones de la ocupación. Dar medicina, sacar muestras, tranquilizar. Todo hay que hacer. No se vale esperar a que llegue alguien con más experiencia, sobre todo cuando hay apremio en el tiempo y el lugar.
¿Un disfraz para mañana? Vaya. ¿Un pastel en forma de pelota? Bueno. Y así, se las va espantando uno con lo que puede. Los demás trabajos no son diferentes. ¿Cuántas veces no ha tenido uno que armar presentaciones a último momento?
Quisiera no tener que hacer muchas de las cosas que me toca. Pero las hago. Como la inyección al misho. Que, por cierto se dejó muy bien. Lo malo es que igual tengo que darle otras pastillas.
