La forma

Muchas veces peleo porque me escuchen lo que digo y no cómo lo digo. Pero eso es como pedir que se coman algo que tiene apariencia de popó, por mucho que yo asegure que está delicioso. Habrá algún valiente que se atreva, pero no voy a lograr que sea un plato popular. Y allí está el asunto: las cosas que agradan entran primero por la percepción, no por el entendimiento. O sea: todo entra por los ojos.

Un buen ejemplo es la vestimenta. Cada ocupación tiene un uniforme no oficial y los que difieren de esa forma de vestir, corren del riesgo de no ser tomados en serio. Es ridículo, la ropa no me dice qué tiene adentro del cerebro la persona, pero es lo que es. Tal vez todos pasamos por algún momento de rebeldía en el que queremos encontrar nuestro propio estilo. O apegarnos por completo a la moda para encajar. Hasta que llega el momento en que eso es irrelevante y nos vestimos para lo que queremos lograr. El lenguaje de las formas precede al de las ideas. Y por eso es tan importante.

Estoy aprendiendo a ponerle atención al contenido del mensaje y no quedarme trabaja en su entrega. No es sencillo, como atestiguan las llamadas de atención a la adolescente cuando se pone en un tonito desafiante. Y me cuesta también aceptar que no tengo yo misma el mejor de los empaques cuando digo las cosas y por eso no me las reciben con entusiasmo. Tendré que cuidar eso con las personas que realmente me interesan.

No como quiero

Me encanta hacer acuarela japonesa. Es un acto fluido, casi meditativo, en el que se dibuja, pinta y sombrea en un mismo trazo. Cada hoja de bambú lleva la vena en el medio del pincel y uno la deposita en el papel con la presión justa. Hacerlo bien es tan bonito como suena. Yo no lo hago bien.

Todo, todo, requiere perseverancia y constancia para mejorarlo. Pero no en una repetición sin sentido. Porque igual se pueden perfeccionar las malas mañas. Hay que buscar cómo hacerlo bien, no importa cuántas veces salga mal.

Pintar no es lo mío. Pero igual pongo todo sobre la mesa y echo a perder muchas hojas. Hasta que me salga como yo quiero.

Tarde

Domingo después de tantos días sin alarma se me hizo a la velocidad del caramelo. Y heme aquí, a las casi seis de la tarde y yo apenas saliendo de bañarme. No sé si felicitarme o regañarme. Pero nada en medio.

Así como las fechas son arbitrarias, también lo son los horarios. Todo es voluntario. Imaginado. No obligatorio.

Poco me queda qué escribir, más que qué rico bañarme tarde. Ya mañana estamos de nuevo con alarma y todo.

Ver fuchibol

El fútbol es un deporte que no me gusta. Me aburre sobremanera. Siento que es lento e impreciso. En resumen, prefiero ver otra cosa. Pero… es la pasión del Canche y me regala 90 minutos de estar juntos.

Las relaciones y su estira y encoge nos hacen expandernos. Nos ponen en la disposición de probar cosas distintas. Y de crecer al entender al otro. No por nada la mejor forma de conocer otra cultura es a través de su comida.

Estoy feliz de haber pasado este momento con el Canche. Y lo vuelvo a hacer todas las veces que pueda. Aunque siga sin gustarme el futbol.

Lo bueno

Crecemos con un innato sentido de la justicia. Un niño de dos años sabe perfectamente bien cuando algo no le está siendo correspondido como se debe. Y nos rebelamos contra atropellos cometidos contra nosotros o los que consideramos nuestros. No de balde tantas revoluciones. Pero no siempre logramos identificar, o parar, cuando nosotros mismos estamos siendo injustos.

La justicia, como valor, es una espada afilada. Corta y separa con nitidez y sin misericordia. Y no siempre es el mejor instrumento para resolver conflictos. La vaina de esa espada es la misericordia, donde se guarda y se protege. Ambos valores son igualmente importantes, pero hay que saber cuál aplicar en determinada circunstancia.

Si tengo que defender, probablemente escoja lo justo. Pero si tengo que negociar, prefiero encontrar lo bueno. Lo bueno implica que hace bien a ambas partes, que no hay cortes fatales y que se puede seguir adelante. La misericordia es buena.

Volverlo a hacer

Tengo varios años de participar en un concurso de escritura. La exigencia es grande y las jornadas de escribir son intensas. Toca completar consignas y constreñirse a ciertos géneros literarios y, todo, para no acabar más que en las semi finales, porque la forma en la que escribo no es para concurso. Y siempre digo que no lo voy a volver a hacer.

Tal vez perseveramos hasta darnos cuenta que no lo hacemos por llegar a la meta sino por recorrer el camino. Hay ejercicios que tienen valor en sí mismos, aunque no consigamos el resultado deseado. Un buen viaje en tren sin destino. También puede ser que me estoy consolando por no terminar las cosas como quiero. No siempre participar es suficiente.

