Estoy de goma

Ayer, después de renovar votos en la Iglesia con mi marido, regresamos a casa con unas amigas a comer pizza y tomar vino. Como siempre, las celebraciones enla casa son sencillas, con mucho cariño. Yo tenía meses de no comer harina y la combinación de la pizza con el vino fue fatal. Dos copas bastaron para ponerme cariñosa, prendérmele a mis amigas cual garrapata y, en general, demostrar afecto de forma poco característica.

Hay muchas formas de demostrar cariño. Las caricias y los gestos afectuosos, cocinar una comida preferida, mensajes con palabras bonitas… Y hay muchas clases de cariños. No todo el mundo percibe de la misma forma un apapacho. Y allí es en donde entra un juego entre la preferencia del que da y la del que recibe ese gesto. Si son como yo, que la proximidad física me pone un poco incómoda y que reservo el contacto para ocasiones especiales, la melosidad es agobiante. Pero, si estar amelcochados es lo suyo, que les den palmaditas en la espalda no es suficiente.

El éxito en la comunicación es que el mensaje sea transmitido y recibido de forma clara y sin ambigüedades. El cariño no es la excepción. La gente a mi alrededor que me conoce y ha aprendido mi lenguaje, espero que sepa que la quiero. Y, también, estoy haciendo un esfuerzo por aprender a demostrar mi cariño de formas diferentes a la cocina y la cama.

Como anoche, que apapaché gente. Aunque fuera con el vino haciendo estragos. La goma de hoy casi vale la pena.

¿Seré así?

Hablando con una amiga hace poco, le comenté que tal vez no me estaba «dejando llevar por el momento.» A lo que ella me contestó con todo el cariño del mundo: «claro, como eres perfeccionista.» Al rato le pregunté a mi marido si él creía que yo era así. Ni les cuento la cara de «¿en serio me lo estás preguntando?» que me hizo.

Realmente no lo había considerado. No es necesariamente la perfección lo que busco, porque sé que eso no existe. Es que me gusta prepararme y esperar que las cosas sucedan de la manera que me las imaginé y me cae mal que no salgan así y entonces no puedo delegar porque no las dejan como quiero y… Está bien. «Buenas tardes, mi nombre es Luisa Fernanda y soy una perfeccionista en recuperación.»

Meh. Lo divertido es que yo nunca hubiera dicho que soy así. ¿Qué tantas cosas más haré que no me doy cuenta? No es malo ser algo, o no. El problema es no saberlo. Porque a mí no me molesta serlo, sólo me perturbó no haberme percatado.

Cuando tenemos gente a nuestro alrededor a los que les caemos bien como somos y nos tienen genuino aprecio, es fácil abrirse para dejarnos ser observados. Por eso es tan importante tener una pareja que respetemos, amigos que nos quieran.

El «dejarme llevar» va en contra de mi naturaleza, pero lo estoy aprendiendo. Lo perfeccionista ya me sale por los poros. Mis amigas aprovechan que sea así para comer lo que les hago.

El que te quiere…

Puedo decir con felicidad que mi marido me ama, me admira y me respeta. Y, tal vez con un poco menos de algarabía, que me conoce muy, muy bien. Menos de lo que él cree, tal vez, pero seguro más de lo que me conviene. Sabe cuándo algo me molesta, sabe cuándo hacerse la bestia y sabe lo que opino de casi todo. Lo mejor de ese conocimiento es que sabe perfectamente cuándo bajarme de la moto y regresarme a mi realidad: «No Vampi, x o y no es así, lo estás exagerando.» Pfffffffffff, se desinfla mi expandido sentido de mi autoimportancia y ya me calmo. En esencia, es mi cuate que me dice que «me deje de pajas», aunque mucho más bonito.

Es importante tener a alguien que nos centre de esa manera. Sino, andaríamos por la vida creyéndonos nuestras propias mentiras acerca de ofensas percibidas, ideas grandiosas, o el lugar altísimo en el que nos tienen que poner todos. Alguien que camine con nosotros, nos conozca todas nuestras pequeñas (o grandes) debilidades, reconozca nuestro esfuerzo por ser mejores, nos quiera y, por lo mismo, no nos deje chingar tanto.

El amor y la confianza nos dan las herramientas para encontrar los puntos en los que se abre el corazón. Abusar de eso nos convierte en seres detestables. Pero, de vez en cuando, un puyoncito en el lugar correcto donde casi duela nos llama la atención de la mulada que estábamos por cometer.

Poder decirle con sinceridad y respeto a la persona con la que se comparte la vida: «A ver, no es eso lo que te estoy preguntando. Contéstame primero y después me alegas del tono», abre el camino para el resto de conversaciones que se tengan que tener. La vida es larga y uno entra y sale solo de ella. Es bonito tener a un amigo para el intermedio.

Me Gusta

Ver tele, aunque me quede dormida.

Leer, siempre leer. No hay vida suficiente para tanto libro.

La música. Casi cualquiera. Ahora ando en mi etapa de Rock Alternativo en inglés.

Comer, pero cada vez menos cosas dulces. No sé si eso me alegra o me entristece.

Pasar mi mano por la cabeza de mis hijos. Sentir un par de mejillas suaves aún, ver dos ojos que todavía no conocen lo malo del mundo.

Estar con mis amigos. Hacer reír a mis amigas con historias patéticamente divertidas. Cocinarles.

Ver jugar a mis gatos.

Escribir. Pero a veces eso es más una necesidad que un gusto. Como algo que sólo hace bien cuando está fuera.

El frío para estar tapada. La lluvia para ponerme mis botas rojas. El vino para compartirlo. El chocolate para comérmelo yo solita.

Un beso en la parte de atrás del cuello, mejor si viene con un poquito de aliento cálido que siento en todo el cuerpo.

Una mano apoyada en mi cadera.

Un dedo que hace espirales en mi espalda.

El olor a pan recién horneado, ese que sale de tu cuerpo cuando te acabas de bañar.

Me gusta mi vida, con todo lo que he hecho y me falta por hacer. Con las personas que tengo a mi alrededor.

Me gusto yo. Al fin.