Favorito, pero no tanto

Cocinar para mis hijos es tener críticos de comida amnésicos y erráticos en casa. Entre “eso nunca me ha gustado” (te comiste veintisiete la semana pasada), “sólo quiero comer xx” y decir que no lo quiere volver a comer nunca más la próxima vez que lo sirvo, hasta la última respuesta épica “es que a veces me gustan y a veces no”. Al menos no me puedo quejar de aburrimiento.

Hay tan pocas cosas sobre las que uno tiene poder directo de decisión. La comida del diario es una de ellas. Generalmente queda a discreción de quien cocina qué se sirve. Como yo cocino, creo que todo lo que hago está rico porque me gusta a mí. Pero ¿y si no a todos les gusta? A parte del primer sentimiento de ofensa, no debería tomármelo personal. Pero uno enseña a que agradezcan lo que hay, que la casa no es restaurante y que si no les gusta, pueden volverlo a comer la próxima comida. Y la próxima.

Parte de la adultez implica madurar el paladar y ampliarlo. Pero también no comer cosas que uno encuentra repugnantes. Para llegar allí, hay que probar mucho. Y aguantarse lo que le sirvan en casa, porque llega el día que pueden estar como yo, deseando que alguien más decida y cocine por mí. Pero por favor que no sea hígado.

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