El infinito

Yo estoy segura, completamente convencida, que el infinito es real. Porque la ropa sucia nunca se acaba. (A veces, como milagro en el Tabor, la cocina no tiene trastos sucios, pero la ropa, madre santa, la ropa…) Las labores de todos los días son exactamente eso, diarias. Nos ayudan en el contexto de nuestras vidas y nos aseguran que seguimos y que todo va a seguir aún cuando nosotros no estemos.

El hombre busca la trascendencia. Por eso hemos erigido monumentos. Tumbas elaboradas que aún estamos descifrando milenios más tarde. Escribimos para que otras generaciones nos escuchen. O simplemente tenemos hijos que nos transportan en sus genes. No importa cómo, el ser humano se quiere proyectar. Lo divertido es que no nos damos cuenta que la eternidad se esconde en lo diario y que las costumbres (cuánto detergente, en qué temperatura, cuándo ir al médico, la receta favorita del pastel) que les dejemos a nuestras generaciones venideras nos van a llevar más allá con más fiabilidad que cualquier hazaña. Dios está en los detalles.

Me gusta pensar que, en un domingo en muchos años, mis hijos harán la lavandería y pensarán en mí. O cuando se hagan su comida favorita. O cuando escuchen música. No necesito un monumento. Me parece simplemente perfecto que ellos me lleven consigo en los detalles.

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