Otra costumbre

Trato de variar mis rutinas sólo para no quedarme trabada en un mismo lugar. Pero la disciplina opera para lo bueno y lo malo y todo en extremo es malo.

Muchos confunden ejercer la fuerza de voluntad para las decisiones importantes con las pequeñas violencias que uno se inflinge en las diarias. Si yo tuviera que decidir todos los días levantarme temprano y hacer ejercicio, no lo haría. Simplemente lo hago. Pero, y allí está lo malo, eso me hace inflexible y nada es más frágil que algo que no se dobla.

Cambiar de rutina, escuchar otra música, no hacer lo mismo, eso ayuda a expandir el horizonte. La vida nunca es igual. ¿Por qué lo somos nosotros?

Cuesta

Con los años uno aprecia a las personas que dicen las cosas claras. Tal vez a uno se le borra la necesidad de las sugestiones y quiere todo definido, una consecuencia de usar anteojos para leer. El precio de obtener claridad, sin embargo, es el riesgo de la ofensa. Poco duele tanto como que le digan a uno lo evidente.

En todas las relaciones hay un balance entre lo que no se dice y lo que sí. Idealmente lo segundo sobrepasa por mucho lo primero. Y uno se queda guardadas todas esas verdades que no sirven para nada. Pero desenterrar basura acumulada es esencial. Aunque duela.

Trato de no ofenderme cuando me dicen la verdad. Y trato de no decir palabras cortantes cuando no hay necesidad. Pero, si hay qué hacerlo, se hace.

Es domingo

Hace unos meses agarré la costumbre de hacer lavandería los domingos. Hasta hoy. No quiero hacer oficio también los domingos. Y no porque crea en algo espiritual, sino porque, también hago oficio los domingos y no me había dado cuenta que ya no tenía ganas. Estoy estresada, lo confieso. Pero no va a pasar nada si la ropa no está lista hoy.

La vida es todo eso que pasa cuando uno está haciendo tareas. No. En realidad, la vida es eso, hasta las tareas. Y, al final de la misma, dudo que alguien se recuerde que yo tenía la ropa limpia los domingos. Pero yo sí voy a recordar poder despertarme tarde. Cosas tan tontas que parecen importantes en el momento y que necesita uno de un poco de perspectiva.

Escribir, platicar, tomar un trago, dormir, ver tele. Para eso sirven los domingos. La ropa puede esperar, porque igual siempre hay más. Es la demostración más irónica de la eternidad.

Sí, pero no me gusta

Alguna vez tuve tanta ropa negra, que me pidieron que no comprara más. No sé si es porque me da pereza organizarme para escoger o porque verdaderamente me queda bien el color, lo cierto es que gravito hacia la ropa negra. Y ahora pretendo hacer que mi hija use colores de paletas de helado, a lo cual se rehúsa.

Agarramos un cierto camino hacia lo cómodo y lo que nos queda bien con la edad. Tal vez por eso todas las películas futuristas nos tienen usando uniformes. No sé si eso sería del todo bueno, pero sí sería práctico. Pero, hasta para eso hay que atreverse a cambiar, a tener algo que sea distinto. La vida, me han dicho, tiene más colores y hay que usar todos los que uno pueda.

Le compré a la niña un enterizo color helado de fresa, el cual tengo puesto porque ella no lo quiso. Admito que es simpático y no me queda mal, pero sigo prefiriendo el negro.

Seguir instrucciones

Cocinar es simple. Se encuentra una buena receta, se sigue. Ahora, dije simple, no sencillo. Porque hay instrucciones que se necesita conocimiento previo para saber si está saliendo bien.

Leer los pasos y entenderlos de forma lógica es importante. Pero no suficiente. Ayuda tener experiencia y, generalmente, ésa se adquiere echando cosas a perder. Así es la vida.

Pero, de entrada, lo principal es organizar lo que dice la receta y hacerla. Hasta que salga bien y ya no haya necesidad de seguirla.

Perspectiva

Yo miro gigantesco al perro. La criadora dice que ea porque tiene grande la cabeza. Pero yo estoy sentada en el sofá y é acostado encima mío. No sólo es que tenga grande la cabeza. Y me admiro cómo este gigante me ha cambiado hasta la forma en que me describo (no me gustan los perros, era antes), todo por tener contenta a mi niña.

