Saber algo complejo, entenderlo y poder explicarlo, son tres animales distintos. Porque podemos estar conscientes de algo, hasta creer que lo tenemos bien definido, pero somos incapaces de trasladarlo. Muy pocas veces es por la capacidad amplia o limitada de nuestro interlocutor. La mayoría es porque no podemos expresar nuestro mundo interno de forma que se entienda afuera.
Desde diccionarios a tratados de filosofía, mucha tinta se ha derramado en explicaciones y siguen habiendo volúmenes nuevos. Toda la ciencia está volcada en entender lo que ya conocemos y descubrir lo que no. Pero donde realmente necesita uno esa capacidad es hablando con los demás. Sobre todo si hay diferencias sensibles, como edad, idioma, etc.
Los últimos quince años de mi vida se han pasado en buena parte, trasladando y explicando a personitas con experiencias y capacidades en desarrollo. O sea, he sido madre. Y nada como una pregunta abstracta de labios de un niño de cinco años para hacerme saber cristalinamente que no entiendo lo suficientemente bien las cosas como para explicarlas claramente. Porque no se trata de volver algo complejo en algo complicado. Para eso agarro cualquier libro filosófico de los de pasta oscura y autores desquiciados.
