Cada vez me impacta más la verdad de la frase: todo sistema está perfectamente diseñado para dar los resultados que da. Es que es tan lógico y tan sencillo que dan ganas de retorcerlo, de recitar algunas palabras mágicas que nieguen eso, de esconderse donde la realidad no lo encuentre a uno. Pero nos rodean los resultados de nuestros sistemas, en lo más íntimo y cercano, sobre todo. En ese universo personal que vivimos todos los días, si reiteradamente obtenemos cosas que nos molestan, es imperativo revisar cómo las estamos creando.
Como reto adicional, nuestros cambios propios a veces nos pasan desapercibidos y el mismo sistema que nos ha servido hasta el momento, deja de funcionar. No cabemos en la misma ropa de hace veinte años. No igual. Ni sabemos lo mismo, ni secretamos las mismas hormonas, ni buscamos lo de siempre. Detener las consecuencias es como sujetar el agua. Claro que la mano se queda mojada, pero no la pudimos detener.
Con hijos que crecen, me sorprende siempre cuánto me debo adaptar a sus necesidades y a las mías, porque el resultado que busco es fijo, pero los métodos han cambiado. Me cuesta esa flexibilidad, no hay yoga que valga para una mente cerrada. Pero entiendo que es mejor soltar el proceso, arreglarlo, hasta hacer uno nuevo, con tal de tener el objetivo que quiero.