Todo cambia cuando nos corremos a otro punto de vista. Se puede hacer ver gigante una hormiga, o sentirnos diminutos ante un edificio masivo. Es bueno combinar las experiencias porque, seguramente, la verdad habita en medio.

Sigo maravillada del tamaño del chucho, mientras el niño se para a mi lado y me saca más de una cabeza y a la niña ya no la puedo cargar. Porque no sólo cambian las cosas depende de la perspectiva, la misma perspectiva cambia con las cosas.

El infinito

Yo estoy segura, completamente convencida, que el infinito es real. Porque la ropa sucia nunca se acaba. (A veces, como milagro en el Tabor, la cocina no tiene trastos sucios, pero la ropa, madre santa, la ropa…) Las labores de todos los días son exactamente eso, diarias. Nos ayudan en el contexto de nuestras vidas y nos aseguran que seguimos y que todo va a seguir aún cuando nosotros no estemos.

El hombre busca la trascendencia. Por eso hemos erigido monumentos. Tumbas elaboradas que aún estamos descifrando milenios más tarde. Escribimos para que otras generaciones nos escuchen. O simplemente tenemos hijos que nos transportan en sus genes. No importa cómo, el ser humano se quiere proyectar. Lo divertido es que no nos damos cuenta que la eternidad se esconde en lo diario y que las costumbres (cuánto detergente, en qué temperatura, cuándo ir al médico, la receta favorita del pastel) que les dejemos a nuestras generaciones venideras nos van a llevar más allá con más fiabilidad que cualquier hazaña. Dios está en los detalles.

Me gusta pensar que, en un domingo en muchos años, mis hijos harán la lavandería y pensarán en mí. O cuando se hagan su comida favorita. O cuando escuchen música. No necesito un monumento. Me parece simplemente perfecto que ellos me lleven consigo en los detalles.

Nueva evidencia

Estoy en la etapa de mi vida en la que mis hijos no creen en lo que les digo. Aún y cuando les demuestro que tengo la razón, siempre. Es una cuestión de la edad y la necesidad de salirse del nido. Lo entiendo. Y también entiendo que, puede ser dentro de muy poco, ellos tengan la razón.

Es bueno que la humanidad se renueve, porque los jóvenes están más dispuestos a abrazar nuevas evidencias, hacerle caso a los avances científicos y a adoptar ideas distintas. Allí es cuando uno se forma. Y ese es el problema: la formación. Lo tomamos como una estatua en bronce que debe permanecer por toda la eternidad. Cuando la realidad es que somos orgánicos y debemos seguir cambiando con el tiempo, aunque conservemos nuestra forma básica.

Sinceramente, yo quiero creer que estaré al tanto de lo nuevo que sucede en el mundo y abierta a aprenderlo el resto de mi vida. Y, si no, les llevaré la contraria a mis hijos en una buena paga kármika.

Enfoque y atención

Hay momentos en que tengo que parar un rato y retroceder los saltos mentales que me llevaron a pensar en comer chicharrones. No es que me cueste llegar allí, siempre quiero comer chicharrones. Pero el camino que toma mi mente puede ser retorcido.

Le ponemos atención a todo, por algo entra en nuestra consciencia. Lo que no hacemos es enfocar esa atención hacia lo que estamos haciendo, sino que la dejamos flotar con la corriente. O, en mi caso, saltar de liana en liana como mono. Es importante agarrar firmemente la atención y llevarla donde uno quiere. Porque se pierde muy fácil.

Meditar me ha ayudado, pero no curado. Tal vez para eso debería pasar un buen tiempo en algún monasterio budista. Lo malo es que allí no dan chicharrones.

Compartir

Tengo un defecto horrible: comparto demasiado de mi vida. No sé de dónde viene esa pulsión tan dañina. A nadie le interesa, en primer lugar. En segundo lugar, los que se interesan, es más por chambre.

Tenemos la necesidad de ser grupales. De compartir lo que nos pasa. Porque nos servía para sobrevivir. Harari especula que desarrollamos el lenguaje para hablar de los demás. Un atajo. Ahora nos sirve para estar enterados de cosas que no son realmente esenciales. Pero a pesar de ello, los programas de chismes tienen audiencia. No nos hemos quitado la necesidad de ser sociales.

Tengo que recordar cómo me siento cada vez que me doy cuenta que hablé demás. Y tratar de no hacerlo.