Me avisaron del comienzo de un nuevo mundial de escritura. Y ya escribí mi primer texto. Me gustó, pero seguro que no será suficiente, porque no lo ha sido. Y también, seguro, volveré a decir que no vuelvo a participar. Hasta que me den de nuevo el aviso.

Volver a empezar

No me quiero poner filosófica, o al menos no demasiado, pero es increíble como, mientras más edad tengo, más siento que vuelvo a empezar cada día. Será una cuestión de darme cuenta cuántas personas distintas he sido en tantos años. Y es un tema recurrente, ya he tratado de ponerlo en palabras otras veces. Lo pienso cuando vuelvo a vivir cosas con mis hijos, ellos por primera vez, yo con ellos. También con mi vida propia, cuando vuelvo a sentir algo, la emoción no es nueva, pero la ocasión sí.

No es necesario tener un acontecimiento que le mueva uno el mundo para darse cuenta que todo es nuevo. Que vale la pena tener mente de principiante, no sólo para aprender cosas prácticas, también para vivir. La capacidad de asombro nos mantiene comprometidos con la vida, la dejamos de disfrutar cuando ya nada nos emociona. Es otro tipo de ejercicio, no dejarnos caer en la complacencia del cinismo, que no es otra cosa que miedo a lo nuevo.

Agradezco todo lo que ya sé hacer. Y quiero volver a hacerlo de nuevo, todas las veces que pueda. La vida, si sólo es una, quiero disfrutarla al máximo. Además, siempre se puede volver a comenzar.

Volverlo a contar

He sido tantas personas en esta vida, que agradezco cada iteración. Y no me refiero a nada tan dramático como una enfermedad mental de personalidades múltiples. Me refiero al prosaico paso del tiempo que nos va formando en gente distinta. Es lo que nos permite crecer y cambiar y mejorar, ojalá.

Una de las terapias nuevas para ayudar a las personas con estrés postraumático es tomar MDMA y redimensionar los eventos horrorosos que marcaron a las personas. Se vuelven a ver desde un lugar completamente distinto. Se toma distancia del dolor y se sale de allí con una nueva perspectiva. Estas terapias sólo son seguras bajo el cuidado de un profesional experimentado, porque el químico necesita acompañamiento psicológico. Pero lo fascinante es que el paciente no olvida su pasado, no se disasocia de él. Lo resignifica.

Eso hacemos todos, todos los días. O deberíamos. Volver a ver nuestro pasado desde donde estamos y aceptar que esa persona de antes ya no existe. Ahora somos nosotros. Y que, si hubo un cambio antes, igual lo puede haber ahora. Nos podemos dar permiso de cambiar hacia lo que más queremos ser. Y hacerlo de forma consciente porque va a suceder de cualquier manera. Mejor escoger uno la dirección.

Desde afuera

Somos protagonistas de nuestras vidas y espectadores de la de los demás. Tal vez me tenga que tatuar eso, porque ser mamá de niños pequeños le da a uno la idea errónea a veces de ser co-protagonista con ellos. Uno toma muchas decisiones, pasa con ellos muchísimo tiempo y los encamina por ciertos senderos. Pero jamás es la vida de uno.

La adolescencia, ese período complicado, sirve para que el niño quiera dejar de serlo. Si no lo logra, se queda a medias. Es difícil entender eso porque uno ha estado más de diez años siendo esencial.

Yo voy a seguir siendo el centro de mi propio universo, porque es la única perspectiva que tengo. Nadie podemos experimentar el mundo a través de otro. Simplemente no se puede. Y voy a ser inmensamente feliz de ser observadora de cómo mis hijos son el centro del suyo. El hecho de acompañar implica compartir. Y eso, es lo más importante.

Mejor confirmo

Estaba escuchando un podcast acerca del cinismo y cómo no es la mejor herramienta para vivir en sociedad. Los seres humanos necesitamos cooperar los unos con los otros y resulta que ser siempre desconfiado no nos sirve. Salvo que vivamos en una cultura de altísimo conflicto. Allí sí vale la pena creer que todo lo que agita una hoja es un tigre.

He caminado entre la desconfianza y la credulidad, tocando a veces los extremos. Creo que he sido más feliz creyendo. Hasta que me demostraron que estaba equivocada. Pero hay que tener en cuenta que a uno se le quedan más grabadas las veces que nos decepcionamos que todo el resto que no.

Creo que, otra vez, como todo la cosa es un balance. No le debería dar las llaves del carro a un desconocido, pero sí lo he hecho en más de algún parqueo. No voy a creer que en el restaurante me quieran estafar, pero cuando llega la cuenta la reviso. “Confía, pero verifica.”